Blanca, roja y azul

Blanca, roja y azul. Así es Tierra prometida. Así son sus colores y así es como describiríamos la película, en dos palabras, muy americana. El nuevo trabajo (Promised Land, 2012) que nos presentaba Gus Van Sant en la Berlinale nos hace adentrarnos en la América rural más profunda. Nos sumergimos en un paisaje verde, repleto de granjas familiares, ketchup Heinz y americanos blancos de sonrosadas mejillas.

Seguimos a dos personajes. Ellos son Steve Butler (Matt Damon) y Sue Thomason (Frances McDormand), dos altos cargos de una importante compañía gasífera que aterrizan en estas tierras con un único objetivo: hacerse con las autorizaciones de todos los propietarios de tierras del pueblo para explotar el preciado recurso que se encuentra bajo sus pies, gas natural. Steve y Sue practican un método conocido como fracking que se basa en la extracción intensiva a gran profundidad en zonas con pocos de recursos. ¿Cómo hacerse con ello? Con el “todo vale”, comprar al alcalde, ir de puerta en puerta inventando cosas sin hablar de las consecuencias, y dinero y más dinero. Lo que no esperaban ninguno de los dos era encontrarse con una población dura de roer, con conocimiento y que contará con la ayuda de ecologista salido de la nada perteneciente a la organización Athena. Todos juntos no se lo va a poner nada fácil.

Durante esa semana de trabajo que se alarga más de la cuenta, vemos como Steve (“el tipo perfecto para negarlo todo”) vuelve a sus orígenes ganaderos y como todos los recuerdos de su infancia (y familiares) le hacen dudar de su posición y lugar en la empresa para la que trabaja. Aquí comienza el duelo de moralidades, de ética. ¿Es justo engañar a sus iguales simplemente por afianzarse un puesto elevado en el organigrama empresarial? ¿Es justo aprovecharse de la falta de poder económico de los más débiles en época de crisis? ¿Darle mucho dinero les va a ayudar? ¿O, por el contrario, los va a fundir?. Esta serie de preguntas son las que nos hacemos al ver el film. En este tema “no hay una posición neutra” como bien explica Steve al principio de film. O se está a favor o en contra. Y así va a moverse el espectador en Tierra prometida, entre lo justo y lo injusto, entre la aparente posición que da el dinero y el mantenimiento de valores, de sentimientos, de bienes no materiales, de la importancia que tiene saber cuidar de algo hasta el final. La moraleja es que en el fondo de cualquier hecho hay intereses y que toda forma de poder será corrupto siempre. Un mensaje bastante pesimista, por cierto.

Gus Van Sant dirige una película impecable, patriótica y con una clara intención de concienciar al público en materia ecológica y en valores pero Tierra prometida no atrapa por eso. Sino que lo hace por la forma en la que está realizada y, como decía nuestra compañera desde Berlín, por su estructura del viaje del héroe en el que la ironía fluye de las bocas de los personajes con total naturalidad (John Krasinski y Hal Holbrook), y en el que nadie queda ensombrecido por Matt Damon, a pesar de su protagonismo.

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