El espectáculo debe continuar

Un travelling desde el aire nos sitúa en la ciudad de Nápoles. La cámara se mueve hasta llegar a una carretera principal. Seguimos su curso: por ella circulan muchos coches y mientras avanzamos nuestra mirada se concentra en un carruaje dorado llevado por un par de caballos. Seguimos al extraño vehículo, que coge la salida a la finca La Sonrisa. Allí los invitados esperan a la pareja de recién casados para la celebración de una boda recargada, estrafalaria, decimonónica pero divertidísima. Así se nos presenta al protagonista Luciano (Aniello Arena) y a su familia, de los que pronto queda uno prendado.

Reality (Matteo Garrone, 2012) va entrando poco a poco al meollo de la historia. Luciano es un hombre normal, trabajador y que vende pescado en la plaza del pueblo. Su vida es tranquila y feliz hasta que decide presentarse al casting de Grande Fratello (la versión italiana de Gran Hermano) para calmar una de las rabietas de su hija pequeña. En un principio lo hace por probar, pero después se convierte en un sueño, una oportunidad que puede cambiar su vida. Desde ese punto nada será igual. De hombre bueno y padre entregado se transformará en un ser obsesionado que lleva a la ruina su propia vida. La transformación es gradual y está alimentada por llamadas esperanzadoras, asistencias a castings y ánimos por parte de sus hijos, tíos, sobrinos y demás familia.

El film no profundiza lo bastante, no entra en moralidades (en el está bien, está mal) y lo baña todo en la sátira sobre la obsesión que la sociedad moderna siente por la fama y la percepción de que esta puede cambiar su destino. Con todo esto ya es tarde para salvar a Luciano, lo ha dejado todo por su ilusión y está agarrado a un clavo ardiendo. “¿Crees que los de la tele van a perder el tiempo en un idiota como tú?”, le grita su mujer, incapaz de ayudarle más. Aquí nos damos cuenta de que al protagonista le da igual todo y está dispuesto a arriesgar. La línea entre lo privado y lo público, entre lo verdadero y lo falso, entre la realidad y la ficción se difumina en su propia cabeza. Su obsesión aumenta. 

Reality cojea un poco por recorrer un camino que ya transitaron otros anteriormente (Quiz Show, de Robert Redford, 1994, o El rey de la comedia, de Martin Scorsese, 1982). Nos dibuja la televisión como un lugar mítico, como un paraíso que toda persona quiere alcanzar pero que lo que consigue mayormente es arruinar y erosionar la personalidad y todas las esperanzas del individuo. Este mensaje de ‘los reality shows que malos son’ no es nada nuevo. Sin embargo, no podríamos decir de la película que es un análisis profundo de la telebasura sino más bien una mirada compasiva. Y aunque el tema ya esté visto, la película funciona igual porque está llena de escenas donde predomina el humor visceral. También funciona porque ciertas secuencias guardan un homenaje al cine clásico italiano. A parte de retratar un Nápoles neorrealista (rodajes en exteriores y presencia de actores no profesionales), incluye una sensibilidad y un movimiento que en ciertas escenas nos acercan al cine de Federico Fellini. En su última etapa, con la película Ginger y Fred (1985) se hacía latente su crítica a la televisión del momento coincidiendo con la entrada de Silvio Berlusconi en el sistema televisivo italiano. Por otro lado, también albergaba un lamento pesimista hacia una sociedad cada vez más alienada y trastocada. Siendo así Garrone y Fellini coincidirían en un discurso parecido. La cosa no ha cambiado tanto. 

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