Hemingway, Dalí, Picasso, Allen…

“Gran Woody Allen”, “el Woody de antes”, “Woody Allen ha vuelto”. Con estas perlas -y bastantes más- recibieron los críticos y la prensa especializada a la nueva película del maestro neoyorquino, Midnight in Paris. “El Allen más inspirado de los últimos años”, “brillante e hilarante”, “una de sus películas más originales” o “una pequeña maravilla”, prosiguieron. Seleccionada como el film de inauguración de la edición de Cannes del 2011, la película número 44 -sin contar cortos o especiales de TV- del hiper prolífico Allen -lleva sacando película por año, y a veces dos (Septiembre y Días de radio, en el 1987), desde el 1982-, fue su primera incursión en la ciudad de la luz, y capaz de conseguir la mejor recepción mediática en, podemos decir, sus últimos 6 años. Allen, uno de los cineastas más importantes de nuestra era, que, como hemos demostrado, no necesita presentación alguna, no deslumbraba así desde su Match Point (2005), su impecable obra maestra, que no tiene nada que envidiarle a sus mejores Annie Hall (1977) o Manhattan (1979), sobre las relaciones personales y las oscuras consecuencias del azar en la vida de unos socialités de la alta alcurnia londinense -con, posiblemente, las mejores actuaciones de la filmografía de sus protagonistas, Scarlett Johansson y Jonathan Rhys Meyers-. Y vaya si lo acaba de hacer. Aunque aquí se trate del Allen de la comedia romántica, género en el que últimamente era algo menos estimulante (Conocerás al hombre de tus sueños, 2010), da lo mejor de sí mismo para entregarnos una fresca, amable, originalísima e ingeniosa historia de un escritor norteamericano de viaje en la capital francesa que descubre que, a medianoche, es capaz de ser transportado a la añorada y artística época de los años 20.

Owen Wilson se convierte en una suerte de joven alter ego de Allen, interpretando al escritor norteamericano Gil, nervioso, inseguro y falto de inspiración artística en la escritura de su novela, en su viaje con su prometida Inez (Rachel McAdams) y sus padres. Lo que él quiere hacer es irse a vivir a París, una ciudad bohemia llena de artistas como lo pudo estar en los imprescindibles años 20. Y lo que él no sabe es que sus deseos se hacen realidad paseando a medianoche por la ciudad, cuando lo recoge un misterioso Peugeot Landaulet de principios de siglo, en el que conoce a personajes de la talla de Ernest Hemingway (un estupendo Corey Stoll), F. Scott y Zelda Fitzgerald, Gertrude Stein, Pablo Picasso, Luis Buñuel, Man Ray o Salvador Dalí (interpretado por Adrien Brody). Y entre todos ellos, Adriana (Marion Cotillard), de quien queda prendado como si de otro hechizo se tratase. La película es una ágil muestra de talento, un nostálgico homenaje al arte que nos introduce en una historia tan encantadora como la época en la que tiene lugar, y una representación del hombre como un animal que nunca se conforma con lo que tiene, que siempre quiere lo que no le es posible conseguir y que achaca sus problemas personales a lo que le rodea: si le rodease otra cosa, otro gallo cantaría. Y aunque a la cinta se le puede reprochar la falta de fuerza, su capacidad para deleitarnos con el mejor humor de Allen (en la conversación sobre sus incomprensibles viajes con Salvador Dalí, Gil suelta: “Sois surrealistas, y para vosotros es fácil, pero yo soy un tipo normal”) deslumbra.

Por primera vez en años, Allen empezó a tener reales probabilidades de estar entre las películas elegidas, y triunfadoras, en la temporada de premios americana. Midnight in Paris apuntaba a los Oscar y, a día de hoy, sigue haciéndolo, habiéndose llevado ya el Globo de Oro a mejor guion y un buen puñado de premios otorgados por los críticos. Y por si fuera poco, la cinta se convirtió en la más taquillera de Allen en los EE.UU., incluso superando a sus más exitosas hasta la fecha, Annie Hall y Manhattan. Y en todo esto, España tiene algo de culpa: puesto que Mediapro, Versátil Producciones y TV3 son las co-productoras de la película junto a una única compañía estadounidense. En términos técnicos, la película es la cinta de producción española más taquillera, solo tras Los otros (Alejandro Amenábar, 2001). Veremos si su éxito sigue en las próximas semanas. ¿Le caerá a Allen alguna estatuilla?

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