¿Cómo va la Berlinale? (II)

– Texto de Laura Reboredo Raposo (corresponsal en Berlín)

A medida que avanza el festival se va caldeando el ambiente, especialmente en el fin de semana, donde a pesar de que no haya grandes estrenos, las salas y las calles se llenan más todavía. Pero nadie suelta prenda sobre sus pronósticos. Solo se oye el teclear de los móviles como si lanzar algo a la red fuese menos comprometido que hablar sobre un film in situ.

La primera película del fin de semana es Gold, de Thomas Arslan, en la que el joven director narra la historia de un grupo de alemanes que viajan a Canadá en busca de oro, cargados únicamente con la ilusión de empezar una nueva vida y sus escasas pertenencias. El director se centra en el viaje de más de 2.500 kilómetros de los protagonistas, durante el que, al igual que en el resto del metraje, los personajes se encuentran en constante movimiento. El final de la película viene cargado de aplausos y al salir varias personas de la crítica la elevan con entusiasmo a la categoría de favorita. En cambio, Wong Kar Wai y el jurado internacional -sentados al lado de esta redactora- no dejan ver ningún tipo de emoción, por mucho que uno se esfuerce en mirarlos por el rabillo del ojo. Será que son muy profesionales. El sábado continuó con las presentaciones de A Long and Happy Life, del ruso Boris Khlebnikov, y The Necessary Death of Charlie Countryman, de Fredrik Bond. La primera, la humilde historia sobre una comunidad de granjeros que se oponen a la expropiación de sus tierras, ha dejado un buen sabor de boca, mientras que la segunda, la aventura videoclipera de Shia Labeouf y Evan Rachel Wood en Rumanía, ha mantenido la recepción, bastante negativa, que ya había sufrido en Sundance.

El festival continúa con Vic+Flo ont vu un ours, de Denis Côté. Una película canadiense que sorprende desde el primer momento -ha conseguido captar la atención de muchos- y en la que se narra la mudanza al bosque de una pareja de mujeres de mediana edad. El dramatismo de la historia se oscurece aún más con una subtrama en la que una tipa muy dura juega a ser Steve McQueen junto al lago, canción de blues a la guitarra incluída.

El último filme es La religieuse de Guillaume Nicloux. La adaptación de la novela de Denis Diderot sigue causando controversia a pesar de que esta versión no llega al extremo de ser duramente criticada por la iglesia (como sucedió con el film de 1966 de Jacques Rivette protagonizado por Anna Karina). En este caso más bien parece pasar desapercibida para sus santidades. Delicadamente controvertido, este film narra la historia de la joven Suzanne (Pauline Etienne), que es obligada a ingresar en un convento (con monjas como la que interpreta Isabelle Huppert) al quedarse sus padres sin dinero para pagar la dote. La joven decide escribir sus penas en una carta e intentar mandarla al exterior del convento a toda costa. La serie de penurias y abusos de todo tipo que sufre Suzanne, fanatismos religiosos extremos incluidos, son un ejemplo de como poner los pelos de punta sin ver una imagen explícita durante dos horas, y es que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

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