Cuentos persas para tiempos difíciles

Cuando en el 2007 Marjane Satrapi entró por la puerta grande en el mundo del celuloide, compartiendo un Premio del Jurado en Cannes con la brillante Luz silenciosa, de Carlos Reygadas, pocos se habían esperado el talento cinematográfico de esta artista iraní. Persépolis fue su aclamada ópera prima, que, sin embargo, no venía de la nada, sino que había nacido de unos cimientos muy, muy firmes. Satrapi, nacida en 1969 en Rasht, la ciudad más grande del mar Caspio iraní, se colocó a sí misma como una de las novelistas gráficas más laureadas del panorama internacional, gracias al éxito de su primera obra, la homónima, y de la que surge la adaptación fílmica, Persépolis. La obra, que recibió un buen puñado de galardones a lo largo de todo el mundo, describía la propia infancia de la autora, en un periodo de tiempo en el que tiene lugar la Revolución Iraní, que acabó con cincuenta años de reinado del sha de Persia, Mohammed Reza Pahlevi, e instauró el férreo régimen fundamentalista de la república islámica. La apasionante autobiografía de la historietista, ilustradora, escritora y ahora directora de cine puso en tela de juicio al gobierno iraní de la época y dibujó, desde Francia -donde se asentó una vez abandonado el país de Oriente Medio-, una realidad algo olvidada y de la que no todos habíamos sidos partícipes. Satrapi es, además, descendiente de un sha, Nasser al-Din, de la dinastía kayar, que reinó durante la segunda mitad del siglo XX; su familia era progresista y la envió a estudiar a París y a Viena mientras lidiaban en casa con las restricciones individuales y sociales impuestas por el nuevo régimen. La iraní supo hacer de la necesidad virtud, y una vez atravesadas las inclemencias de la represión -esa que aún sigue cerniéndose sobre el Irán actual, tanto en la sociedad como en la cultura (véase el sangrante caso de Jafar Panahi)-, las volcó en su primera novela y película, de la manera más loable que hay: denunciando a través de la creación artística.

Si Satrapi entró en el mundo del cómic gracias al dibujante y guionista David B. -autor de La ascensión del gran mal (1996-2003)-, que le sugirió narrar los hechos de su vida de esa manera, en el mundo del cine lo hizo de la mano del también historietista y animador Vincent Paronnaud, más conocido como Winshluss -autor de Pinocchio (2003-2005), una interesantísima versión del cuento de Carlo Collodi-. La pareja, que ha codirigido las dos películas que hasta el momento se han realizado desde la obra de Satrapi, ha sabido perfectamente combinar la frescura de la ilustración con la inventiva del cine de animación. Persépolis supuso un gran logro, saltando a la pantalla tal y como triunfó en el papel, con un trazo sencillísimo, un blanco y negro sugerente y humilde, y un alma intacta. Esos problemas de la represión religiosa -el velo, la prohibición de lo occidental, la eliminación de la libertad de expresión- en una niña y adolescente que quiere vivir libre, están perfectamente representados, con la dosis justa de humor y tragedia, en las páginas de la obra, y en los fotogramas de la película. Cannes, los Annie, los César, los círculos de críticos americanos, los Globos de Oro e incluso los Oscar reconocieron Persépolis, la que fue una de las cintas de animación para adultos clave de los últimos años, con galardones y nominaciones.

Sin embargo, para su segunda -y de momento última- película, Satrapi no ha querido repetir la fórmula que tan buenos resultados le está reportando. En una reciente entrevista a EFE, la artista lo declaró fervientemente: “No quiero hacer la misma película 125 veces, como un banquero que juega con el dinero. (…) Si hoy hiciera Persépolis 5 sacaría un millón de euros. Pero el éxito está en hacer lo que quieres”. Por ello el año pasado presentó en plena sección oficial del Festival de Venecia su nueva Pollo con ciruelas. También nacida de un cómic propio, Pollo con ciruelas es, esta vez, una película de actores de carne y hueso, que, no obstante, está más alejada del realismo que su aclamada cinta de animación. Satrapi y Paronnaud adaptan aquí su obra homónima, que versa los últimos días de un personaje real, Nasser Ali Khan, el tío abuelo de la directora y virtuoso violinista, que decide dejarse morir después de que su mujer rompa su amado instrumento durante una riña conyugal. La novela gráfica cobra vida a través de las interpretaciones de un estupendo reparto del que forman parte Mathieu Amalric, Maria de Medeiros, Isabella Rossellini, Golshifteh Farahani o Chiara Mastroianni. Pollo con ciruelas hace gala de un método visual altamente estilizado y una imaginativa e irreal puesta en escena, que deja claras las intenciones de los realizadores: las de contar un cuento de amor, captar su encanto y transmitir su belleza. A su paso por Venecia, la recepción no fue tan unánime como la que sí difrutó Persépolis, pero no por ello se debería ignorar el talento de una artista multidisciplinar que tiene el talento para aunar tantas cosas. ¿Qué será lo próximo que nos contará Satrapi?

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