Escuchar el cine y ver la música: In-Edit Beefeater (I)

El documental musical es un género curioso. Es al mismo tiempo un cajón de sastre en el que caben mil cosas diferentes y una forma bastante codificada, en el sentido de que muchas películas, buenas y malas, están cortadas por un patrón similar. Con una narración fuerte, alternancia de declaraciones a cámara y material de archivo, un uso parecido de las canciones y voluntad mitificadora. El objeto del documental (normalmente un grupo o un artista) sobrepasa en muchas ocasiones la dimensión del film. Es lo habitual con las estrellas de rock: su leyenda o su carisma inundan la pantalla y condicionan la película de alguna manera, llevándola a su terreno. Especialmente si ellos la han promovido. El propio público está normalmente más interesado en el contenido (el grupo) que en la forma. Otras veces sucede al revés y el director es quien se lleva al grupo a su estilo. En ambos casos hay clásicos del género: The Devil and Daniel Johnston es inolvidable porque la historia de Daniel Johnston lo es. Como documental su director Jeff Feuerzeig no inventa nada, deja que la forma se adapte al contenido. Pero probablemente no es necesaria otra cosa. One plus one es antes una película de Godard que una película sobre los Stones. ¿Qué caso es preferible? Hay una tercera vía mucho menos común en la que se escucha el cine y se ve la música al mismo tiempo, en la que forma y contenido se funden en un todo.

El mejor lugar para buscar esta película ideal es el In-Edit Beefeater. Una gran ciudad como Barcelona hace posible que las minorías se hagan inmensas (30.000 espectadores en la edición anterior). Así, este año ha cumplido diez ediciones programando más de cien sesiones y unas actividades paralelas muy interesantes (conciertos, debates, etc.). Los premios se los han llevado Searching for Sugar Man, de Malik Bendjelloul (Mejor Documental Internacional y también Premio del Público) y A Film About Kids and Music. Sant Andreu Jazz Band, de Ramon Tort (Mejor Documental Nacional). Don’t Follow Me (I’m Lost). A Film About Bobby Bare Jr., de William Miller, se ha llevado una mención especial del jurado. Además, el festival ha homenajeado a uno de los clásicos del género (Julien Temple) y ha publicado una lista de los cien mejores documentales musicales, de los que ha proyectado los diez primeros. En los35milímetros no hemos podido verlo todo pero nos hemos esforzado. Os contamos nuestras conclusiones.

Arte y dinero
Uno de los ejes más interesantes que atraviesan los documentales musicales es la eterna relación entre arte y dinero. La música, como el cine, es una industria cultural. La tensión normalmente está en que el artista intenta mantener su integridad y su libertad creativa mientras la parte comercial se preocupa exclusivamente del dinero. Al fin y al cabo, están ahí para eso. Art will save the world es, en ese sentido, una película completamente desmitificadora, igual que Luke Haines, su protagonista. Luke Haines fue una de las figuras clave del britpop (aunque sabe que era una etiqueta comercial bastante estúpida), y también uno de esos artistas que sabotea su propia carrera con canciones sobre bandas terroristas y asesinatos de niños (prácticamente desde que su primer disco con The Auteurs fue un éxito). Y eso lo vuelve más honesto, incluso cuando miente. Porque la película que ha dirigido Niall McCann sobre el juega con las nociones de verdad y máscara. Y supura ironía, casi cada vez que Haines abre la boca: “Sólo Dios es objetivo. Pero él no hace documentales”. Puede decirnos que él no hace canciones para el hombre corriente y que le da igual que lo llamen elitista. O que la única diferencia entre las multinacionales y las discográficas independientes es que en estas últimas te piden que vayas de gira con Lenny Kravitz. Entre todo esto, en un casting se buscan actores para interpretar a Haines, y se nos montan en paralelo opiniones contradictorias sobre alguien al que la propia película ha denominado como “un narrador poco fiable”. Todo entra en un dispositivo muy inteligente y distanciador. Somos conscientes de que todo lo que nos cuentan puede ser una invención, y encontramos grandes verdades entre todo ello.

