Que la sonrisa me lleve

“Por mostrar un retrato de la Europa contemporánea a través de la vida de gente ordinaria, por contar una historia edificante y sutil sobre seres humanos y por celebrar el amor y la calidez en las relaciones humanas como el pegamento que mantiene todo unido”. Esas fueron las razones por las que el jurado del Festival de Sevilla del pasado noviembre concedió el Giraldillo de Oro a mejor película a Siempre feliz, primer largo de la realizadora noruega Anne Sewitsky. Meses antes, un poco más lejos, en Sundance, Siempre feliz -en su título original, Happy Happy– también triunfó: la cinta se hizo con el máximo galardón de la sección World Cinema Dramatic, el Gran Premio del Jurado. “Una película con cuyos personajes, aunque muy diferentes a nosotros, nos encontramos identificados”, dijo durante la entrega del premio la oscarizada cineasta danesa Susanne Bier, que formaba parte del jurado junto al muy notable director coreano Bong Joon-Ho y el comisario de cine del MoMA neoyorquino, Rajendra Roy. Así las cosas, tras su triunfante paso por estos festivales, la academia de cine noruega decidió que sería esta película la que representaría a su país en los Oscar -aunque, posteriormente, no haya pasado ni el primer corte-. Pero la vida es así, y si seguimos los dictados de la protagonista de la cinta, si te da limones, habrá que hacer limonada. Sewitsky, al recoger el reconocimiento en Park City, dijo, risueña, “I’m really happy happy“. Y quizás este agradecimiento de su directora es el que mejor simboliza la mayor virtud de Siempre feliz: la sencillez de lo que quiere contar, y la calidez con la que lo hace.

Siempre feliz es la historia de Kaja (una radiante Agnes Kittelsen), una joven madre para la que la familia es lo más importante del mundo, una eterna optimista cuyo frío marido (Joachim Rafaelsen) prefiere ir de caza con los amigos a hacer el amor con ella, y cuyo hijo ignora en plena preadolescencia. Kaja vive en un enclave rural de Noruega, delante de una casa que alquila la pareja perfecta (Maibritt Saerens y Henrik Rafaelsen): de su misma edad, pero más felices, más modernos, con más intereses conjuntos y con un hijo adoptado de Etiopía. La joven los conoce, y, lejos de sentirse alicaída, pues las comparaciones son siempre odiosas, su ilusión la llevan a encarar sus problemas de la mejor manera posible, y con los mejores resultados posibles. La premisa de Siempre feliz es sincera y humilde: sin excesos ni adornos, se narran las tribulaciones de la joven madre y esposa, el marido -que alberga un secreto que explica su distante relación- y el vecino -que será la mayor razón por la que Kaja sigue sonriendo-, la vecina y los dos hijos de las parejas, cuyos hilarantes e inofensivos juegos funcionan como una satírica visión del mundo adulto. El humor es de lo que Sewitsky hace mayor gala, un ingenio maduro y, digámoslo, nórdico; y junto a él, una elegante musicalidad, con la que juega en el coro en el que participan sus protagonistas, y que tiene su mejor representación en los interludios de un cuarteto góspel a lo largo de toda la narración de la película. Aunque no sea excesivamente innovadora, reveladora o excitante, Siempre feliz es una pequeña y sólida muestra de que la comedia dramática puede parecer naíf y optimista, aunque en realidad sea consciente, madura e inteligente. Siendo así, mejor hacer como Kaja, y que la sonrisa nos lleve.

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