El amor al cine de #littlesecretfilm

Littlesecretfilm nace “como un acto de amor al cine, realizado con lo mínimo y con unas premisas muy arriesgadas para disfrute de los espectadores. Nace como una significación de internet, como ventana de distribución cinematográfica” dice Pablo Maqueda. Él es el artífice de este experimento secreto que se resume en diez puntos y cuyo resultado se daba a conocer el día 1 de febrero. Nada más y nada menos que catorce películas estrenadas de forma colectiva en su página web. Y el recibimiento no podía haber sido mejor porque ya se han alcanzado los 20.000 visionados en diez días. Y el proyecto tiene vistas de crecer mucho más.

En este viaje Pablo Maqueda no ha estado solo. Ha sido arropado por muchos profesionales de la industria cinematográfica que han querido participar de esta locura con una película (Haizea G. Viana, Elena Manrique, Bruno Teixidor o Álex Mendíbil entre otros). Pero no todo es tan fácil. Hay reglas a seguir: la limitación de la grabación a 24 horas, un equipo de diez personas incluido reparto, la improvisación de los actores, promoción a través de las redes sociales (hashtag #littlesecretfilm) o la realización en secreto. “Es una imposición romántica. Me parecía muy bonita la idea de proponer hacer cine clandestinamente, ocultar todo tipo de detalles a la prensa, las redes sociales o amigos y familiares. La sorpresa del estreno colectivo ha basado su efectividad en el secreto” nos explica Pablo. El crítico Jordi Costa (que ha contribuido con Piccolo Grande Amore) ha reservado unas bonitas palabras para el movimiento: “es una de las sorpresas más gratificantes que ha dado el cine español en este arranque de temporada, aunque sea en sus márgenes”. En un artículo para eldiario.es, Costa hablaba de que littlesecretfilm no hubiera sido posible sin el camino pionero de que establecieron Isaki Lacuesta, Nacho Vigalondo o Carlos Vermut encarnando nuevos modelos de identidad autoral, rompiendo con el modelo narración unitario y explorando con nuevos materiales. Con el camino allanado -pero sin restar méritos- todo se articula sobre lo creado por estos referentes.

Manic Pixie Dream Girl, dirigida por el propio Pablo Maqueda, funciona muy bien como ejemplo fundacional del littlesecretfilm. Aglutina todo: “La película pretende mostrar una realidad, la generación videoblogger, pero más allá de la moralina que pretenda transmitir uno de sus personajes, la película es un mero entretenimiento. Un juego. Como el manifiesto en que se basa”. Partiendo de ese tema, el film muestra la capacidad que puede tener un simple vídeo para entender, informar, cabrear o hacer reflexionar a toda la humanidad. La estética blogger se traslada a Manic Pixie Dream Girl (An Internet love story), de forma que todo el largometraje está grabado con diferentes dispositivos – webcam, iPad, iPhone- que dan la textura de imagen necesaria para dotar al film de hiperrealismo, que el director considera “una de sus principales metas en la ficción”. Y lo consigue con creces. El espectador ve la película como si fuese un usuario ante una pantalla de un ordenador, como si él mismo estuviese navegando por la red interactuando y clicando en los vídeos de Youtube. La magistral y camaleónica actuación de Rocío León metiéndose en la piel de cinco personajes muy diferentes entre sí (Roma Rises, Lera Lou, Coley Art, Jenina Mode, Nina Delicious) contribuye a ese objetivo hasta el punto de impresionar. Sobre todo si de primeras somos conscientes de que todo lo que estamos oyendo de su boca es producto de la improvisación. Un trabajo duro que se consiguió después de largas conversaciones sobre pasiones, convicciones y vocaciones artísticas entre director y actriz: “Me gusta mucho conversar con los actores y actrices, en ocasiones incluso más que ensayar con ellos. En Manic Pixie Dream Girl la comprensión de los personajes y la trama era muy importante para poder improvisar luego tan pragmáticamente como llevó a cabo Rocío”. Salió tan bien que ambos ya trabajan juntos en otro largometraje.

Más allá de lo que hay detrás, las películas que se incluyen en littlesecretfilm son un mero entretenimiento. El manifiesto es un reto lúdico que presenta complicaciones en cuanto se refiere a aspectos técnicos y conlleva riesgos, pero lo que se propone verdaderamente es hacer disfrutar al espectador a través de esa inmediatez. Una especie de retorno a lo esencial del cine, a las sensaciones que puede provocar la identificación con un personaje, el choque visual con una estética poderosa o la impresión que causa una música. Este es el caso de 16th Folk Room (de Víctor Alonso), el littlesecretfilm musical que retrata el sonido de la escena folk de Londres con las actuaciones de dieciséis bandas en acústico grabadas en una habitación. Un grupo detrás de otro enseñando nuevos puntos de vista de un mismo espacio. Algo diferente en su construcción pero que no tiene nada de singular.

