Hablar es gratis

cecil-b-demented-2000-03-gDespués de que ayer El País publicara la noticia del cierre de Alta Films, la empresa de Enrique González Macho, es normal que haya una oleada de reacciones pesimistas. La noticia no es para menos, claro: los espectadores de muchas ciudades se verán afectados por la desaparición de los Renoir, especialmente los que buscan cine de autor o en versión original. A ellos también les afectará el cierre de la distribuidora Alta Classics, que puede provocar que muchas películas que habrían llegado a las salas no lo hagan ahora.

Si hay que ver las crisis como oportunidades, este puede ser un momento perfecto. González Macho es el presidente de la Academia de Cine, y eso da a este caso una visibilidad mayor que a cualquier otro similar. Evidentemente las quejas irán principalmente hacia la subida del IVA cultural (se ha quejado hasta José María Lassalle, arremetiendo contra Montoro), para después atacar al pirateo y a la gente que descarga. Pero el problema de las quejas es que, con más razón o menos, no plantean verdaderas alternativas y desvían el debate de donde está lo esencial: cuál debe ser el modelo de las políticas públicas cinematográficas y, por extensión, de las políticas públicas culturales.

Como es imposible tener datos suficientes para solucionar todo, es bueno intentar descubrir donde están las lagunas del sistema. Del de hoy y de los anteriores. Como es temerario dar respuestas, lo más interesante será hacer preguntas, incluso a la espera de una Ley de Mecenazgo que nunca llega y que, probablemente, tampoco solucione nada finalmente.

El modelo cultural español no parece haber despertado nunca la envidia de nadie. El principal problema a abordar es la contradicción que aparece siempre al tratar las industrias culturales: ¿se debe proteger la creación cultural? Por supuesto, es riqueza para el país. ¿Se debe proteger la industria que hay a su alrededor? Claro, son puestos de trabajo. Este es un problema que se traslada a esas subvenciones de las que se habla en los bares. ¿Deben los artistas más consagrados y que, a priori, podrían conseguir financiación privada para sus obras, recibir ayudas del Estado? ¿Es más importante ayudar a sacar adelante proyectos mucho más pequeños pero (quizás) de mayor interés artístico?

Con respecto al cine, hay muchas opiniones, pero es difícil ponerse de acuerdo para acordar un cambio radical de modelo cuando todo el mundo vela por sus propios intereses. Es evidente que el público en los cines y las ventas de DVDs descienden. Lo dice el propio González Macho. Por supuesto, la crisis tiene culpa porque la gente tiene menos dinero y la subida del IVA ha hecho o subir los precios o bajar los ingresos. Pero tampoco es una tendencia nueva, ni una tendencia que sufran todas las industrias culturales por igual. Pensemos en la música. La industria sufre por la piratería, pero los conciertos se erigen como alternativa, y los relativamente bajos costes facilitan la autogestión y la independencia. Los precios se fijan de manera menos rígida. ¿Es caro ir al cine? ¿Debe costar lo mismo la entrada de películas que han tenido presupuestos muy diferentes? Tal vez el hundimiento de la industria haga que aflore el underground y no tengamos que tragar más secuelas y estafas ocultas tras cambios tecnológicos que se saca de la manga George Lucas o alguien similar. Tal vez estemos cerca de conseguir los objetivos del terrorismo cinematográfico que planteaba John Waters en Cecil B. Demented: acabar con las malas películas.

Si culpamos al público de piratear y lo acusamos de no ir al cine, o no comprar libros, o no ir a conciertos por preferir gastar el dinero en copas no ganamos nada. Aunque sea lo que pide el cuerpo. El problema no es fácilmente solucionable, y pasa probablemente por la horrible educación cultural en España. Si se pone en valor la formación cinematográfica (artística en general) tal vez la gente valore los productos culturales. La tecnología tiene hoy unas potencialidades democráticas y positivas que no se aprovechan lo suficiente. ¿Es ilícito bajarse películas que nadie ha distribuído en España? ¿Y las que no tienen una copia decente? ¿Están sobredimensionados los presupuestos (especialmente en lo publicitario) de algunas películas? ¿Son viables los modelos independientes en el cine? ¿Compramos cultura o ocio? ¿Es alguna de las dos cosas prescindible?

