Gijón, fuente de nuevos cines

Si por algo se caracteriza la situación cultural actual, o mejor dicho, la fase de la crisis económica que estamos atravesando, es por los recortes de fondos, los cambios, las destituciones y los nombramientos, y la reducción de lo que -tristemente, a juicio de muchos- no es muy importante. La cultura es una de esas cosas poco importantes, y algo de lo que más sufre siempre en estas condiciones. Tras fusiones de instituciones nacionales (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte) o autonómicas, las destituciones de altos cargos que venían haciendo su buen trabajo durante varios años llegan al cine, en este caso, al Festival Internacional de Cine de Gijón, una de las citas más importantes del panorama cinematográfico español, que ha conseguido con los años y la ejemplar dirección de José Luis Cienfuegos, además de ser conocido como el Sundance patrio, tener un gran renombre internacional. El Festival de Gijón es una cita clave en el cine de autor, lo que se ve en sus pantallas son las apuestas más arriesgadas e innovadoras del séptimo arte, de autores jóvenes que nos enseñan continuamente que no todo en el cine está inventado. El próximo director del certamen será Nacho Carballo, un cineasta asturiano que “quiere defender el cine que tiene en casa”. No sabemos si el espíritu del festival se verá afectado en algún aspecto, pero nos gustará ver si cambia el tipo de cine que ha nutrido y salido de la selección del festival en estos años. Hacemos una recapitulación y enumeramos los últimos ganadores del festival, desde el 2001. ¿Cómo serán a partir del año que viene?

2001: Días perros (Hundstage), de Ulrich Seidl
El siempre polémico Ulrich Seidl retrató en Días perros un desestabilizador panorama social en el que la transgresión de su cine se daba la mano, en una agobiante atmósfera –“hundstage” es en Austria la época más cálida del año- con los personajes más irritantes y difíciles de un mundo casi oculto, pero no diferente del de la vida suburbana de cualquier ciudad europea. Seidl proviene de la misma escuela que Michael Haneke, al igual que, por ejemplo, Jessica Hausner (Lourdes, 2009), y eso se nota. Aunque a veces Seidl peque gratuitamente de provocativo y busque exclusivamente molestar, su cine es personal y original, y el festival de Gijón ha sabido premiarlo.

2002: Lilya forever, de Lukas Moodysson
El director sueco Lukas Moodysson nos entregó en 2002 su -¿mejor?- obra, Lilya forever, la historia de Lilya, una adolescente rusa abandonada por su madre, que busca salir de su miserable vida en una empobrecida ciudad de la antigua Unión Soviética a través de la prostitución, hasta que parece que llega la esperanza el día en que conoce al atractivo Andrei, que le promete una vida mejor en Suecia. Moodysson retrata en este film la cruda realidad de los bajos fondos de los países del este, que obliga a las personas a tomar medidas drásticas en su vida, con toques de realismo mágico, dejando a esas personas soñar con cómo sería todo, de ser diferente. Muy buena.

2003: Schultze Gets the Blues, de Michael Scorr
La hasta ahora única película del alemán Michael Scorr se llevó el máximo galardón en la edición del 2003. Schultze Gets the Blues es la interesante historia de Schultze, un acordeonista recién parado que siente que su gusto musical cambia inesperadamente cuando el club de música local celebra su 50º aniversario. Se alabó de ella su simpleza y su frescura para tratar las soledades y los anhelos humanos, su capacidad para hacerlo bajo el estilo de una comedia dramática. En estos casos, lo sencillo, es mucho mejor.

2004: Viento de tierra, de Vincenzo Marra
La italiana Viento de tierra, de Vincenzo Marra, un director cuyas películas, exceptuando esta, no han tenido apenas difusión en España, llegó a Gijón tras haberse llevado el Premio FIPRESCI en Venecia. Narra la historia de Enzo, un muchacho de dieciocho años que vive en Nápoles, que tras la muerte de su padre, decide ponerse manos a la obra para ayudar a su familia haciendo frente a una serie de difíciles y arriesgadas vicisitudes. Se destacó de ella su austeridad y su capacidad para huir de sentimentalismos baratos. Muy recomendable.

2005: Ultranova, de Bouli Lanners
El belga Bouli Lanners, director predilecto de Gijón, que presentó todas sus obras en la cita -más tarde, y previo paso por los festivales europeos, presentó en Asturias Eldorado (2008) y Los gigantes (2011)-, sorprendió con Ultranova, su ópera prima, en la que contaba la historia de Dimitri, un joven sensato, aletargado y hasta falto de un hervor que oculta bajo su conformismo un turbio pasado que despierta el interés de dos mujeres que harán que todo cambie. La película prima su interesante visión de la vacua sociedad moderna y lo absurdo de las relaciones humanas en un mundo en el que reina tanta armonía como caos.

