El amor y la juventud (del cine)

Una voz versa sobre el destino de un cocodrilo que, melancólico, bucea en un río de la África más profunda. Un cocodrilo que, aún con su fiereza, no puede evitar ser inocente, e ingenuo, ante el destino -personificado aquí en el explorador que lo cazará-, el que acabará por decidir qué pasa con él. “Por más distancias que recorras, por más días que pasen, de tu corazón no conseguirás escapar.” En su introducción se nos deja bien claro cuál es el corazón de Tabú, la película del portugués Miguel Gomes que se llevó los premios FIPRESCI y Alfred Bauer en la pasada Berlinale y ha acabado liderando buena parte de las listas de lo mejor del pasado año. El destino, el amor, la historia. ¿No es el amor el mayor motor de la historia?

Para ello, Tabú retrocede hasta la época en que el amor es más vívido, apasionado, y emocionante: la juventud. Y no solo la de las personas y los personajes, sino la de su retrato, la del mismo cine. Gomes, crítico de cine convertido en director, nos adentra con su tercer largometraje en la vida de Aurora, una temperamental señora que pasa sus últimos años en su apartamento de los suburbios lisboetas, junto a su criada caboverdiana, tras haber vivido durante su juventud en una colonia portuguesa en el continente africano. En ella, entre terratenientes blancos, sirvientes negros, cocodrilos y un cuarteto de bebop, se embarcó en una aventura amorosa con el joven habitante de la hacienda vecina, a espaldas de su marido. El amor se presentó desconocido, primigenio y natural, y finalmente fatídico, condenado. Como un continente por descubrir. Gomes nos lo cuenta con un cine que también se vuelve primigenio, y natural. Tabú remite directamente a la película homónima que el maestro del cine mudo F. W. Murnau rodó junto al del documental Robert J. Flaherty, allá por 1931 en la Polinesia francesa. En la nueva cinta está su mismo amor prohibido y su mismo gusto por la naturaleza virgen de las personas y los lugares. Incluso, su misma división en capítulos, Paraíso y Paraíso perdido, aunque con el orden invertido. Una evocación de algo existido y desaparecido, una puesta a punto de un recuerdo incorrupto, y una zambullida en una memoria tan personal como colectiva.

Como el mismo cine, que nos cuenta una historia desde el punto de vista de un artista, en Tabú se nos narra la historia de una mujer siempre desde la de otra persona. En la actualidad, el Paraíso perdido, su abnegada y curiosa vecina (Teresa Madruga) es la lupa con la que observamos a la vieja Aurora (Laura Soveral), mientras que en el pasado, el Paraíso, es la voz de su amante, Ventura (Henrique Espírito Santo), la que nos describe el romance de su lozanía (en la que lo interpreta Carloto Cotta) con la joven Aurora (Ana Moreira). Su estupendo blanco y negro, obra del director de fotografía Rui Poças, otorga unidad al inspirado díptico, más cercano a cierto realismo social en su primera parte y más próximo a un melodrama mudo en la segunda. Entre su prólogo y epílogo, narrado por el mismo Miguel Gomes, en un ejercicio que recuerda a la pseudoficción de su anterior y estimulante Aquel querido mes de agosto (2008), la película respira un cierto aire de fábula enfrascado en la culpabilidad social por el colonialismo, que acabó desangrando un continente inocente. La melancolía, el afecto y la saudade supuran por cada poro de la granulada imagen de Tabú, al tiempo que se homenajea al medio en que, cual animal vivo, da coletazos. Tabú es una carta de amor a los orígenes del cine y una dedicatoria fílmica al amor. Algo de visión y disfrute obligados.

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