Animados y burtonianos

Hace unos meses hablamos de uno de los autores más conocidos del cine actual, por el que estábamos un poco preocupados: un cineasta que de un tiempo a esta parte viene dando tumbos con su carrera, y cuyas otrora imaginativas y estimulantes cintas han dado lugar a películas con poco interés. Ese cineasta, Tim Burton, nacido hace ya 54 años en la soleada localidad californiana de Burbank, ha conocido ciertamente mejores épocas (Eduardo manostijeras, 1990, Ed Wood, 1994…), pero si algo no se le puede reprochar es su capacidad para crear originales universos. Tanto es así, que incluso la mayor parte del interés de sus últimas obras (Charlie y la fábrica de chocolate, 2005, Alicia en el país de las maravillas, 2010…) residían en ello, en los escenarios en que se ambientan. Precisamente por ello, cierta vertiente de su obra sí consiguió que los atractivos de tales escenarios, tales creaciones artísticas, tales universos, trascendiesen por completo al resultado final de la propuesta. No es descabellado afirmar que la animación que ha firmado el californiano asentado en Londres es la mejor muestra de su firma autorial, y encierra brillantemente las claves de su obra. Su mundo gótico y oscuro, su romanticismo y su nostalgia, y su inquietud por la muerte, los seres monstruosos o inadaptados y la música, cubierto con un velo que lo hace óptimo para el disfrute de toda la familia, han encontrado en la técnica del stop motion una gran puerta por donde salir a nuestro propio universo.

Y es que su primera creación no está protagonizada por actores de carne y hueso, y su última, hasta el momento, tampoco. En los comienzos de su carrera, allá por el 1979, durante su estancia en el California Institute of the Arts (CalArts), donde compartió clase con John Lasseter (posteriormente, uno de los gurús de Pixar, responsable de Toy Story, 1995, Bichos, 1998, o Cars, 2006), Burton firmó Stalk of the Celery Monster, un cortometraje que dejaba entrever lo que después se demostraría en Vincent (1982), considerada su primera -y valiosa- obra. En ella, su primer trabajo con la Disney, echa mano de sus reconocidas influencias: la estética de las cintas del expresionismo alemán, la ambientación de los cuentos de Edgar Allan Poe, y uno de sus ídolos, el actor Vincent Price, conocido por protagonizar películas de terror de bajo presupuesto. Vincent nos presenta a Vincent Malloy, un niño obsesionado con los propios Poe y Price, cuya mente crea un envolvente mundo de fantasía. La que ya se ha convertido en una pieza de culto no tuvo especial repercusión en el año en que el director la firmó, pero dejó claro que estaría muy presente durante su filmografía. Once años después, tras darse a conocer en la industria con sus exitosas películas, volvió a pensar en hacer una película en stop motion, solo que esta vez no la dirigiría, debido a encontrarse inmerso en su visión de Batman, sino que la produciría. La icónica Pesadilla antes de Navidad (1993), aunque basada en los dibujos y poemas del propio Burton, fue dirigida por Henry Selick, quien luego siguió sendas similares con James y el melocotón gigante (1996), que también produjo Burton, o Los mundos de Coraline (2009). El musical en el que Jack, el señor de Halloween, descubre el mundo de la Navidad, inquietó y encandiló a niños y adultos casi por igual.

Sin embargo, no sería hasta otros doce años más tarde cuando Burton dirigiría su primer largometraje de la animación macabra que ejemplifica tan a la perfección su estilo. La novia cadáver nace de un cuento popular ruso-judío del siglo XIX, durante los pogromos antisemitas, cuando se decía que sus mujeres jóvenes eran raptadas de sus carruajes y asesinadas de camino a sus bodas. En él, un joven, mientras practica sus votos matrimoniales en el bosque antes de pedirle matrimonio a su prometida, se compromete accidentalmente con el cadáver de una novia, quien esperaba a su verdadero amor y se lleva al novio al país de los muertos. El film supone un derroche de imaginación que contrapone la grisácea vida en un pueblo victoriano con la colorida y divertida muerte con todo tipo de cadáveres, cada cual más animado que el otro, y se presenta lleno de alma y sentimiento. Tras él, llega ahora con Frankenweenie, su segundo largo stop motion, con el que vuelve sobre una idea que ya protagonizó su corto homónimo de imagen real, allá por el 1984, en la que un niño consigue revivir mediante la electricidad a su perro atropellado por un coche. La historia, un homenaje al cuento de Frankenstein en dicha técnica de animación, vuelve también sobre las inquietudes e inspiraciones de Burton, entre las que desacan la miríada de películas que se han basado en la conocida novela de Mary Shelley o, según sus propias declaraciones, Mad Monster Party? (Jules Bass, 1967), una comedia de terror stop motion sobre el conocido personaje. Frankenweenie vuelve a demostrar que la obra del cineasta se encuentra en plena forma en cuanto a su trabajo en la animación se refiere. Un autor cuyo futuro no está muy claro -especialmente tras el fracaso económico de su última Sombras tenebrosas (2012)-, ¿debería concentrarse de ahora en adelante en una técnica en la que se mueve con más soltura y mejores resultados?

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