Mafia, indie rock, holocaustos y Paolo Sorrentino

El napolitano Paolo Sorrentino es el responsable de una de las visiones más interesantes del cine italiano actual; un cine que, como nuestra industria nacional, no se encuentra en una de sus mejores situaciones. Sorrentino destaca en una cinematografía marcada por la crisis económica o la ausencia de grandes nombres: la lista que engrosa bien podría ser resumida con los nombres de los ya veteranos Nanni Moretti, Marco Bellochio, Giuseppe Tornatore o los hermanos Taviani, y los más jovenes Matteo Garrone o Luca Guadagnino. El todopoderoso Festival de Cannes ha convertido a algunas de esas nuevas miradas, en imprescindibles: Garrone triunfó en él con su Gomorra (2008). Y Sorrentino, como parte de ese grupo, no ha sido menos. Todas sus películas, a excepción de su debut L’uomo in più (2001), han pasado por la sección oficial de la Croisette, algo de lo que no muchos directores pueden presumir. El mayor reconocimiento llegaría con el Premio del Jurado a su Il Divo (2009), en la que su cine de vanguardia, casi pop, alcanzó su mejor cota. El realizador trasalpino ha conseguido darle la vuelta al cine convencional -muchas veces, literalmente, a través de su recurrente baile de cámaras- narrando historias de destrucciones y fracasos de sus protagonistas -habitualmente relacionados con la mafia-, sus holocaustos personales y no tan personales, con una gran estilización de los recursos: una estimable fuerza visual, un continuo juego en la realización y una gran importancia de la música –indie rock e indietronica, podríamos decir, para ser concretos-. A nuestras pantallas llega ahora This Must Be the Place (Un lugar donde quedarse), su primera película rodada en inglés, y sería un error conocer al cineasta a través de la que es probablemente la película menos satisfactoria de su interesantísima carrera: nosotros ahondamos un poco en ella.

Las consecuencias del amor (2004)El segundo film de Sorrentino le reportó no pocas alegrías: su primera inclusión en el certamen de la Costa Azul y el triunfo en los premios David di Donatello, otorgados por la academia de cine italiana: mejor película y director incluidos. Y sobre todo, una gran recepción de la crítica, que aclamó el interesantísimo punto de vista de esta historia de la descalabro de un misterioso hombre de negocios. El siempre solvente actor italiano Toni Servillo da vida en Las consecuencias del amor -que nadie se llame a engaño, la película dista bastante de ser una historia romántica- a Titta di Girolamo, un empresario que lleva ocho años recluido en un hotel de la Suiza italoparlante, sospechosamente aislado del resto del mundo, cuyos secretos inconfesables tienen algo que ver con su anterior oficio de corredor de bolsa, inversiones y pérdidas de grandes sumas de dinero de la Cosa Nostra, amenazas de por vida, y adicciones a la heroína. En esta película, Sorrentino despliega a la perfección su talento para crear imágenes innovadoras y hacer brillantes travesuras con giros y vuelos de cámara, su capacidad para escribir sus propias historias y para envolverlas en música de grupos como Mogwai, Lali Puna o Boards of Canada.

El amigo de la familia (2006)
El cineasta siguió ahondando en la mafia como tema central de sus obras con su siguiente El amigo de la familia. En esta ocasión, el originario de Nápoles -una de las ciudades en la que más influencia tienen estas organizaciones criminales- narra la historia de Geremia, un sastre de avanzada edad, repulsivo y tacaño, que tiene como modo de vida oculto prestar dinero de una forma bastante alejada de la legalidad a personas allegadas y no tan allegadas, con las que, para no levantar sospechas, finge ser un “amigo de la familia”. Giacomo Rizzo sustituye a su habitual Toni Servillo en el papel principal, después de que este último protagonizara sus dos primeros filmes. Sorrentino volvió a firmar un frenético retrato de un personaje hundido en los bajos fondos de la moralidad y corrompido por el dinero, con su característico uso de la imagen y de la música, esta vez de la mano de The Notwist, Antony and the Johnsons o, también, Lali Puna.

Il Divo (2008)
Con su película más reconocida hasta la fecha, Il Divo, Sorrentino afianzó por completo su mirada: la seca y fría disección de ese espectáculo llamado política y los bastidores de tal mundo, a menudo ocupados por seres corruptos, organizaciones al margen de la ley e desorbitados intereses personales y económicos. Y, para ello, no se inventó al personaje que retrató: Il Divo es la historia de Giulio Andreotti, ex jefe del gobierno de Italia en siete ocasiones no consecutivas, ministro de diferentes carteras y ahora senador vitalicio desde 1991. Andreotti fue, y sigue siendo, uno de los personajes más relevantes de la política italiana, desde su partido Democracia Cristiana. El político era popularmente conocido por sus presuntas conexiones con la mafia, que era capaz siempre de situarlo en la mejor de las posiciones. Il Divo (Andreotti era conocido como Divo Giulio, Divino Julio, en referencia a Julio César) nos presenta, a través de un estupendo Toni Servillo, a un Andreotti en su caída desde el gobierno y en el proceso judicial que investiga sus oscuras tramas de corrupción, prevaricación y demás lindezas. Sorrentino crea también un inteligente y certero guion que cabalga entre el retrato un personaje enigmático y la narración de un polémico escándalo político que transmite y perturba al espectador con gran eficacia.

This Must Be the Place (Un lugar donde quedarse) (2011)
¿Sean Penn en el debut en inglés de Sorrentino? El oscarizado actor era el presidente del jurado de Cannes cuando Il Divo entró en su palmarés, y, entre bambalinas, dejó claro al cineasta italiano que quería trabajar con él. Y así fue. Su This Must Be the Place (titulada así por la canción de los Talking Heads y traducida al español como Un lugar donde quedarse) fue escrita para él, y dándole la historia de su protagonista: Cheyenne, una trasnochada estrella de rock que conserva su excéntrica vida en Dublín gracias a los derechos de autor, se embarca en un curioso viaje en busca del criminal nazi que había humillado a su padre, judío, durante su estancia en Auschwitz, tras la muerte de este. Sorrentino deja de lado la disección de la mafia, las historias caleidoscópicas de personajes corruptos y con múltiples capas, para centrarse en la redención de un personaje algo grotesco y caricaturizado, en la que falla al otorgarle una buena consistencia. La estilización de su cine es, en este punto, máxima, y su fusión con la música, casi completa: el exlíder de los Talking Heads David Byrne hace un cameo, y se encarga de la banda sonora -entre canciones de grupos como Iggy Pop o Jónsi & Alex- junto a Will Oldham, o mejor dicho, Bonnie ‘Prince’ Billy, formando el grupo ficticio The Pieces of Shit. Sin embargo, puede decirse de This Must Be the Place que es su trabajo más irregular hasta la fecha: su algo disparatada propuesta la lleva a resultar forzada y, en última instancia, a ser, involuntariamente, una parodia de sí misma. El sólido reparto encabezado por Penn, Frances McDormand, Judd Hirsch, Harry Dean Stanton, y Eve Hewson -la hija de Bono de U2- no acierta a darle empaque a una película demasiado estrafalaria. Pero, aún así, la película tiene virtudes: Sorrentino ha demostrado hasta ahora saber lo que hace, y hacerlo muy bien. ¿Cuál será su siguiente movimiento?

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