Buscando la tercera vía: In-Edit Beefeater (y II)

Música e historia
Cuando la música tiene verdadera relevancia, puede ser una muestra auténtica de los conflictos de su época. Sobrepasa el mundo de la música para marcar a una generación, normalmente con intenciones rupturistas y contraculturales. Mientras dura. Porque el final siempre es el mismo, y ganan los malos.

Tropicalia tiene todo eso. El tropicalismo que empezó alrededor de Caetano Veloso y Gilberto Gil estuvo rodeado de conflictos sociales. Sumado al gobierno represor, estaba la controversia entre esos músicos que aunaban lo mejor de la música brasileña con la energía del rock and roll y los que los llamaban Judas por haber traicionado la tradición musical del país. El tiempo les quitó la razón, como siempre, a los que se manifestaban contra las guitarras eléctricas. El caso es que la película intenta contagiarse del maravilloso ambiente psicodélico y creativo y se queda a medio camino. La música y los hechos son tan emocionantes (involucrando a Glauber Rocha, Os Mutantes, Tom Zé, Gal Costa) que hay muchas cosas aprovechables. Pero su imitación de los collages de los sesenta es aséptica y la narración avanza caótica, con un hilo muy leve sin que motivo para ello.

Las intenciones revolucionarias (más bien inocentes y sin más intención política que la libertad) del tropicalismo se quedaron en nada y el movimiento no permaneció en el tiempo. Caetano Veloso y Gilberto Gil acabaron en la cárcel por agitadores. Poco después se exiliaron a Londres y formaron parte de su mosaico de culturas. Y precisamente sobre eso habla London-The Modern Babylon, el último trabajo de Julien Temple, el homenajeado de este año. No se puede decir que esta película sea precisamente un documental musical. Si estamos hablando de música e historia, esto tiene más parte de historia que de música. Pero Temple es quien es, y inunda su repaso del último siglo de Londres de canciones que reflejan sus estados de ánimo. Estados bastante belicosos, pues presta especial atención a los disturbios que marcan puntos clave en el siglo. Malcolm McLaren, agitador cultural y ex-manager de los Sex Pistols, lo explica claramente: “La masa se descontrola de vez en cuando”. Londres le tiene miedo. Desde Desmond Dekker a los Kinks, pasando por X-Ray Spex y los Clash, Temple pone música y protesta alto. Por una población que ha sufrido, generalmente, injusticia. Especialmente las etnias foráneas que fueron llegando hasta formar parte de su cosmopolitismo. Hay fragmentación en Londres, y también en la película, que se inunda de imágenes de archivo, documentales y ficticias, con un montaje nervioso. Lo facilita la BBC (ya nos gustaría ver a RTVE financiando una película para criticar a toda la clase política del último siglo de España). Se hace explícito el choque de los dominantes con los oprimidos. Del presente con el pasado.

Y el punto álgido de esa historia de Londres, de ese choque del presente con el pasado (sin futuro), el momento más importante de la historia paralela del siglo XX, es el escándalo alrededor de los Sex Pistols y el punk británico. Entre las películas de Julien Temple que se recuperaban estaba The Filth and the Fury (2001, séptima en la lista de los cien mejores documentales musicales), la revisitación del mito que el había contribuído a crear filmando al grupo en su momento y firmando The Great Rock and Roll Swindle (1979). Aquella película era la versión de Malcolm McLaren, y los reducía a un espectáculo banal, a un intento de hacer dinero a costa de la provocación. En The Filth and the Fury son los miembros del grupo los que toman la palabra, en perspectiva, y la realidad de los hechos se hace evidente. Entre toda la provocación había auténtica subversión. En un Reino Unido hundido por la crisis, con millones de parados (¿os suena de algo?), apareció Johnny Rotten diciendo verdades dolorosas y provocando un auténtico descalabro en el ecosistema cultural británico. Todas aquellas cosas increíbles, como cuando llegaron al número 1 en las listas la censura hizo que el primer puesto apareciera en blanco o como cuando dieron una paliza a Rotten en la calle, sucedieron realmente. Las consecuencias de aquello a largo plazo daban miedo, pero volvió a pasar lo de siempre. A los Pistols los absorbió su propio caos, sumado a la codicia. Y los punks no entendieron su propio movimiento: aquello iba de libertad individual y acabaron vistiendo y comportándose todos igual, formando parte de un estereotipo vacío de contenido. Ganaron los malos otra vez, pero la lección de historia la tenemos delante.

