Lo que vemos: ‘El regreso’ (Andrei Zvyagintsev, 2003)

El regreso (Andrei Zvyagintsev, 2003)

-– David González

Una de las cualidades más características del cine es, aunque sea obvio y lógico, que entra por los ojos. De vez en cuando no viene mal recordarlo. El cine es un arte total: en él hay una historia narrativa y literaria y, habitualmente, una composición musical que la acompañe. Pero, sobre todo, el cine es un arte visual. Y cuando es consciente de ello, y se apoya en ello, no hay más que agradecerlo. Hay películas cuya fuerza gravita directamente sobre sus imágenes, y cuya potencia se ve reforzada con una impecable fotografía, la técnica que hace un siglo dio origen a este mismo arte. Y hay cineastas que lo saben, y hacen lo posible por sacar lo mejor de ello. Uno de ellos es el ruso Andrei Zvyagintsev, que hace poco estrenó en nuestro país el espléndido drama Elena. En su ópera prima, El regreso, que se llevó el León de Oro en la Mostra de Venecia, el originario de Novosibirsk, Siberia, creó un contundente manifiesto con el que dejó claro que él es uno de esos cineastas. El heredero del maestro soviético Andrei Tarkovsky, un cineasta que trasladó el significado metafísico de sus películas directamente a sus imágenes, no parece en El regreso un alumno, ni mucho menos un debutante. El fantasmagórico e impactante viaje de dos hermanos, Andrey (Vladimir Garin, fallecido poco después de finalizar la película) e Ivan (Ivan Dobronranov), con su padre, Otets (Konstantin Lavronenko), que ha vuelto tras estar ausente durante toda su corta vida, le sirve a Zvyagintsev para transmitir incontables sensaciones y emociones, con un firmísimo pulso capaz de crear un lienzo de imágenes preciosistas, con una inmejorable composición y dignas de las mejores referencias pictóricas.

Lo que vemos en la pantalla es pura lírica. Sus imágenes están perfectamente orquestadas por su director de fotografía, Mikhail Krichman, quien, según el propio Zvyagintsev, aprendió su profesión tras leer la revista American Cinematographer. Zvyaginstev y Krichman son capaces de dotarlas de un gran significado visual. Su apariencia es brutal y su concepción plástica, espléndida. Los colores fríos ayudan a transmitirlo, con un grisáceo azul que las conforma, y un excelente tratamiento de la luz, que se vuelve ártica, que las matiza. En ellas, el alma se vuelve un elemento aislado, que representa con los lugares casi inaccesibles e incomunicados, y a veces, a través de esas barreras, ya sean naturales o artificiales, que expresan ese aislamiento. Ivan no es capaz de saltar de la torre de vigilancia y zambullirse en el mar, Andrey se abre paso entre la vegetación, los dos hermanos se sienten encerrados en la isla. La naturaleza, que los rodea, se vuelve indómita: los bosques, los lagos, el mar, el viento, la lluvia. Su rodaje en el lago de Konstantinovo, cerca de Moscú, y el Ladoga, así como en el Golfo de Finlandia, aporta esa sensación de insularidad y naturalidad.

Durante su metraje se nos adentra en esa dimensión etérea a través de su fuerza visual: hay referencias pictóricas y religiosas, como su impresionante recreación de Lamentación sobre Cristo muerto (1457-1501), del pintor cuatrocentista italiano Andrea Mantegna, que probablemente quedará para la posteridad, o su alusión a La última cena (1495-1498), de Leonardo da Vinci. Asimismo, no sería descabellado llegar desde el violento tratamiento del color y la atmósfera de los paisajes costeros a las obras del romanticismo alemán, las de, por ejemplo, Caspar David Friedrich (Paisaje marino en el claro de luna o Monje a la orilla del mar), que tanto han influido en cineastas como Tarkovsky, o -consecuentemente- Alexander Sokurov.

El regreso, como la obra de su director, es innegablemente deudora de la maestría de Tarkovsky –imágenes de Solaris (1972) mediante-, e incluso Michelangelo Antonioni, son casi palpables. Con la ayuda de estas influencias, se sublima su discurso personal, a la vez íntimo y grandilocuente, y se convierte en uno a la vez espiritual y tangible. La simbología de sus imágenes es notablemente extensa, y cada visionado de la cinta aporta nuevos datos sobre ella.

1-elregreso-regresoPero Zvyagintsev (y Krichman) aún tiene tiempo para intentar retratar ese enigma existencial que sobrevuela toda la película, a través de los grandes paisajes, yermos y despoblados de la estepa de la gran e inhóspita Rusia, los vastos lagos y superficies acuáticas, y las composiciones prácticamente vacías, enigmáticas e inquietantes.

Una de las virtudes de El regreso es, sin duda alguna, su fuerza visual. Los increíbles talentos de Zvyagintsev y el de su colaborador Krichman son capaces de crear un contundente repertorio que nos asegura que la imagen no es solo un medio para transmitir el mensaje, sino un mensaje en sí misma. El regreso habla, a través del complejo drama en que los hermanos se reencuentran con un padre al que desconocen, que versa sobre la inconexión, la intimidad más recóndita, las fronteras, lo desconocido, el pasado y el presente, la existencia. Incluso da lugar a fuertes lecturas más políticas e históricas, referentes a la situación actual de Rusia. Lo bueno es que, aquí, el cineasta opta por otorgarle a la imagen casi tanto protagonismo como a la historia, algo que, visto el resultado, resulta ser fascinante.


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