El fin del mundo es el comienzo del cine

Para hablar de Béla Tarr hay que hacer de tripas corazón. Para comentar una película suya hay que hacer de tripas corazón. Y para verla, hay que hacer de tripas corazón. Tarr es un director que nació en 1955 en Pécs, Hungría, y creció en Budapest, donde se decidía entre ser filósofo o director de cine. Y aún en 2011, sigue sin tomar esa decisión. Tarr ha filmado películas como Armonías de Werckmeister (2000), un retrato de un pueblo envuelto en la niebla y la helada que se ve alterado con la llegada de un espectáculo ambulante que trae consigo algo (y alguien) que vuelve a sus habitantes una multitud autómata, o Sátántangó (El tango de Satán) (1995), un retrato de una granja colectiva de la Hungría post-comunista que se va hundiendo poco a poco a la espera de una paga que permita a sus habitantes seguir con sus vidas. Tarr rueda cintas de -muy- larga duración: la primera dura dos horas y media, y la segunda, siete horas y media. Tarr representa atmósferas inquietantes, tétricas y claustrofóbicas, en las que degrada a sus personajes despojándoles de cualquier esperanza vital quitándole razón de ser a esa cosa llamada humanidad. Y sobre todo, Tarr equipara el tiempo cinematográfico con el tiempo real, algo que sin duda repele a la mayoría de los espectadores, y atrae a una curiosa minoría -dentro de ella, la imprescindible Susan Sontag declaró que la haría feliz ver Sátántangó una vez al año durante el resto de su vida-. Tarr es sinónimo de cine puro, desnudo y oscuro, crudo y difícil, existencial y filosófico. Y Tarr ha hecho el que dice que será su último film, El caballo de Turín, tras el que se retirará, para recordarnos una vez más que el cine puede ser un instrumento para más que para pasarlo bien y divertirse. Para mucho más.

El caballo de Turín se inspira en un acontecimiento que marca el final de la carrera como filósofo de Nietzsche: el 3 de enero de 1889, en la plaza Alberto de Turín, el alemán se lanzó llorando al cuello de un caballo que se negaba a moverse, agotado y maltratado por su cochero. Nietzsche se desmayó, y después de esto, dejó de escribir y se hundió en la locura y el mutismo. Béla Tarr y Ágnes Hranitzky, su mujer y co-directora, se adentran a partir de aquí en los destinos del cochero, su hija y el caballo, en su casa perdida en la estepa (¿húngara?), azotada por un incesante viento. El caballo, un día, deja de moverse, anticipando el fin de todo, el fin de Nietzsche, el fin del mundo. Nada ligerito, ¿no? Pues esto en Tarr significa que todo es menos ligerito aún.

El film, galardonado en la pasada Berlinale con el Gran Premio del Jurado, es un gran salto al vacío -no en comparación con su obra, cuyo estilo hermético y continuo apenas sufre cambio alguno durante su filmografía, sino con todo el cine actual-. La película es un viaje radical -en su acepción de raíz– al fin del mundo, en donde todo se pierde. En ella, la raíz de todo es el vacío, y en ella, se crea el cine a partir de la nada. Los largos planos secuencia, de bastantes minutos de duración, captan la desoladora realidad de la película, una realidad irreal que se presenta muy poco a poco, se sugiere devastadora y se antoja insufrible. La asombrosa música de Mihály Víg, que se utiliza reiteradamente durante todo el metraje, y la maravillosa fotografía de Fred Kelemen -ambas nominadas a los Premios del Cine Europeo de este año- contribuyen a crear una atmósfera en la que introducirse totalmente, liberándose de todos prejuicios posibles y de todos pensamientos incipientes en contra de la película. Nosotros solo podemos sugerir al espectador superar el choque inicial de su propuesta, de su desafío, hermanarse con ella y dejarse llevar para sufrir con ella. Nosotros lo hemos hecho. Y si eso sucede, muy problabemente la película seguirá creciendo en su interior una vez acabada. Un personaje de su anterior Armonías de Werckmeister dice en un momento del film: “todo es mucho más grande. El ser humano no es más que una muy pequeña parte del cosmos”. Y para el presumiblemente ya retirado Béla Tarr todo es mucho más grande que nosotros, que el cine: es el cine, el que en sí mismo, es un pequeño cosmos. Lo echaremos de menos.

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