Shakespeare levantando la cabeza

Adaptar a Shakespeare debe ser difícil. Adaptar a un nombre tan importante y conocido, tan clásico, siempre plantea una serie de cuestiones. Por una parte, las mismas de cualquier adaptación sobre ser fiel al texto o introducir cambios. Y, en el caso de introducirlos, escoger cuales. Pero Shakespeare ha sido tan adaptado, y al mismo tiempo tan estudiado, es tan conocido y al mismo tiempo tan desconocido que parece imposible hacer a partir de sus obras una película incontestable. La simplificación (de las tramas, del lenguaje) puede contentar a quien tenga en la cabeza lo mucho que le gustó Shakespeare in love (John Madden, 1998) pero echar por la borda el poder de cada línea de texto. La fidelidad al texto puede hacerlo farragoso o provocar una distancia insalvable con el espectador.

Entonces, ¿qué? Coriolanus es un intento, en el debut como director de Ralph Fiennes, de trasladar la obra homónima al presente. Conserva el argumento, en el que Cayo Marcio Coriolano (aquí el propio Fiennes), un general romano fuerte y valeroso, es desterrado de Roma por un motín después de haber sido elegido cónsul. Tras eso, se une a su enemigo Tulo Aufidio (Gerard Butler), general de los volscos, pueblo rival de los romanos, para conseguir su venganza, pero eso entra en conflicto con su madre, mujer e hijo, que siguen viviendo en Roma. La diferencia es que, en lugar de suceder en la Roma antigua, todo esto sucede en la contemporaneidad.

De este modo, se resalta la vigencia de los conflictos del material original. Los hay que pueden parecer universales, como los que giran alrededor del honor y la traición, pero la estrategia de Fiennes revela muchas otras capas. El texto, aunque no se represente íntegro (Coriolano es una de las obras más extensas de Shakespeare), sí se respeta sin un intento de actualización. Esto provoca un choque entre el lenguaje del pasado y los personajes del presente. Y es especialmente interesante en su dimensión política. Los tribunos engañan al pueblo con falacias para que repudie a Coriolano. El pueblo se deja manipular con asombrosa facilidad para repetir las consignas de sus representantes, que actúan en su único interés. No es difícil buscar analogías en la actualidad. La película utiliza además con inteligencia la presencia de los medios para comunicar las noticias sobre los acontecimientos políticos y bélicos. La propia guerra se filma con una crudeza enorme que contrasta con (o tal vez acentúa) el carácter honorable que el texto le otorga.

Eso, ¿y el texto? Cada frase es tan poderosa, tan cargada de sentido y sabiduría, que es imposible que no produzca una impresión en el espectador, acostumbrado por supuesto a un estilo de diálogo mucho más ligero y pragmático. Esto no es, desde luego, un ejercicio naturalista, pero tampoco pretende serlo. Coriolanus funciona más bien como un ensayo, como la puesta en escena de unos apuntes e ideas sobre la validez de la obra original a día de hoy. Pero los conflictos y las palabras de ésta son tan brillantes que la hacen funcionar bien al margen de todo esto. Hay reflexiones muy pertinentes sobre el honor, la violencia y su condición humana (¿criticarán a Fiennes los que critican a Tarantino o los echará atrás el nombre de Shakespeare?), el patriotismo, las relaciones paternofiliales o la falsedad como parte de la política. Hay una visión trágica, por supuesto. El mundo, el de ayer y el de hoy, está demasiado podrido para esperar más que una victoria pírrica y un derramamiento de sangre probablemente inútil. Pero eso no resta interés a la trama.

Coriolanus es una propuesta inteligente por las cuestiones que plantea y por el modo en que aprovecha su material de partida. Quizás su naturaleza la haga poco memorable a pesar de que sus interpretaciones lo sean: la intensidad de Ralph Fiennes reinventado como héroe de acción está a la altura de secundarios maravillosos como Vanessa Redgrave, Jessica Chastain o Brian Cox. El problema es que adaptar a Shakespeare también es competir con él y muy pocos han estado a la altura a pesar de la insistencia. Hasta Orson Welles, Laurence Olivier o Akira Kurosawa siguen siendo motivo de discusión. Sin embargo, eso no le resta al intento de Fiennes el valor o la valentía de hacer patente la vigencia del clásico y lo poco que hemos avanzado. Si Shakespeare levantara la cabeza, tendría muchos motivos mejores para sentirse ofendido.

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