Esta idea de ajustarse a lo mínimo entronca con lo expuesto en el manifiesto. En el punto nueve se clarifica que el modelo pretende combatir “los largos y frustrantes procesos de escritura, preproducción, financiación, rodaje y post- producción” pero no (al menos no directamente) con el fin de ajustarse a los tiempos actuales sino para revivir el pragmatismo de rodar de forma instantánea con una producción básica. Es una constante que ha marcado las rupturas cinematográficas desde siempre: la nouvelle vague ya partió igualmente de nuevas tecnologías (cámaras, tipos de película) que facilitaban el renunciar a los grandes presupuestos y equipos y abrazar a cambio la libertad creativa. Ese proceso se ha repetido con los medios digitales desde el vídeo doméstico, y ahora, en pleno siglo XXI y en un contexto tecnológico dominado por el high quality, Pablo Maqueda cree que littlesecretfilm, desde el manifiesto, “invita a mirar de frente a la tecnología. Podemos adorar formatos clásicos, antiguos, el HI-8, DVC Pro, 35 mm… pero imponer el HD es un invitación a grabar con los medios actuales y disponibles para una gran calidad de imagen y sonido”. Partiendo de esta apuesta por lo digital y volviendo al valor que tiene hacer una producción de volver a lo básico, de ‘guerrilla’ (con las connotaciones que tiene el término), hay dos piezas que dan muy buena cuenta de esto: La pájara de Jimina Sabadú y Nuestro porno favorito de Carlo Padial.

Ambas películas son ejemplos de como hacer cine en tiempos de crisis económica (que pocas veces coincide con tiempos de crisis creativa). Consiguen mostrar y emocionar sin recurrir a largos procesos de producción, ni siquiera a grabar en varias localizaciones. Las dos se desarrollan a puerta cerrada. La pájara nos sitúa en un piso de los arrabales de Madrid donde vive una familia peculiar y ponzoñosa. Jimina Sabadú baña la historia con el espíritu de su faceta como escritora, presente a través de la ternura y la magia propia de los cuentos infantiles (algo que también se deja ver en su estructura narrativa, con apartes ilustrados por acuarelas). ¿Qué decir de esa enfermera, de este murciélago, de ese decorado, de esos hijos, de ese final? El argumento es tan desconcertante como esta pregunta. Lo mejor es verlo. Al igual que Nuestro porno favorito (aportación de Padial, pieza clave de Los Pioneros del Siglo XXI y creador de la película Mi loco Erasmus). Una película basada en lo absurdo que es estar abriendo y cerrando puertas a diestro y siniestro, declamando cortesías y ‘lo siento’. Es tontería buscar referentes en otros géneros cinematográficos y la historia del cine porque no se ha parido nunca algo así. Y esto es resultado del juego y de someterse a riegos. Hay piezas de calidad suprema, innovadoras y otras que no lucen tanto como explica Pablo Maqueda “es lo más interesante, poder observar a todo tipo de realizadores siguiendo los mismos patrones de un modelo de producción… la calidad responderá al nivel de los proyectos”. Otra de las piezas que adquiere gran nivel es Piccolo Grande Amore (Jordi Costa). Un homenaje al giallo protagonizado por tres integrantes de un club dedicado a la apreciación de la canción italiana y un Ignatius Farray visceral y en calzoncillos (ojo al dato). Pero lo grandioso de esta pieza se revela en el trasfondo. Desde el principio se respira un aire pesado, quizá acrecentado por las interpretaciones melodramáticas de temas musicales que afondan en lo que es la vida. ¿Qué rige al mundo? ¿Qué da sentido a la existencia? Algo hace sospechar que es el amor con todo lo que conlleva, es decir, como expresa la sinopsis del film, “lo peor que podría pasarnos.”

Igual que empezamos hablando de amor (al cine), acabamos despidiéndonos de igual forma. Si no existiera, nada de esto se hubiera dado jamás. No hay que olvidar que littlesecretfilm nace del amor por el cine. Es, según Pablo Maqueda, “un acto de generosidad, que parte de ofrecer un trabajo de manera gratuita y desinteresada. Lo único que pretende es regalar una obra a los espectadores, una obra que no busque rentabilidad económica sino una rentabilidad emocional”. Sea como sea, lo han logrado. Una honra colectiva que demuestra que en este país existen grandes profesionales y mucho talento por descubrir. Es curioso (o tal vez no) que, para responder a unas normas no escritas que limitan la libertad al hacer cine, littlesecretfilm haya propuesto otras. Pero, por ahora, la impresión es la misma que ha dado la historia cinematográfica: los riesgos merecen la pena.

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