Christopher Nolan o la reinvención del ‘blockbuster’

¿Es posible que el cine dirigido a las grandes masas, las grandes superproducciones de las mayores compañías, conviva en armonía con el mejor cine de autor? ¿Y en una misma película? Existen algunos realizadores que llevan ya un tiempo consiguiendo que la respuesta a esta pregunta sea positiva. Podríamos incluir en esa lista a David Fincher, cuyo estatus en el cine americano es ya inamovible, habiendo firmado importantes títulos desde Seven (1995) hasta su revisión de las archiconocidas novelas de Stieg Larsson en Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (2011), o incluso a Alfonso Cuarón (Y tú mamá también, 2001 o Hijos de los hombres, 2006), que demostró que su gran talento se puede adaptar a las necesidades del mercado dirigiendo una de las entregas de las sagas más rentables tanto del cine como de la literatura, Harry Potter y el Prisionero de Azkaban (2004). Pero de todos esos nombres, el de Christopher Nolan es, sin duda, el más representativo. El realizador, nacido en Londres hace 41 años, finalizó sus estudios de literatura inglesa en la universidad de la capital británica para pronto conquistar las esferas del cine estadounidense, haciendo de un firme pulso narrativo, una lograda y sobria pirotecnia visual y, sobre todo, una reinvención del thriller, su indeleble marca autorial. Desde su debut en la cinematografía independiente con Following (1998), Nolan se ha convertido en algo así como el Rey Midas de la industria americana, siendo responsable de películas increíblemente exitosas como Origen (2010) o, quién no lo sabe, la trilogía de Batman, que lo ha convertido en ídolo de un ingente número de seguidores que ven en él al cineasta que estaban esperando desde hace muchos años. Pero ¿está totalmente justificado su colosal éxito? Quizás la situación sería diferente de no haberle propuesto a la Warner Bros. ponerse al frente del reboot de la franquicia Batman, con los resultados que ha conseguido, o quizás no, y su gran éxito es solo la evolución natural de su concepción del cine. ¿Es Nolan autor de blockbusters o son sus películas blockbusters de autor?

Parte del éxito actual de la figura de Nolan viene respaldada por los sólidos cimientos en los que se comenzó a edificar su meteórica carrera. En 1998, tras introducirse en el club de cine de su universidad y rodar unos cuantos cortos, editó su debut Following, una producción casi amateur -rodada en sus fines de semana, escrita, dirigida, fotografiada, editada y producida por él (pagada con su propio salario)- que lo colocó en el panorama independiente. El film, la historia de un joven escritor que observa y sigue a la gente por la calle de Londres hasta que se ve envuelto en una peligrosa situación, ya apuntaba maneras: Nolan utilizaba una estructura no lineal y una conseguida uniformidad visual. Con su siguiente Memento (2000), una de las películas de culto de la década, confirmó lo que se apuntaba a través de la historia de un investigador (interpretado por Guy Pearce) con la memoria dañada que intenta vengar el asesinato de su mujer mediante sustitutos de los recuerdos como fotografías o tatuajes. Contada hacia atrás, sobre un guion del propio Nolan y su hermano Jonathan, con un sorprendente montaje, el realizador dio un golpe de efecto en el panorama americano. Nolan demostró saber perfectamente cómo enganchar al espectador, como hacerlo partícipe de sus oscuros y caóticos thrillers, y cómo extrapolar la tensión y la intriga de sus argumentos a la psicología tanto de sus personajes como del respetable.

Tras la algo más convencional Insomnio (2002), le llegó a Nolan la gallina de los huevos de oro, aunque en su caso se trate de un animal alado algo menos agradable. El británico y la Warner Bros. se embarcaron en la revisión de la franquicia de Batman, el hombre-murciélago de Gotham City, tras los pasos que ya habían caminado Tim Burton o Joel Schumacher. Con Batman Begins (2005) se abrió la caja de Pandora: Nolan imprimió a la historia del superhéroe -junto a la ayuda de un siempre eficiente Christian Bale- una inquietante oscuridad, una enredada psicología y una dimensión personal, madura y sombría que incluso funciona como un retrato social de la actualidad. Y quizás eso es, junto a su frenético ritmo narrativo y su acabado visual -obra del ahora reputado cinematógrafo Wally Pfister- lo mejor de una trilogía que, sin embargo, sigue siendo lo que es: una adaptación taquillera de un cómic de superhéroes. Con El caballero oscuro (2008), la penumbra se hizo más lúgubre con la estupenda interpretación de Joker del desaparecido Heath Ledger; y ahora con El caballero oscuro: la leyenda renace (2012), con la ayuda de Tom Hardy o Anne Hathaway, llega a su final más grandilocuente y, como prácticamente todo en la filmografía de Nolan, ambicioso. Entre medias, se sacó de la manga El truco final (El prestigio) (2006) y Origen (2010), dos efectistas espectáculos de una grandeza cinematográfica incontestable, que suponen el afianzamiento del realizador fuera del mundo del superhéroe, pero que acusan una cierta falta de alma, ligeramente al servicio de las multisalas. Sin embargo, desestimar las películas de Nolan por sus objetivos taquilleros se antoja simplista, así como encumbrarlo como el autor imprescindible de nuestra época parece algo desmesurado. Cierto es que sus obras son de las que más repercusión tienen en el cine actual, puesto que sus estrenos son acontecimientos -aún sin tener en cuenta consecuencias como el trágico incidente del tiroteo en Aurora (Denver, Colorado) el pasado viernes- y sus Batmans rompieron récords de recaudación y siguen haciéndolo. Está claro que las películas de Nolan son capaces de llegar a tales niveles por estar asentadas en las bases de la superproducción hollywoodiense, sabiendo a ciencia cierta que el gran público tiene fácil la conexión con ellas, pero hay algo que no se le puede negar: aún a pesar de todo lo que supone esto, el cineasta lo hace con gran talento.

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