Javier Rebollo, en medio de ninguna parte

Hablar de arrojo, libertad creativa y distanciamiento del cine convencional en la obra de un cineasta español es algo que nos pone muy contentos. Hay autores nacionales que se podrían ajustar a estos conceptos (Jaime Rosales, Albert Serra, el último Manuel Martín Cuenca…), con lo que, afortunadamente, no tendríamos que ceñirnos solo a uno o dos nombres. Sin embargo, tal concepción del cine corre el riesgo de ir reduciéndose a un pequeño nicho, y de perder poco a poco toda su importancia. Y no se puede permitir. El último título de Jaime Rosales se distribuyó en su primer fin de semana solo en siete salas en toda España, Albert Serra tiene una película aún sin estrenar mientras concentra su esfuerzo en experimentos para festivales… Y la nueva película de Javier Rebollo compitió en la pasada edición de San Sebastián, recibiendo cierto rechazo por parte de la prensa generalista. El director madrileño es uno de esos a los que podemos agradecer la valentía de transitar difíciles y excitantes caminos en el cine, los que acaban por demostrar la originalidad de un autor y su valía tanto a nivel nacional como internacional. Rebollo comenzó su obra con el cortometraje, entre los que se cuentan piezas como En camas separadas, 2003, o En medio de ninguna parte, 1997, con cuyos títulos ya podíamos atisbar su condición de deslocalizada, de errante y exploradora. Su salto al largo -acompañado por su habitual coguionista y coproductora, Lola Mayo- acabaría por afianzar su visión: Lo que sé de Lola (2006) fijó las miradas en él, La mujer sin piano (2009) le conseguiría una Concha de Plata en San Sebastián, y El muerto y ser feliz (2012), finalmente, un premio FIPRESCI (y un galardón para su protagonista, José Sacristán) en el certamen donostiarra. Su cine aséptico, moldeado, deconstruido, ha demostrado que Javier Rebollo es uno de los autores más originales -y por lo tanto, necesarios- de dentro de nuestras fronteras. Aprovechamos la gira de su última cinta por los festivales de la península (y de fuera de ella) para hacer una pequeña retrospectiva de su obra:

Lo que sé de Lola (2006)

La ópera prima de Rebollo fue Lo que sé de Lola (o Ce que je sais de Lola), una película hecha a caballo entre España y Francia, en la que Lola Dueñas y el galo Michaël Abiteboul dan vida a una no-pareja, un particular dúo de personas sobre el que se vertebra la historia. Lo que sé de Lola es, como su título nos dice, en primera persona, y a la vez en tercera. A través de la mirada de Léon (Abiteboul), un solitario hombre recluído en su apartamento, en donde cuida a su anciana madre hasta que se muere, se nos describe a Lola (Dueñas), una española que vive en el piso de al lado. Léon la sigue, la vive, la narra: su voz en off nos mete en su cabeza y nos cuenta lo que vemos a la vez en la pantalla. Lola hace esto, Lola hace lo otro. En un juego de fascinación que se presenta tan evocador como, finalmente, enfermizo, Lo que sé de Lola no para de moverse: de dos desconocidos a un matrimonio, de París a La Mancha, de Jean-Luc Godard a Michael Haneke (y, si se nos permite, a Pedro Almodóvar). El film es seco, las emociones se diseccionan con un bisturí, la composición de los planos, los sonidos y los silencios está calculada al milímetro, y aún así, no se hace distante; al contrario, experimentamos esa primigenia necesidad que tenemos de conectar con los demás.

La mujer sin piano (2009)

En su segundo largometraje, Rebollo confió en el televisivo rostro de Carmen Machi, que ya había aparecido en Lo que sé de Lola, para ser su mujer sin piano. Machi es Rosa, una mujer casada cuyos días pasan entre su trabajo de esteticista, calentar la comida, pelearse con Correos y ver la teletienda. Pero, una noche, la mujer decide salir en búsqueda de su instrumento musical -metafóricamente hablando-. Maleta en mano, se duerme en la estación de autobuses, conoce a un inmigrante polaco (Jan Budar) y recorre las espectrales calles de Madrid. La mujer sin piano nos muestra un paseo errante, un intento de fuga de la jaula más hermética que existe, la invisible. Rebollo vuelve a hacer gala de su lacónico estilo, con el que reduce las interpretaciones -sobre todo, la de Machi- a miradas y silencios, que se apoyan en su habitual y estático perfeccionismo visual. No sería descabellado relacionar su exasperante tratamiento de lo cotidiano con un Jaime Rosales con sentido del humor, ni su retrato de bienintencionados perdedores con un Aki Kaurismäki castizo. La mujer sin piano es suave y estéril, sigilosa y sorda: la absorta expedición de Rosa no quiere escuchar su continuo zumbido en el oído derecho, ni los bombardeos de la guerra de Irak -continuamente referenciada en la televisión-, ni al cine gritón.

El muerto y ser feliz (2012)

El muerto y ser feliz también habla de sí misma en su título. Descompone la sintaxis convencional, es una oración que no es una oración, descoloca a quien lo lee. La última cinta de Rebollo provocó, y tras su estreno en festivales, consiguió un cierto rechazo por parte de la prensa más generalista, y cuidados elogios por parte de la especializada. ¿Por qué? El muerto y ser feliz es una propuesta valiente, consciente de sí misma, a la que no le importa ni molestar ni gustar. La película es el viaje de un asesino a sueldo español (José Sacristán) moribundo, que se escapa del hospital de Buenos Aires en el que se confinaba, para empezar una búsqueda (¿de qué?) por el territorio argentino, mientras se le une una misteriosa mujer (la uruguaya Roxana Blanco) e intenta acordarse del primer hombre a quien mató por dinero. En su viaje encontramos lo emocionante, lo absurdo, lo cómico, lo vacuo, lo familiar, lo imaginativo, y finalmente, lo ensoñador, lo trascendental. El muerto y ser feliz es la investigación, la introspección poética, la metáfora visual, y, sobre todo, el contraste ojo-oído: una voz en off de una mujer (la coguionista Lola Mayo), que a veces se permuta con la de un hombre (el propio Rebollo), nos narra tanto lo que vemos como lo que no vemos. Por ello, se vuelve hermética, incómoda, fácil de denostar. Y quizá, por lo mismo, más valiosa.

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