La respuesta de lo público puede pasar por generar verdaderas alternativas o seguir parcheando los problemas eternamente. Hoy en día, tener los medios para hacer cine es más fácil que nunca. Tal vez eso haya terminado con la industria, pero por la otra parte se podría generar una auténtica comunidad democrática de creadores en igualdad de condiciones. O el público podría prescindir de intermediarios: la comunidad cinéfila lleva meses gestionando por su cuenta el cerrado Cine Renoir de Palma de Mallorca, ahora CineCiutat. Claro que la democracia puede ser una simple utopía que tal vez nadie desee. Por decreto, tres comidas y una cámara para cada niño (aunque sea para que las rompan). González Macho advierte de que los fans del cine de autor “nos vamos a quedar con un único tipo de cine que ver”. Si queremos rebelarnos contra eso, no tenemos por qué depender de los lobbys industriales que dicen defender al público. Eso si, habría toda una serie de consecuencias que quizá tampoco queramos asumir después de años descargando de todo sin soltar ni la primera moneda. Todo esto del cine y de la cultura parte de las ideas, y son ya demasiados años sin tener ninguna buena.

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2 Respuestas a “Hablar es gratis

  1. Hola, yo también leí la noticia del futuro cierre de Alta Films y la verdad es que muchas de las películas que veo son del tipo que distribuye Alta así que es una pérdida también para mí. Sin embargo, creo que centrar el debate en cambiar el modelo de financiación pública, que es importante, no soluciona el problema.

    Si estamos interesados en ver o distribuir (cada uno tiene sus responsabilidades desde su posición) este tipo de filmes se debe centrar el debate en el modelo de financiación para que se produzca y llegue al espectador una película de valores culturales. Y existen posibilidades desde el crowdfunding hasta el patrocinio cultural.

    Ni el cine en salas ni el DVD son el futuro (y eso que a mí el cine me fascina). Igual de importante que producir una película está distribuir la película y ese sentido es importantísima la publicidad, no con grandes carteles en marquesinas sino encontrando el público, que es pequeño porque la cultura no es el interés número uno de los españoles (¿problemas en la educación? Por supuesto), y está dispuesto a pagar en internet. Y, como en cuaquier negocio, la inversión en publicidad es alta.

    Último apunte sobre piratería. La mayoría, por no decir casi todas, las películas piratas que he visto son copias de DVD subidos a la red procedentes de robos en festivales, de la propia distribuidora o de críticos de cine. Porque como no se va al cine, no se piratea en el cine.

    • Hola, gracias por opinar!

      Mi intención era más que nada plantear la posibilidad de un cambio completo en las “reglas del juego” del cine en España precisamente por la situación de debilidad que hay a nivel industrial. Si este cine, el que conocemos, se está muriendo, quizás podamos hacer uno nuevo. Por eso cosas como CineCiutat o todas las películas maravillosas que se están haciendo sin (mucho) dinero me parecen algo esperanzador. Evidentemente, hace falta dinero para hacer películas, pero hay muchos modelos al margen del puramente industrial, que se aprovecha de la cultura para hacer reivindicaciones que son empresariales (aunque sean legítimas).

      El crowdfunding es interesante como apuntas, pero el patrocinio cultural me parece un modelo contraproducente porque siempre limita al autor. Igual que las subvenciones y los criterios que se aplican para concederlas, que no han ayudado a que el cine español sea mejor, tenga más “valor cultural” o sea más fuerte como industria. La inversión en publicidad es importante siempre, pero me refería a que se abusa de las estrategias que empezaron en los 70 con “Tiburón”: estrenos intensivos en muchísimas salas durante poco tiempo en lugar de hacer menos copias y dejar que estas viajen y así las películas permanezcan más tiempo en cartelera. Se abusa de la “película-acontecimiento”, se inflan los presupuestos para intentar garantizar el éxito por el bombardeo publicitario y eso hace que las películas sean más caras. Hay un libro de Peter Biskind, “Sexo, mentiras y Hollywood”, que explica muy bien como se generalizó eso a través de Miramax en el cine indie americano.

      Lo de la piratería si que es curioso, pero es lo de siempre, se ataca al consumidor como si fuera el único responsable y sin aportar demasiadas soluciones. Hay mucha queja pero ningún modelo alternativo coherente. La industria espera que las leyes se cambien para que su negocio siga igual en vez de adaptarse de verdad al estado de las cosas.

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