La familia según Jean-Marc Vallée

Desde Canadá llegaba en el año 2005 una de las propuestas más frescas y estimulantes de los últimos años. C.R.A.Z.Y. era su título y su director un por entonces desconocido Jean-Marc Vallée. El retrato de una familia a través de los ojos de Zach (el joven Marc-André Grondin), el cuarto entre cinco hermanos, era en realidad la historia de un grupo de personas normales (con sus disfuncionalidades) en busca de la felicidad. A ritmo de Pink Floyd y los Rolling Stones, Zach se va abriendo al mundo en una complicada adolescencia durante la que descubre que su forma de entender la vida es distinta a la del resto. Entre continuas peleas con sus hermanos y discusiones con sus estrictos pero cariñosos padres su personalidad se va forjando y con ella se van complicando las relaciones entre cada uno de los miembros de su familia. Con su debut en el largometraje, Vallée nos regaló una historia íntima y grandiosa a la vez, capaz de plasmar al mismo tiempo el despertar personal de un joven a lo largo de varios años y las idas y venidas de una familia común. C.R.A.Z.Y. tenía vocación de relato generacional, y conseguía con gran acierto entrelazar las diferente ramas de su relato y además dotarlo de una dimensión histórica que, lejos de hacer más lento todo el granaje, dotaba a la cinta de mayor agilidad e interés.

Después de su exitoso debut, Vallée se decidió por el cine de época y demostró en La reina Victoria (2009) su buen hacer como director a nivel estético y formal pero sin ofrecer esta vez un historia de especial interés, demasiado atada a los convencionalismos del género. Estaba claro que el talento del canadiense podía ofrecer mucho más y visto lo visto ha merecido la pena esperar. ¿La razón? Café de Flore, una cinta con la que Vallée vuelve a demostrar su habilidad para las historias familiares dejando esta vez un hueco a una dimensión mística que, a pesar de algún que otro momento chirriante, aporta una atmósfera brillante y sutil al resultado final. Es esta una película contada a dos bandas, por un lado está la historia de una madre (una estupenda Vanessa Paradis) que lucha por dar una vida lo más digna posible a su hijo con síndrome de Down en el París de los años sesenta y, por otro, las vivencias de un exitoso DJ de Montréal (el músico y actor Kevin Parent) que a pesar de vivir un momento dulce es incapaz de sentirse satisfecho con la realidad que le rodea. A partir de estas dos premisas la cinta reflexiona sobre la felicidad y la intensa lucha que las personas libran por conseguirla, el poder del amor y los fuertes lazos que nos unen con la gente a la que queremos. Todos estos temas parecen dejar vía libre al cursilismo y la falsa intensidad emocional y, sin embargo, en no caer en ninguna de esas posibilidades reside el mayor mérito de la película. A través de una fotografía preciosista, una música envolvente y un inteligente montaje que hace que las tramas se crucen sin pisarse la película se revela como un todo complejo lleno de aristas, que permite al espectador hacer sus propios juicios a la vez que disfruta de dos historias bien contadas. Café de Flore es, sin duda, un paso adelante en la filmografía de Jean-Marc Vallée, desde aquí solo queda recomendarla y vigilar atentos los próximos movimientos de este interesante y arriesgado realizador.

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