Ritmo de la noche

l-age-atomiqueLa edad atómica explota durante la noche. Lo hace al ritmo de electrónica, synthpop, shoegaze, minimal y demás músicas posmodernas. Lo hace a través de bailes, de cigarrillos, de peleas a la entrada de la discoteca, de chaquetas de cuero, de paseos sin rumbo, de encuentros fortuitos, de sombras, de luces de neón, de miradas pasajeras, de un bosque abandonado. La francesa Héléna Klotz, hija del cineasta Nicolas Klotz y su coguionista Elisabeth Perceval (artífices de La cuestión humana, 2007 o Low Life, 2011) sabe todo eso, y juega a ser pirotécnica. La adolescencia, la atómica, es la pólvora, y todo lo demás, la chispa: en una edad en la que se destruyen tantas cosas, todo está sujeto a volar por los aires. Y si lo hace con un baile, con un cigarrillo, con una pelea a la entrada de la discoteca…, mejor.

L’âge atomique es un pequeño poema sobre la adolescencia, la noche, y todo lo que hay detrás de todo eso, que no es poco. Premiada por la FIPRESCI en la Sección Panorama de la Berlinale del año pasado, la ópera prima de la hija Klotz sigue la aventura nocturna de Victor (Elliott Paquet) y Rainer (Dominik Wojcik), dos jóvenes parisinos, probablemente los más hipsters de su barrio, en el centro de la ciudad, que deviene una suerte de mundo hermético, casi fábula, que no atiende a situaciones geográficas. En ese mundo, todo es mucho más grave de lo que parece. Como en la adolescencia. Y, más aún, después de beber vodka con Red Bull.

Rainer baila despreocupado mientras un chico se le acerca, para preguntarle cuál es su tipo de hombre, Victor busca la mirada de una chica, convencido de que le gusta, para encontrarla, y mantener una conversación entre luces de colores imposibles y lágrimas de pesadez inesperada -en una magistral escena apoyada en las mejillas de la joven Mathilde Bisson-. Rainer se cuestiona su sexualidad, y Victor se pelea con un chico (Niels Schneider) al salir de la discoteca. Rainer y Victor deambulan por la ciudad entre confesiones y extrañas conversaciones, entre encuentros pasajeros que semejan apariciones inexplicables, y entre extravíos, finalmente reveladores, en bosques, sean de edificios o de abedules. Por ejemplo.

photo-L-Age-atomique-2012-3El vistoso y breve (apenas supera la hora de duración) cuento de L’âge atomique se divide en diferentes episodios. Es un retrato, como decimos, visual, casi con vocación de instalación artística; la iluminación y el color lo hacen un film de texturas y sinestesias, que junto con el voluptuoso juego de movimientos que se marca la cámara, demuestran el pulso de su puesta en escena. Es un retrato de la desolación, la sexualidad y la aceptación, ahogado en poesía y existencialismo: escuchamos a Rainer confesando que si fuese gay, sería marinero, para no volver nunca más a tierra firme, a Victor diciendo que su sueño es que una chica diga “sí”, e incluso a los dos debatiendo sobre si ha realmente sucedido algo de lo que nunca se ha hablado. Y mientras, gracias a la espléndida banda sonora del hermano de la directora, Ulysse Klotz, escuchamos post-punk, post-techno… y post-todo.

Precisamente, el núcleo de L’âge atomique es esa posmodernidad, la de la juventud que ya ha conseguido ser lo más, y que se pierde tras ello. La obra de Klotz es un estupendo cóctel -altamente divisivo, eso sí- que, gracias a la libertad y al manejo del medio por parte de la debutante, recuerda incluso a la nouvelle vague existencialista de Philippe Garrel, a la juventud formal de Gus Van Sant o Leos Carax, o a un Apichatpong Weerasethakul de lo cool parisino. En L’âge atomique, valiente, pretenciosa y profunda al tiempo, hay poesía y lírica, onanismo intelectual y fantasía terrenal, desafíos sentimentales y emocionales, y una sensación de disección musical del cosmos más íntimo de la adolescencia, que cristaliza en un amanecer casi fantasmal -en una magnífica y evocadora escena final-. El final del ritmo de la noche, y, claro, la explosión de la edad explosiva.

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