Ángeles con falda escocesa

Ken Loach se ha dado a conocer en el panorama cinematográfico por sus dramas sociales. En su caso no es que generalicemos. Es que realmente es así. Ha dirigido dramas tremendos protagonizados por héroes de la clase obrera: el parado de larga duración de Mi nombre es Joe (1998), el padre desesperado que intenta comprar un traje de comunión para su hija en Lloviendo piedras (1993) o el soldado destinado en Irak de su anterior cinta Route Irish (2010). En todas ellas ha retratado de una forma aparentemente fiel la sociedad británica. Esta vez Loach regresa a las pantallas con La parte de los ángeles (2012). Un giro hacia la comedia que nadie se esperaba.

El director nos sitúa en Glasgow, donde seremos testigos del poder redentor de la cultura del alcohol. Allí las bodegas del país destilan cada año miles y miles de litros de whisky. Pero siempre hay una pequeña parte del líquido que desaparece durante el proceso de reposo y embotellado o por la evaporación ambiental. Esa pequeña cantidad es lo que llaman ”la parte de los ángeles”, como ”ángeles” suburbiales son nuestros protagonistas: un grupo de cuatro jóvenes conflictivos condenados a cumplir su pena con trabajos a la comunidad. Entre ellos destaca Robbie (Paul Brannigan), un joven sin recursos, en paro y a punto de ser padre. El está dispuesto a todo por cambiar el destino de su futuro hijo, pero la sociedad no se lo pone fácil. Le dice que no tiene nada que ofrecer. En los trabajos sociales encuentra una figura paterna en su educador Harry, que pronto se convertirá en su mentor en el arte del whisky, al darse cuenta de sus habilidades como catador. También, se hace amigo de Rhino (William Ruane), Albert (Gary Maitland) y Mo (Jasmin Riggins), cada uno más personaje que el anterior. Juntos idearán el plan perfecto: un viaje hacia las tierras altas escocesas para hacerse con el Santo Grial de los whiskys. Una cruzada con la que pretenden poner fin a todos sus problemas.

Aparte de los problemas sociales que tiene detrás cada personaje (paro, conflictos juveniles, adicciones, etc) que ya son temáticas habituales en Loach, nos encontramos ante una película con una sencillez muy trabajada. Conflictos, personajes y trama están en primer plano, en un esfuerzo por librarse de cargas ideológicas. En paralelo a esa simplificación, trata a sus protagonistas, perdidos y desamparados, con una mirada profunda llena de ternura y cariño. No se queda en la superficie de sus roles sociales, sino que retrata su instinto de supervivencia a través del humor. Los personajes son personas y no símbolos de un problema social. Y su carácter auténtico se apoya en otra clave: el lenguaje. La jerga es dialectal y expresiva. A veces también malsonante, pero más rica que cualquier otro lenguaje refinado con vocación realista. La parte de los ángeles es, en resumen, una historia que quiere creer en un futuro optimista que brilla por su ausencia en la filmografía de Ken Loach. La parte de los ángeles es la nueva vida de Robbie. La parte que se escapa del cruel destino que le esperaba. “Al final todo le ha salido bien. Enano, piba, coche, trabajo. ¡Hay que joderse!”.

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