La búsqueda incansable de la belleza

Corre el verano de 1943, estamos en un pueblo francés cercano a la frontera con España ocupado por los alemanes. Allí un viejo escultor (Jean Rochefort) ve pasar los días sin entender el por qué de las razones humanas, su desencanto le impide seguir creando, le faltan ganas e inspiración. Sin embargo, una joven española fugada de un campo de refugiados (Aida Folch) aparece en su vida. Una muchacha hermosa y vital a pesar de las circunstancias que hace despertar en él la ilusión por seguir trabajando. Pronto nace entre ambos una peculiar relación, la joven posa para el artista, se convierte en su musa, en el vehículo perfecto para llegar a crear su obra maestra, el trabajo definitivo con el que despedirse de la vida. A través del viejo artista la joven descubre otra forma de verlo todo, en un tiempo convulso y complejo descubre la fuerza del arte, que no es otra cosa que la capacidad del ser humano para encontrar la belleza en los detalles que configuran la realidad. Así, el hombre que solo espera que llegue el final y la mujer ansiosa por poder dar comienzo a una vida con dignidad se descubren el uno al otro a través de la creación, construyen una pequeña burbuja en la que la vida se detiene y solo hay espacio para la búsqueda incansable de la belleza.

Pero el arte no escapa a la realidad, es más, es la propia realidad la que acaba por configurar y dar sentido pleno a las obras de arte. Y en la relación entre el artista y la modelo que dan título a la cinta de Fernando Trueba esta se cuela sin pedir permiso. La joven, que además de escapada de un campo de refugiados es cómplice de los maquis, acoge en la vieja casa que sirve de taller al artista a un guerrillero herido. Su llegada coincide con la visita de un soldado alemán experto en arte que trabaja en una biografía sobre el artista. Por mucho que lo intente el artista sabe que su arte no puede ser ajena a la barbarie y tiene que lidiar lo mejor que pueda con cuestiones que poco entienden de la importancia de la belleza y la creación, de la búsqueda de sentido en una realidad tantas veces carente de él. Precisamente la realidad es lo que une al escultor con la joven refugiada, la que los lleva a encontrarse y establecer su especial relación. Fernando Trueba reflexiona a través de los dos personajes acerca del proceso de creación, intenta describir la esfera que el arte ocupa en las relaciones humanas y en la realidad misma. Y lo hace con un ritmo pausado y reflexivo, a través de un blanco y negro luminoso y cálido retrata la historia de un verano a través los ojos de un artista. Unos ojos que aunque lo intenten no puden apartar la vista de los rincones más oscuros. El artista y la modelo es una reflexión lúcida y personal, muy necesaria en unos tiempos en los que el arte sigue luchando por ocupar su lugar entre tanto sinsentido. La película supone además el regreso en plena forma de uno de los directores más importantes del cine español actual que se ha visto avalado por el premio a la mejor dirección en la última edición del Festival de San Sebastián.

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