Lo que oímos: ‘The body of an American’ (The Pogues, 1986) en ‘Dead soldiers’ (‘The Wire’, David Simon, 2002-2008)

The body of an American (The Pogues, 1986)

en Dead soldiers (The Wire, David Simon, 2002-2008)

-– Cibrán Tenreiro

Ha muerto un policía. Y cada muerte es un mundo. Cada muerte tiene su ritual, pero lo importante es que tiene que tener uno, en el contexto que sea. En este caso, el cadáver de Ray Cole (Robert F. Colesberry) está sobre la mesa de billar de un pub irlandés. Lo vemos por partes. Primero su foto, después la botella de Jameson en una mano y el puro en la otra. La corbata bien atada y la placa de la ciudad de Baltimore. Sus compañeros están velándolo como si fuera una noche cualquiera: Bunk (Wendell Pierce) fuma un puro y McNulty (Dominic West) bebe un trago.

El cuerpo de un americanoEl sargento Jay Landsman (Delaney Williams) empieza el brindis por el difunto. Somos policías, así que nada de mentiras entre nosotros. Ray Cole, viene a decirnos, no era el mejor agente del mundo, ni el mejor hombre. Ganó tanto como perdió, estaba tan lleno de mierda como cualquiera… pero el hijo de puta tenía sus momentos. Al final es lo importante. Es el rastro que se deja, una serie de recuerdos que para algunos se volverán vagos y para otros se mantendran intactos en la memoria. No ha muerto el mejor ni el peor, ha muerto uno más, y eso es lo que lo hace tan doloroso porque cualquiera puede identificarse y sentirse vulnerable. Landsman se quiebra, y Lester (Clarke Peters) grita lo que es la clave: ¡Por el amor de Dios, poned la maldita canción!

La necesidad de una canciónPero, antes de oírla, paremos un momento. La llamada “Edad de oro de la ficción televisiva” que aparentemente estamos viviendo desde hace diez o doce años tiene en el uso cuidado de la música una característica transversal. Practicamente se puede decir si una serie es buena o no analizando como emplea las canciones. Comparar las selecciones musicales de Steven Van Zandt para Los Soprano con los climax videocliperos ultrarutinarios de Anatomía de Grey es revelador. Usar el potencial emocional de una canción para conseguir lo que no hacen por sí mismos la puesta en escena y el guion es trampa. Y se suele notar, sobre todo cuando se repite el mecanismo. Cuando se emplea como lo haría un auténtico oyente emocional, como el adolescente que descubre a The Who, la cosa funciona al revés: la música en Freaks and Geeks, por ejemplo, no solamente ilustra o comenta o crea el ambiente. La música pop es lo que se explica en Alta fidelidad, son sentimientos ajenos que se mezclan con los propios y se convierten en algo poderoso y contradictorio. Las buenas series, como los buenos oyentes, son capaces de añadirle otros niveles y capas de complejidad. No hay una única emoción como no hay un único espectador: en esta secuencia de The Wire se superponen la reacción de los personajes a la del creador y, por supuesto, a la del que mira la pantalla.

No sé si lo he dicho ya, pero The Wire es la serie favorita de Barack Obama. Es gracioso porque es una serie sobre lo podrido que está el sistema en general y lo podrida que está América en particular. Hay unos cuantos policías honestos que sufren por serlo y que tienen su propia vida, en la que tampoco son perfectos y se crean también unos cuantos problemas. También pasa con los traficantes y los drogadictos, los hay buenos y malos y vivir no es fácil. Políticos buenos hay menos, pero no se puede hacer mucho por arreglarlo. Es difícil tener una vida impecable en un sistema corrupto. Y la tensión más interesante en The Wire está precisamente en las consecuencias que todo eso tiene. En el cinismo al que lleva la búsqueda de la tranquilidad ciega que se confunde con la felicidad. En el choque entre lo trascendente (grandes operaciones, acuerdos políticos, juicios importantes) y lo cotidiano (divorcios, paternidad, alcoholismo).

