Retrato de una frontera

En Un mirlo dorado, un ramo de flores y una cuchara de plata, el emocionante libro-entrevista a Pedro Costa, hay un par de citas de Straub y Huillet que cuadran perfectamente con lo que es Arraianos. Danièle Huillet (hablando de D.W. Griffith), dice que “cuando encuadra un talud, un poste eléctrico y una vía férrea debajo, se vuelve una imagen misteriosa y, al mismo tiempo, es una imagen absolutamente realista. Si uno no es capaz de lograr esta alianza de realismo y de misterio, es mejor no ponerse a hacer ninguna imagen”. Preguntado por la relación (ya etimológica) entre imagen y magia, Jean-Marie Straub explica que “los campesinos intentaban comprender un mundo que no siempre se entiende. Inventaron fórmulas rituales porque el hombre, aparte de los ritos, no tiene muchos otros medios para salir adelante”.

Al margen de cualquier influencia cinéfila de Costa o Straub y Huillet, Arraianos (Eloy Enciso, 2012) podría verse como una película de misterio. No porque haya en ella un gran enigma, sino porque todo en ella termina por serlo. Está construída en torno a la ambigüedad, y eso hace del filme algo poderoso y fascinante, que no se agota en un visionado y se clava en la memoria.

La película es el retrato de un espacio y sus habitantes, pero ambos tienen ya una carga de indeterminación muy fuerte. El espacio es el antiguo Couto Mixto, un territorio entre Galicia y Portugal que gozó de autonomía hasta el siglo XIX. La gente que vivía allí podía escoger su nacionalidad, no tenía que tributar y se aprovechaba del privilegio de no poder ser detenidos. La historia es de por sí fascinante, y los escenarios se contagian de ello. La presencia del bosque se hace constante desde las primeras imágenes. Parece un espacio mítico, infinito, y su aura parece contagiar cada diálogo, cada plano, aún cuando no está en pantalla. Es a través de los personajes como esto se conforma. El trabajo con los actores da lugar a un distanciamiento extraño y perturbador. Cuando declaman los textos de O bosque, de Jenaro Marinhas del Valle, de los que parte el guión, hay un choque entre la naturalidad y lo artificial que siembra aún más dudas en quien está presenciándolo. Es difícil fijar un sentido único a cada frase, a cada plano. Es complicado dilucidar donde se termina lo ficcional y empieza la realidad, y de ahí viene parte de la fuerza de Arraianos.

Y es que la película se inunda de esas nociones fronterizas durante todo su metraje. Los arraianos son los habitantes de la raia, la línea que separa los dos países. Es, de por sí, un lugar a medio camino entre otros lugares. Pero, además, parece ubicarse en un tiempo a medio camino entre otros dos. Esa sensación de atemporalidad es muy intensa, y se suma poco a poco a otros elementos que dan un ambiente místico a la película. La cámara está calmada y estática durante mucho tiempo, y los planos son largos. Esa duración ayuda a la formación de una tensión constante con el fuera de campo, aumentada por el uso del sonido y por esa construcción de los espacios en la indeterminación, sin poder ubicar claramente en que lugar estamos, dónde empieza y dónde termina. No hay nada explícito, el espectador no tiene el trabajo hecho. Los personajes funcionan de la misma manera. Hablan poco. No sabemos de dónde vienen ni a dónde van, ni cuanto saben sobre todo lo que no comprendemos. Y eso hace que el filme nos absorba.

Por supuesto, toda esa ambigüedad se traslada a la riqueza de interpretaciones. Desde un punto de vista ajeno, las costumbres más cotidianas pueden volverse extraordinarias. Desde el desconocimiento del rural gallego más profundo, se puede obviar el elemento misterioso y percibir Arraianos cercana a un retrato costumbrista, pero el juego va mucho más lejos. Esa fascinación con la que Enciso filma la misa, el parto de una vaca o las canciones populares lo lleva cerca de lo fantástico, pero como si se tratara de rituales, de la cosa más usual para los arraianos. Es un tono similar al de Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas (Apichatpong Weerasethakul, 2010) en cuanto a la manera en que una comunidad convive con sus mitos en el día a día. Viendo esas costumbres como algo lejano, sobresale en la película un fuerte choque entre presente y pasado, entre tradición y progreso, sin un vencedor claro. Para quien las conoce más de cerca la sensación es de que lo maravilloso es aquí simple realismo. Dejándonos llevar por Arraianos terminamos por pensar lo mismo, y eso es precioso.

(Texto escrito por Cibrán Tenreiro y María Villamarín)

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