La fórmula matemática del éxito

Se ha repetido más de una vez que Moneyball, la película dirigida por Bennett Miller y protagonizada por Brad Pitt, es al deporte lo que El ala oeste de la Casa Blanca, la serie de Aaron Sorkin sobre el gobierno estadounidense, es a la política. Ciertamente, la comparación no es gratuita: Sorkin, uno de los guionistas más respetados del cine norteamericano actual -responsable de los libretos de películas como Algunos hombres buenos (Rob Reiner, 1992) o la reciente y encomiable La red social (David Fincher, 2010)- está, junto a Steven Zaillian -responsable a su vez de guiones tan importantes como los de La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) o Gangs of New York (Martin Scorsese, 2002)-, detrás también del título que nos ocupa. El dúo de escritores adaptan la novela homónima de Michael Lewis, un respetado periodista y autor de Louisiana, para entregarnos un film cuya presencia en la temporada de premios y en las nominaciones los próximos Oscar -sobre todo en los apartados de mejor guion adaptado y actor principal (Pitt)- no es nada desdeñable. Moneyball es la historia de Billy Beane, el director de un equipo de béisbol que se hizo famoso por conseguir grandes éxitos utilizando un método que se basaba en construir un equipo competitivo con pocos recursos económicos y empleando métodos estadísticos y matemáticos para organizar a sus jugadores. La película va sobre deporte, sí, pero se puede decir que en ella el deporte es residual -hasta casi su última parte-: durante su metraje se nos prefiere enseñar los intereses económicos que mueven a los responsables de los equipos, todo el entramado que hay tras los partidos, y en el que los jugadores son meros peones colocados y descolocados en el tablero de ajedrez con el objetivo de conseguir el éxito. Los diferentes personajes -interpretados muy correctamente por Pitt, Jonah Hill y Philip Seymour Hoffman, principalmente- demuestran que el deporte profesional no es más que un juego: un juego de intereses, dinero y ansias de triunfo. Aunque la película no haga alarde de un corte incisivo acerca de esta situación del deporte profesional, ofrece algunas reflexiones interesantes: es necesario esforzarse para tener éxito, desafiar a las condiciones -a la economía, en situación de crisis- para conseguir lo que se necesita.

Sin embargo, el director del film, Bennett Miller, no se está llevando demasiados reconocimientos. Su trabajo es astuto e inteligente: como ya demostró en su anterior Capote (2008) -la excelente reconstrucción del trabajo del famoso escritor norteamericano Truman Capote que llevaría a la publicación de su obra A sangre fría de 1966-, Miller sabe crear películas sólidas e interesantes, sabe qué grabar y qué dejar fuera del resultado final para entregarnos fieras muestras del cine más respetable. El neoyorquino emplea en su obra una narración comedida, justa, y seria, en la que destacan silencios que enmudecen las escenas de mayor carga, y que otorgan a una película a veces ensimismada con lo que la ocupa, el béisbol -se utilizan muchos tecnicismos- la capacidad de interesar a espectadores totalmente ajenos a uno de los deportes estadounidenses por excelencia. Ahora ya, ¿es esa estudiada composición matemática de la película suficiente para encantar a público y crítica? La pelota ya está en la base: juzguen ustedes mismos.

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2 Respuestas a “La fórmula matemática del éxito

  1. Estoy totalmente de acuerdo con el poco caso que se la ha hecho al director. A mi me gustó mucho cómo ensambla imágenes reales con imágenes rodadas o recreadas, de forma que apenas se ven las costuras. También la forma en la que muestra el tinglado deportivo, con su escenario y sus bamablinas, tiene su gracia. Una película que le recomiendo a todo el mundo. Se puede disfrutar sin tener ni idea de beisbol, aunque yo creo que tiene un plus para los aficionados a este deporte.

    • Efectivamente. A Bennett Miller no se lo considera un autor porque se encarga de proyectos preexistentes, que se mueven por las productoras hasta que alguien se hace con ellos, y le falta una personalidad que se pueda imprimir en sus obras, pero las películas que dirige, las dirige estupendamente. De Moneyball nos ha gustado mucho su dirección técnica, sus aspectos formales -los silencios en los momentos de mayor carga narrativa, por ejemplo-, la conveniente distancia entre la cámara y los actores, etc. Se ha escuchado por ahí que Bennett Miller debería estar nominado al Oscar a mejor director…

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