Malos tiempos para la fe

Michael Lonsdale es el abnegado sacerdote de 'Il villaggio di cartone'Un anciano sacerdote se encomienda a sus imágenes cuando todo lo que conoce está a punto de desaparecer. Mientras reza hacia el altar su luminosa y diáfana iglesia, una excavadora se va acercando, y unos operarios apartan la bancada de los feligreses para que acceda sin problema hacia el retablo, que desmontará. El crucifijo donde Jesucristo yace, observando los desmanes de la humanidad, su humanidad, desde los albores de su religión, será retirado, sin obstáculos. O no. El anciano sacerdote se convierte en uno. El párroco, que ha dedicado toda su vida al cuidado de su rebaño, ha visto como las ovejas se han ido, y cómo la función del pastor ha quedado obsoleta. Y piensa por qué, qué ha podido suceder, y finalmente, por qué es lógico que algo así suceda. Sin embargo, lo que era la fe, la protección que brinda, su espíritu de la esperanza, cobra de repente todo el sentido perdido, con otro rebaño. Un rebaño que, a diferencia del habitual y ahora desaparecido, necesita mucho a lo que aferrarse. Claro, ese rebaño no llega desde el Primer Mundo. El veterano cineasta italiano Ermanno Olmi desenvuelve en Il villaggio di cartone su caja de cartón, construida por la historia, y rasgada por los devenires de la sociedad.

El artista que comenzó su carrera en pleno apogeo del neorrealismo trasalpino, con títulos como El empleo (1961), y alcanzó su cumbre haciéndose con la Palma de Oro del Festival de Cannes para su espléndida El árbol de los zuecos (1978), el sentido, solemne y naturalista retrato de una comunidad de campesinos bergamascos, presentó el año pasado una película reflexiva, dialogante y pausada. Il villaggio di cartone, que el originario de Bérgamo enseñó en la Mostra de Venecia, es una obra de gran madurez, una pieza que probablemente solo puede venir firmada por un talento que lleve curtiéndose en el arte durante décadas. Y junto a tal madurez, la de sus protagonistas: un magnífico Michael Lonsdale (el cura), y un esquivo Rutger Hauer. A través de las imágenes de una iglesia preparada para su demolición, un sacerdote que pierde su fe, unos fieles que dejan de necesitar, unos inmigrantes ilegales que necesitan, y mucho, Olmi compone una comedida ópera Los inmigrantes africanos ocupan la iglesia de lo nuevo de Ermanno Olmillena de simbología, y por ello, diálogo. Precisamente, es esa simbología, las imágenes entendidas a modo de ideas, la que compone la sustancia que construye Il villaggio di cartone. La religión pierde su sitio, la fe se quiebra, los necesitados necesitan ser ayudados, los que no ayudan necesitan dejar de hacer oídos sordos a los gritos de socorro. En la televisión del sacerdote solo aparecen imágenes de un naufragio en una orilla, los carteles religiosos del templo sirven para improvisar el cobijo de los inmigrantes, las madres son puras pietàs con sus hijos en brazos, el doctor -la ciencia, lo certero- asiste al derrumbe del cura -la fe, lo improbable- ante las adversidades, la inmigrante harta justifica con su difícil trayectoria los injustificables actos de violencia.

Hay poco en Il villaggio di cartone del ensimismado naturalismo, casi documental, de El árbol de los zuecos, aunque su humanismo siga intacto. Aquí estamos ante una película casi teatral, que transcurre entre las paredes del templo y la adyacente vivienda del sacerdote; la iluminación es artificial, el envoltorio está casi envuelto en plástico. Las ideas fluyen y compactan el aire, la respiración es trabajosa y la luz entra con dificultad. Olmi y Lonsdale dan forma a una gran reflexión filmada. Una como la que nos dice que los actuales son malos tiempos para la fe.

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