Lo que vemos: ‘Terciopelo azul’ (David Lynch, 1986)

Terciopelo azul (David Lynch, 1986)

banner-bluevelvet– David González

David Lynch es uno de los artistas más singulares del cine contemporáneo. Decimos artistas, porque su obra no solo se acota a la disciplina del cine, y decimos del cine contemporáneo, aunque lleve sin firmar una película desde 2006 -y parece que no va a cambiar de idea en breve-, desde que subvirtió por completo los cánones del celuloide, e incluso del subconsciente, con Inland Empire. Lynch, antes de cineasta, es eso, artista. Su carrera empezó en escuelas de arte de Washington D.C., Boston y Filadelfia, en donde nacieron sus primeros trabajos fílmicos: Six Men Getting Sick (1966) no es un cortometraje, sino un cuadro (viviente, eso sí). En la obra del director de Montana las influencias provenientes directamente del arte son quizá más importantes que las que nacen en el cine. El expresionista húngaro Oscar Kokoschka, el figurativo anglo-irlandés Francis Bacon o el realista estadounidense Edward Hopper, tres pintores cruciales en el arte del siglo XX, son, por poner unos claros ejemplos, la fuente de donde bebe la visión del cineasta. Podría decirse que lo que hace Lynch con la cámara es tan único precisamente porque traslada al celuloide ese espíritu artístico, que arraiga en géneros como el noir, la road movie o el drama psicológico, para, finalmente, crear obras desafiantes, tan irritantes como fascinantes. Todo, claro, con un envoltorio visual digno de exponer en un museo.

En Terciopelo azul, una de las mejores muestras de su capacidad para aunar su visión artística con la convención cinematográfica, Lynch da rienda suelta a su imaginario y a su insobornable concepción de la (sur)realidad. La historia, la del enfermizo interés de Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan) y Sandy Williams (Laura Dern) por la no menos insana vida de Dorothy Vallens (Isabella Rossellini, en el momento, pareja de Lynch) y su aterradora relación con Frank Booth (Dennis Hopper), nos introduce en un submundo. La imagen, dibujada entre Lynch y su brillante director de fotografía Frederick Elmes -que ya habían colaborado en su monstruosa, absolutamente inclasificable Cabeza borradora (1977)-, nos abre los ojos a una valiente y colorista vocación estilística.

Lynch dibuja en la pantalla un mundo diferente -“un mundo extraño”, repetido varias veces por los personajes de MacLachlan y Dern-, en el que existe una clara dicotomía. Por un lado, el color suave y la luz subliman las postales cotidianas de la población media estadounidense, convirtiéndolas en una brillante y cálida ensoñación. El prólogo y epílogo, envuelto ya sea en la voz melódica de Bobby Vinton o en el dream-pop de Julee Cruise, enseñan cómo entre las flores surge lo grotesco: los bichos, que finalmente atraparán los agradables petirrojos, los protagonistas de esa imagen no enseñada que es el sueño de la joven Sandy.

bluevelvet-prologoepilogoY por el otro lado, el color intenso y las sombras -las de esos bichos- crean una dimensión en la que la perversión subvierte todas las convenciones de esa población y de lo que sus habitantes están acostumbradas a ver y sentir. La habitación de Dorothy Vallens es la puerta a esa dimensión: el satén y el terciopelo, la evocación erótica y fetichista, encierra rincones igual de negros que las sombras más oscuras. En ella Lynch crea una sucesión de tableaux vivants en los que los personajes se amoldan a la imagen, que llega a nosotros a través de una enfermiza sensación de voyeurismo, enfatizada por su apariencia, que nos remite a un lugar intermedio entre la sencillez intimista de las que plasmó Edward Hopper y la exuberancia cromática de las que popularizó Matisse.

bluevelvet-piso1bluevelvet-pisoLa perversión, el deseo y el fetichismo son, en Terciopelo azul, aspectos cruciales. El objeto que da rienda suelta a todo ello es incluso el título de la película: la bata de Vallens es la perdición de Frank Booth, y acaba por envolver la (algo más) sana relación entre la cantante y el joven Beaumont. Bajo ella, la musa anhelada, las formas del deseo, a la que también abraza la cámara, que en momentos no nos permite ver nada más.

bluevelvet-objetodeperversionLas imágenes surrealistas son, claro, la última simbolización de lo que nos quiere enseñar David Lynch. En Terciopelo azul, existen dos maneras de acercarse a ellas. En una, a través de lo grotesco, de la caricaturización; en el local de Ben (Dean Stockwell), entre maniquíes de payasos y mujeres de gran envergadura se recrea un vodevil imposible -siguiendo quizá los pasos (este, este o este) de Henri Toulouse-Lautrec- en el que cantar a los sueños de Roy Orbison y extrañarse continuamente. Y en otra, a través de la deformación y regeneración del objeto (o los objetos): es una oreja humana que perteneció a un hombre grotescamente asesinado, la que nos introduce en su conducto para desatar toda la historia, una sobre crímenes, misterios y excentricismos varios, y finalmente es otra, bien sana, la que pertenece al hombre que sobrevive a todo ello, de la que acaba saliendo la cámara cuando todo está arreglado.

bluevelvet-localbenbluevelvet-surrealismoEl díptico visual de Terciopelo azul es un fascinante recorrido no tanto por las obsesiones de David Lynch sino por un mundo en el que lo real y lo surreal van inevitablemente de la mano. Y en ese contacto, la vocación pictórica: el cineasta, tan odiado como admirado, demuestra que antes de director, era artista, y que la pantalla de cine puede hacer de lienzo de inspiradas creaciones, si se le permite.


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