Searching for Sugar Man, la gran triunfadora del In-Edit, parece contar la verdad. Pero su historia parece una ficción. Y viene a ser un ejemplo del carácter caprichoso de la industria musical: Rodriguez, chicano de Detroit, grabó dos discos maravillosos a principios de los setenta que nadie escuchó. En América. Porque, sin que se sepa muy bien de qué manera, sus canciones llegaron a Sudáfrica y se convirtieron en himnos para un país que aún vivía el apartheid. Lo fascinante es que el documental juega con el misterio que la época aún conservaba, antes de la llegada de la era de la información. Rodriguez había desaparecido de escena, y la leyenda en Sudáfrica decía que se había suicidado prendiéndose fuego sobre el escenario. Muerte y suspense, ingredientes que nunca fallan (si acaso, falla el que los utiliza). En Sudáfrica no sabían nada sobre Rodriguez, y por supuesto el no sabía nada de su éxito. Y su figura se eleva como lo auténticamente trascendente: no muestra ningún tipo de pena por no haber disfrutado de su fama (y del dinero que tenía que reportarle). Dejó su carrera en la música por creer que no podría superar su disco anterior. Dona el dinero que ahora si gana a su familia y sigue viviendo en su casa. Searching for Sugar Man deja huella porque saca a la luz una figura eterna que no se habría preocupado por serlo. En el coloquio posterior, el noventa por ciento de las preguntas a su director Malik Bendjelloul eran sobre la vida de Rodriguez. La película se había vuelto insignificante delante de la historia.

Mientras estemos hablando de música popular, estaremos dudando de lo que nos cuentan. Hay muchas partes implicadas. Después de la separación de los White Stripes, el In-Edit recuperaba Under Great White Northern Lights, el trabajo de Emmett Malloy sobre “la banda más falsa y más auténtica”. Siempre es lo mismo cuando una banda independiente triunfa. ¿Se han vendido? Es la cuestión del elitismo de la que hablaba Luke Haines. Su público se alegra por una parte. Pero siempre está la necesidad de decir que los conocían cuando no eran famosos, de sentir un vínculo original. ¿Son realmente así o están actuando? ¿Quieren enseñarse como son o proyectar una imagen? Malloy crea más dudas de las que despeja, y más tratándose de un grupo en el que la estética tiene tanto peso. Jack White se defiende de todos los falsos mitos que han crecido a su alrededor. Como espectadores, tenemos la sensación de que están escondiéndonos algo, que queda un reverso que revelar. Hasta que llega la última secuencia. Jack toca White Moon con Meg sentada a su lado. Ella llora, y nosotros nos vemos abrumados por la fuerza de algo tan potente y auténtico en el mundo de la mentira.

Y cuando Joe Strummer escapó de ese mundo de la mentira, cuando los Clash se volvieron demasiado grandes y su mensaje se pervirtió, acabó en el sur. Quiero tener una ferretería en Andalucía es entrañable. Es evidente que el documental de Carles Prats está hecho con poco dinero, pero casi se agradece, porque tiene un aspecto familiar y cariñoso que se adecúa muy bien a lo que cuenta. Porque Strummer, una de las figuras clave del punk, vivió durante un tiempo entre Granada y Almería. Y dejó tras de si montones de anécdotas que, al mismo tiempo, trazan su visión del mundo. Entre las propias de cualquier guiri (empezaba a beber gin-tonics por la tarde esperando que en el pub tocaran la campana) y las más emocionantes (buscando la tumba de Lorca con la intención de desenterrarlo lloró oyendo “el grito de los muertos”) se desvela la figura de un hombre que sufría por las contradicciones a las que su posición le había llevado, pero que trató de resolverlas con honestidad. Es uno de los problemas inherentes a los músicos que intentaron cambiar el mundo: el stablishment suele anularlos. Pero suele haber cerca una cámara para enseñárnoslo.

(Continuamos hablando del In-Edit Beefeater en la segunda parte de la crónica.)

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Una respuesta a “Escuchar el cine y ver la música: In-Edit Beefeater (I)

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