Buscando la locura sin éxito

ontheroadEn algún momento de On the Road, la película, Sal Paradise dice que “la única gente que me interesa son los locos, los que están locos por vivir”. Lo que dice Sal son las palabras de Jack Kerouac, pero al mismo tiempo es como si no lo fueran, como si nos estuviera mintiendo. Que tampoco está claro que Kerouac dijera la verdad, pero como mínimo creaba la duda. La duda, el misterio. Algo intangible, una sabiduría que está en el aire y no se puede agarrar y que es probablemente el humo que hay alrededor de lo beat. Aquí el humo solo es humo de porro, la locura solo es pose y las palabras de Paradise/Kerouac están vaciadas de contenido. La espiritualidad hipster de los años 40 y 50 se transforma en la película de Walter Salles en el vacío hipster de 2013.

Y con esto está casi todo dicho. Una verdadera adaptación de On the Road debería incluír nervio, imprevisibilidad, búsqueda. Debería ser grabada sin dinero, sin los derechos, con la auténtica cámara-lápiz o cámara-máquina de escribir, y no tendría por que hablar necesariamente de nada de lo que les sucede a Sal Paradise, Dean Moriarty o Carlo Marx. No se preocuparía en absoluto por llenar la pantalla de gente guapa y postales de la América de posguerra. La única audacia de esta adaptación es precisamente haber comprendido que hoy lo que importa es otra cosa. No importa perseguir una identidad que siempre se nos ha escapado, sea a través de las drogas, del arte o de las dos cosas. El humo que importa no es el del misterio y la espiritualidad, sino el que se vende y después no es nada. Se esfuma, como se esfuma el alma de unos personajes y personas trascendentes en las miradas de actores agradables de observar pero imposibles de ver. De todas formas, no hay tiempo, hay que mantenerse en movimiento perpetuo.

Este On the Road es el avance por el avance, y eso hace que narrativamente no tenga mucho sentido. Es imposible empatizar con nadie porque no hay conflictos, pero la ausencia de conflictos tampoco deriva hacia el caos y la locura. Por mucho que la cámara se empeñe en moverse como si eso fuera jazz, hay un extraño orden en el que lo único que se está buscando son imágenes, pero imágenes que ya venían construídas de antes y que se limitan a reafirmar nuestras expectativas. La nostalgia por un pasado falso, que nunca existió.

Nadie hablará bien de esta adaptación. La novela de Kerouac trata sobre jóvenes buscándose a si mismos, y la película de Walter Salles trata sobre jóvenes a los que eso ya no les preocupa. Los mismos jóvenes que algún día intentarán imitar a Sal Paradise viajando por América porque habrán visto esta película y les habrá gustado el sexo y las drogas. Las ideologías de hoy deben resumirse en un tweet, y eso tiene sus consecuencias. Tal vez pensar que esto sea audacia sea demasiado optimista, pero es mucho más bonito pensar que alguien se está riendo del mundo que que el mundo nos ha robado el sentido del humor. En caso de que todo este discurso sea involuntario, aún tiene su utilidad porque nos pone alerta: cómo no filmar, cómo no vivir.

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