Lester había pedido que pusieran la canción, así que el barman pone el cassette. Empieza a sonar la canción de los Pogues, que son un grupo que tienen tanto de folk irlandés como de punk londinense. ¿Lo trascendente y lo cotidiano? Desde luego. La introducción, lenta y sugerente, lo llena todo de ese carácter irish que asociamos a la policía americana por cosas como Infiltrados (en la de Scorsese sonaban los Dropkick Murphys, que son como los Pogues sin la trascendencia). Landsman, que se había quedado sin habla, recupera el tono para seguir explicando lo mismo. Que Ray Cole también evadía impuestos y engañaba a su mujer. Que era tan imperfecto como cualquier otro policía de Baltimore (o como cualquier otra persona, por extensión). Pero merece el homenaje porque se quedó en Baltimore con nosotros, trabajando, compartiendo una oscura esquina del experimento americano.

La trascendencia se comparte cantandoMcNulty ha repartido el alcohol, Landsman ha alzado la copa. Los policías beben los chupitos y tosen. El bar empieza a llenarse de la voz de Shane MacGowan, la garganta alcohólica más gloriosa. La letra es, en abstracto, la descripción de su propio ritual ante la muerte. En la primera estrofa, calmada y melancólica, el protagonista llega al lugar donde yace su padre muerto. Es lo que hemos visto en pantalla hasta ahora, con los policías con las emociones a flor de piel. Todos cantan, uniéndose en el dolor a pesar de las diferencias que sabemos que tienen entre sí diariamente. Pero esa tensión en el estilo de los Pogues tiene que llevar a otro lugar. La música rompe y se acelera, volviéndose agresiva y bailable. Y la segunda estrofa revela la realidad, revela lo que han venido a hacer: by five o’clock in the evening every bastard there was pissed.

El final del ritualY los policías beben, y bailan, y gritan, y cantan. Las copas pasan por encima y alrededor de Ray Cole. Están todos borrachos, como avanzó la letra. Están exorcizando el fantasma de la muerte, y discutiendo sobre lo jodida que es la vida aunque tampoco es para tanto cuando hay alcohol, porque ayuda a olvidarte. O quizás no es para tanto cuando hay canciones. Las malas ayudan a olvidarse, pero las buenas ayudan a darle sentido. Por eso Lester no podía soportar más la tensión, y por eso todos están compartiendo esa experiencia ritual tan sorprendente que es cantar por encima de un disco. Es probablemente la manera más evidente de hacer propia la experiencia de la música. Es una muestra clarísima de que alguien está utilizando las emociones de otro como si fueran las suyas. Y fabricando unas nuevas, que quizás sean trascendentes y cotidianas al mismo tiempo. Al fin y al cabo, es una buena definición de lo que es la muerte. Robert F. Colesberry, productor y director de The Wire e intérprete de Ray Cole, había muerto al final de la segunda temporada de la serie. Y en The body of an American, en el estado de ánimo y las emociones que representa, convergen todas las subjectividades posibles. Personajes, creadores, espectadores. Las emociones de todos se sienten como propias.

David Simon es una figura clave de la ficción televisiva actual en su calidad de guionista-productor ejecutivo de The WireGeneration Kill Treme. El modelo de autor que representa es crucial en el giro hacia las series de televisión como productos personales y no meramente industriales. Antes de su etapa audiovisual trabajó como periodista, lo que es la base de su aproximación cruda a la realidad.

** The Pogues son una banda inclasificable, auténticos punks de actitud violenta tocando música tradicional irlandesa. Gozaron de merecido éxito en los ochenta por su talento a la hora de construír canciones instrumentalmente elaboradas, liricamente poderosas y con melodías pop. Los álbumes Rum, sodomy & the lash If I should fall from grace with god representan su trabajo a la perfección. Colaboraron con Elvis Costello, The Chieftains o Joe Strummer y acabaron expulsando a su cantante, Shane MacGowan, por sus problemas con el alcohol y las drogas. Se separaron en 1996, pero desde 2001 hacen giras con alguna regularidad.

Si quieres echarle un ojo a todas las entregas de Lo que oímos, clica aquí.

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