Película del mes: ‘Holy Motors’, de Leos Carax

Peter Bradshaw, en The Guardian, la describió como “extraña y maravillosa, rica y rara, loca de remate”. Megan Lehmann, en The Hollywood Reporter, como “excitante, opaca, desgarradora y completamente chiflada”. Dentro de nuestras fronteras, Luis Martínez, en El Mundo, definió su contenido como “críptico, violento, genial, torpe, enfermizo, cutre y febril”, y Nando Salvá, en El Periódico, como “una obra extraña, inescrutable, demente, hipnótica, a ratos muy idiota y casi siempre bellísima.” ¿Impresiona? ¿Abruma? ¿Emociona? Holy Motors, del siempre controvertido Leos Carax, fue el título que más variados epítetos mereció en la pasada edición de Cannes -aunque acabó perdiendo la Palma de Oro que los rumores le otorgaban ante la otra favorita, Amor, de Michael Haneke-, y que más polémica generó en su recepción entre la prensa. Normal. Una propuesta que requiere tantas palabras para empezar a ser definida no puede sino desconcertar y asombrar a partes iguales. La quinta película de Carax nace tras un hiato en sus largometrajes de un total de trece años, en el que viajó a través de fracasos económicos, sequías creativas e ideas frustradas. Pero lo que quizás no se esperaba es que al final de su tormentoso periplo estaría esperando por él un brillante rayo de inspiración, que ilumina por completo la temporada cinematográfica y supone uno de los mejores títulos que se recordarán de ella. Brian Clark, de Twitch Film, lo dejó bien claro: “con tantas películas serias, dramáticas e incluso genéricas (compitiendo en Cannes) Holy Motors llega como una ráfaga de aire fresco a 100 km/h. De hecho, esta ciencia-ficción-comedia-no-sé-cómo-llamarlo es tan salvaje, rara y divertida que no sorprendería que encendiesen fuegos artificiales en el medio de la proyección. Es ese tipo de experiencia”.

Holy Motors es, ante todo, lo que reza su título. Santos motores. ¿Y qué es eso? La propuesta de Carax funciona como el mecanismo capaz de transformar la energía combustible en energía mecánica, la que permite hacer un trabajo, la que genera un movimiento. Holy Motors quiere ser el motor que mueve al cine. Es el Señor Oscar (interpretado por su incondicional Denis Lavant) el personaje que actúa como la maquinaria de la que depende esa alteración. Durante veinticuatro horas, desde el alba hasta el anochecer, se nos presenta un ser con múltiples formas e identidades: asesino, mendigo, ejecutivo, monstruo, padre de familia… En su imparable limusina, el vehículo en movimiento, Oscar se cambia, se adapta y se transforma: encarna personajes como si estuviésemos asistiendo al making off de una película, como si se diluyera y se combinara ante nosotros el cine y su creación, la ficción y la realidad. La película se adentra en los límites del séptimo arte, en las fronteras que lo separan -¿o lo contraponen? ¿o lo anexionan?- de lo que consideramos realidad. ¿Qué tiene el extraordinario engranaje de Holy Motors para funcionar como lo hace?

Lee la entrada completa en nuestra película del mes

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