De adaptaciones con alma, odiseas artísticas y puras delicatessens: ¿cómo va San Sebastián? (I)

Luces, cámara, alfombra roja, y acción. Este viernes comenzó el Festival de San Sebastián, el único certamen de clase A que tenemos en territorio nacional y uno de los más importantes del panorama internacional. La edición de este año, la segunda a los mandos de José Luis Rebordinos, venía marcada por la expectación que habían creado, sobre todo, los títulos españoles que estaban a concurso. Lo nuevo de Fernando Trueba, Pablo Berger y Javier Rebollo pisa la Playa de la Concha junto a las últimas obras de autores de notorios autores internacionales como Laurent Cantet, Costa-Gavras o François Ozon. Este año, el jurado sobre el que recaerá la responsabilidad de decidir el palmarés está presidido por la productora americana Christine Vauchon, y cuenta con las voces y votos, entre otros, de Mia Hansen-Løve, Ricardo Darín y Agustí Villaronga. Hasta el sábado 29, cuando se entregará la Concha de Oro, nos haremos eco de la recepción de los filmes presentados.

La cinta de inauguración, Arbitrage (El fraude) abrió la sección oficial a competición con un buen nivel de estrellas hollywoodienses: Richard Gere y Susan Sarandon protagonizan la ópera prima del hasta ahora documentalista Nicholas Jarecki. Entre flashes y fans, los intérpretes presentaron la historia de traiciones y ambiciones en el mundo de las altas finanzas, que, sin embargo, no se estrenaba aquí: ya había pasado por Sundance hace siete meses. Su recepción no ha sido especialmente buena, destacando su cualidad de thriller económico habitual, que si bien encuentra cierto punto entre lo innovador y lo comercial. Juan Sardá dice de ella en El Cultural que “el problema reside en la convencionalidad con la que todo sucede (…) El director entrega un telefilme de lujo que más que una crítica pretende aportar una mirada irónica e incluso algo cínica (…), un filme correcto, simpático y soso que se olvida al minuto”. El desfile de estrellas siguió con la presentación, ya fuera de concurso, de Argo, el thriller político de Ben Affleck, que tuvo una gran acogida y se postula como una de las principales corredoras hacia los Oscar, y la más floja Salvajes, el thriller criminal de Oliver Stone, que acompañó a la entrega de los Premios Donostia tanto a Stone como a John Travolta, coprotagonista de la cinta.

Al día siguiente, llegó ya el turno de los títulos españoles, que iniciaban la carrera en comandita: primero llegó Blancanieves, después, El muerto y ser feliz, y, por último, El artista y la modelo. La expectación que había levantado Blancanieves, la adaptación -sí, muda, en blanco y negro y ambientada en la Sevilla de los años 20- del bilbaíno Pablo Berger no era poca, y el ser preseleccionada como representante española a los Oscar no hizo más que aumentarla. Junto a sus actrices protagonistas, comandadas por Maribel Verdú y Macarena García, Berger presentó la película, que consiguió una entusiasmada recepción: Luis Martínez afirma rotundo en El Mundo que “Pablo Berger firma una obra maestra con Blancanieves (…) un milagro silencioso (…) a través de ella se puede sentir la repulsión sufrida en La parada de los monstruos, el dolor de Amanecer, la humillación de El último de los hombres o el arrebato de pudor y locura de la protagonista de Avaricia acostada con las monedas de oro”. Una acogida diferente tuvo El muerto y ser feliz, la arriesgada nueva propuesta del muy estimulante Javier Rebollo, que debutó con la notable Lo que sé de Lola (2006) en la misma Playa de la Concha. La road movie que protagoniza José Sacristán en el papel de un asesino a sueldo que se está muriendo y emprende una huida hacia el norte, atravesando Argentina, parece colocar a Rebollo como uno de los autores más personales del cine patrio, con lo que ello conlleva: la recepción se polariza. Alejandro G. Calvo la define en Sensacine como “suicida, fascinante y desconcertante (para bien) a partes iguales (…) vuelve a situar a Rebollo como uno de nuestros cineastas más brillantes y atrevidos (…) consciente de que El muerto y ser feliz puede ser muchas cosas, pero no una película sencilla”. ¿Sorprenderá? A continuación llegó la tercera película española a competición, El artista y la modelo, la nueva película del incondicional Fernando Trueba, uno de los directores más asentados de nuestra cinematografía, pero también irregulares. Su búsqueda de la inspiración artística presentada entre la relación de un veterano escultor y su joven modelo en la Francia ocupada de 1943 llegó al Kursaal de la mano de Jean Rochefort y Aida Folch, sus protagonistas, para despertar una de las mejores recepciones críticas de su filmografía. La prensa ha elogiado su poesía, su reflexiva búsqueda de la belleza y su factura artesana. Juan Cruz dice en El País que “es una gran película que tiene la sencillez de las grandes ideas llevadas al cine con talento y entidad de obra de arte (…) La sutileza del film permite vivir la película, rodada en blanco y negro, como un sueño propio, en el que uno va deslizándose como si estuviera leyendo un libro”. Como Blancanieves, El artista y la modelo también está preseleccionada al Oscar para representar a España.

Una vez presentados los títulos españoles, era el turno de los franceses. François Ozon llegó con su Dans la maison (En la casa), su adaptación de la obra de teatro de Juan Mayorga El chico de la última fila, y deslumbró. Su acogida no pudo ser mejor: la película, a juzgar por la recepción de la prensa, se postuló como una de las grandes favoritas a ganar la Concha de Oro. Coleccionando elogios desde toda la prensa -en los que se calificó de “muy interesante”, “extraordinaria” o incluso “maravillosa”-, ponemos un ejemplo: Mateo Sancho la describe para EFE como “un adictivo juego de apariencias que va desvelando profundas necesidades humanas, críticas despiadadas a la clase media francesa, divertidísimos mecanismos de manipulación y esa sensualidad polivalente característica de tan escurridizo y genial director”. La película ya se hizo con el Premio FIPRESCI a su proyección en el reciente Festival de Toronto, así que, ¿estamos ante uno de los títulos del año? Y Laurent Cantet, Palma de Oro en 2008 por La clase, presentó Foxfire, la adaptación de la novela de Joyce Carol Oates Foxfire: Confessions of a Girl Gang sobre un grupo de chicas que forman una sociedad secreta femenina y se rebelan contra lo que les rodea. Alabado con sus anteriores obras, como Recursos humanos (1999), El empleo del tiempo (2001) o su ganadora de Cannes, el francés no siguió aquí la senda abierta por Ozon. Según la prensa, Foxfire es algo decepcionante, en comparación con sus anteriores obras: Luis Martínez dice en El Mundo, “el problema es que, a fuerza de pretender proximidad y realismo, Foxfire acaba por convertirse en un cuento arrojado a ninguna parte. Imprecisa. Completamente ajeno a la contundencia de La clase, todo se antoja tan artificial como, finalmente, esquemático”.

(Seguimos recogiendo las recepciones del resto de los filmes que optan a la Concha de Oro en siguientes entregas.)

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