2006: Nostalgia (Sehnsucht), de Valeska Grisebach
La alemana Nostalgia (Sehnsucht), también la única película de Valeska Grisebach, narraba la historia de Markus y su mujer, dos jóvenes habitantes de un pequeño pueblo cercano a Berlín, con su vida juntos y su hijo en común, hasta que la aparente perfección se ve truncada por la tentación de Markus, que en compañía femenina, es capaz de perder la memoria para dejarse llevar por el deseo. El film es una conmovedora visión de las relaciones humanas en particular y de la vida en general.

2007: Help me Eros, de Kang-sheng Lee
El segundo filme como director de Kang-sheng Lee, el actor taiwanés habitual del realizador Tsai Ming-Liang (The Hole, 1998, El sabor de la sandía, 2005), cuyo cine es tan difícil como original, llegó a Gijón tras su paso por Venecia. El filme se centra en las vidas de tres personajes aislados socialmente, un joven recién parado, la operadora del teléfono de atención a suicidas a la que llama buscando ayuda y una provocadora y desinhibida dependienta de una tienda. La recepción de la cinta fue muy dividida, en parte por culpa de su recargada puesta en escena o el escaso sentido de las acciones de los personajes, pero en todo caso, demostraba una muy diferente visión cinematográfica.

2008: Liverpool, de Lisandro Alonso
La última película del director argentino Lisandro Alonso, Liverpool, se llevó a casa el máximo premio del festival. Liverpool trata la historia de un marino mercante que pide permiso en el barco en que trabaja para volver a su hogar, la Ushuaia de la Tierra del Fuego argentina, con el objetivo de descubrir si su madre aún vive allí. Su capacidad para retratar la realidad sin aspavientos, basándose en el día a día de las personas, en tiempos perdidos, y sobre todo, en la contundencia de sus paisajes, ganó adeptos en el festival y le reportó una buena recepción.

2009: La pivellina, de Tizza Covi y Rainer Frimmel
La cinta italiana La pivellina pasó por Cannes llevándose el Premio Label Europa Cinemas y llegó a Gijón para llevarse el de mejor película. Sus directores Tizza Covi y Rainer Frimmel se adentran en el más puro drama social para contarnos la historia de una pareja de artistas circenses cuya vida da un vuelco inesperado cuando el destino les empuja a hacerse cargo de una niña de dos años (una pivellina) a la que han encontrado abandonada. La cinta cuenta la historia con una gran intimidad, humanidad y frescura, que permite al espectador empatizar con los protagonistas en todo momento.

2010: Martes, después de Navidad, de Radu Muntean
El llamado nuevo cine rumano, una de las corrientes más interesantes del cine europeo actual, que ha dado títulos como, por ejemplo, la magnífica 4 meses, 3 semanas y 2 días (Cristian Mungiu, 2007 -que se llevó la Palma de Oro en Cannes-) o Policía, adjetivo (Corneliu Porumboiu, 2009), tiene en Radu Muntean uno de sus mayores exponentes, y con su Martes, después de Navidad, lo demostró y afianzó. La cinta es la historia de Paul y Adriana, casados desde hace diez años y con una hija de ocho, desde la relación extraconyugal de él con Raluca, su dentista, hasta que un imprevisto en la agenda de Adriana provoca que las dos mujeres se encuentren por primera vez, lo que colocará a Paul frente a una difícil elección. La realidad, el intimismo y los dramas personales nutren una historia que tiene en sus intérpretes -premios a mejor actor y actriz, también- su mayor soporte. Estupenda.

2011: El estudiante, de Santiago Mitre y Declaración de guerra, de Valérie Donzelli
Este último año, el premio a mejor película fue ex-aequo y se lo llevaron la argentina El estudiante, de Santiago Mitre, y Declaración de guerra, de Valérie Donzelli. La primera es un inteligente drama disfrazado de thriller político, cuyo guion -Mitre, el director y guionista es habitual colaborador de Pablo Trapero (Leonera, 2008)- tiene una fuerza que no tiene nada que enviar a los de Aaron Sorkin, y que trata de la iniciación y la carrera de un estudiante argentino en la militancia política de una universidad porteña. La película es una sorprendente visión de los intereses y tejemanejes políticos mundiales reducidos a su mínima expresión. Mientras que la segunda-la entrada francesa para los próximos Oscar- es la historia de Roméo y Juliette, una joven pareja que descubre que su hijo de dos años tiene un tumor cerebral que pone en riesgo su vida. A partir de ahí, comienzan su particular guerra para cuidar de su bebé, lo que en manos de otro director se habría convertido en una repetición continua de clichés y lugares comunes se transforma aquí en una radiografía de la intimidad de una joven pareja sobrepasada por las circunstancias.

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