Historia de la música
En el programa de Bill Grundy en el que los Pistols escandalizaron a Gran Bretaña por decir tacos, el advertía “no son los aseaditos Stones”. El In-Edit se abrió con la proyección de The Rolling Stones Charlie is my darling, un nuevo montaje del primer documental sobre ellos (filmado en 1965), que no había sido publicado nunca. Y, por supuesto, es revelador. No solamente con respecto al grupo, sino con respecto a la música popular: en aquel momento el rock and roll tenía el mismo poder para volver locos a los jóvenes, pero los grupos aún no eran conscientes de adónde iba a llegar la cosa. Pero hay algo intuitivamente avanzado en lo que estaban haciendo: Jagger dice que actúa todo el tiempo, Brian Jones que ser una popstar no le satisface “artística ni personalmente”. Ellos (y otros) cambiarían el significado de eso utilizando su poder en su favor. Y, en general, contribuyendo a hacer de la música pop algo distinto a lo que era en ese momento, algo efímero y que no duraba nada. Han pasado casi cincuenta años y seguimos hablando de ellos. Y, más allá de lo que dicen en las entrevistas, sentir el auténtico fuego del rock and roll y ver al público invadiendo los escenarios sigue siendo una experiencia intensa.

Dont look back, sobre el papel el mejor documental musical que se ha hecho, está filmado en el mismo año. Pero Dylan iba un paso por delante (y D.A. Pennebaker también). El si es consciente del poder que su música tiene y la posición que eso le proporciona. La cámara no interviene, se limita a presenciar lo que pasa, creando una ilusión de realidad verdaderamente tensa porque su protagonista se encarga de dinamitarla. Dylan le da otra dimensión, adoptando un rol y jugando a actuar en un documental, a fingir en lo que se supone que es la realidad. A obligarnos a darle otra vuelta a todo lo que decía en sus letras. A anticipar todas sus reinvenciones (la etapa eléctrica estaba cerca) y a dudar. Pennebaker también, con una película completamente anticlimática. En cierto modo, Dont look back lo inventó todo, enseñándonos la tramoya del rock and roll, la parte del negocio.

Pero el mejor documental que se ha proyectado este año es Instrument (1998). Antes de que se apagaran las luces, leyeron unas palabras de Jem Cohen: “No buscábamos hacer una película sobre el grupo, sino una película que fuera, en si misma, música.” Instrument es, efectivamente, como la música de Fugazi. Ante todo, honesta, pero también hecha con libertad y creatividad. Y al margen de cualquier condicionamento externo (en especial, al margen de la industria). Es lo que se puede esperar de una obra dedicada a D. Boon y John Cassavetes. Fugazi encontraron su vía para cambiar el mundo, aunque fuera imponiéndose unas normas estrictas. Y mantienen aún hoy su coherencia. Instrument tomó forma a lo largo de diez años, sumando grabaciones de fans y saltando con libertad de lo concreto a lo abstracto, siempre dentro de una extraña calidez. Es la que da la convicción. Porque la película es consciente de que hacer música es (no “puede”, no “debería ser”) hacer política. Y evitan la codicia que acabó con tantos movimientos. Lo hemos visto. La película evoluciona como una canción, como un concierto, en paralelo a lo que hacía un grupo que nunca tenía setlist, que construía su música alrededor de su compenetración, de sus sentimientos. Ellos hablan de tocar como “el sentimiento más extremo. Lo más cerca de ser libre”. Es la segunda vía de la música pop, la que en vez de distraer rompe la alienación. Y es la tercera vía del documental musical, aquella en la que se escucha la imagen y se ve la música, en la que todo camina junto. Ojalá todas las películas fueran así. Tal vez el año que viene haya alguna.

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