La farsa (y el derrumbe) de la política

l-exercice-de-l-etat-2011-3-g1¿Cuántos de vosotros os habéis imaginado, en algún momento, por la razón que fuere, a un político -digámoslo de una manera que no enfurezca a nadie- pasándolo un poco mal? No, no estamos alentando a nadie a abandonarse al escrache -aunque haya más de alguna razón para hacerlo-. El cineasta francés Pierre Schöller se lo imagina en su cabeza y lo retuerce con la mayor execración posible en las pantallas en El ejercicio del poder, la cinta con la que revolvió conciencias en la edición de 2011 del Festival de Cannes y con la que acabó consiguiendo tres César al año siguiente.

Su ejercicio es el de Bertrand Saint-Jean (Olivier Gourmet), el ministro de Transporte, y su séquito, su ayudante Gilles (Michel Blanc) hasta su chófer recién contratado Kuypers (Sylvain Deblé), mientras se debate entre no pocas cosas: el duelo de un pueblo que acaba de sufrir un accidente en un autobús escolar, la jerarquía, las triquiñuelas y las traiciones de la clase política, la amenazante privatización del sector público, las quejas de una sociedad que sufre el malestar generado por nuestra santa crisis -se ven las manifestaciones primerizas de Grecia y otras del país vecino-. Pero el político no es de una sola pieza: se preocupa por sus ciudadanos pero no quiere que le manchen el traje, aprecia a sus subordinados pero interpone sus intereses a ellos, o aunque, sorpresa, no esté por la labor de la privatización de lo público, prefiere pasarle el problema al de al lado, y mejor, si es de otro gobierno. Cuánto nos suena todo esto.

El ejercicio del poder elige presentarnos la odisea de su protagonista principal de una manera innovadora: se aleja del thriller, tan recurrente en la representación de los temas políticos, para posicionarse entre el documental y el esperpento; entre el Palacio del Elíseo, el asfalto, el asco y la hipérbole. Así, sin miramientos. Su odisea es la de un peón en un tablero de ajedrez, en donde se libra una lucha entre él mismo y sus mandatarios con el objetivo de tomar las riendas de una situación que hace tiempo que se les escapa de las manos. El retrato del ministro Saint-Jean es voluntariamente grotesco: el político duerme, grita, se emborracha, se desnuda, vomita, sangra, y hace sus necesidades. Y es, también voluntariamente, ambigua, manteniéndose alejada del discurso, y chocante para el espectador que, claro, pertenece a una sociedad: se caricaturiza el funcionamiento del sistema, su deriva económica, las responsabilidades sociales…

"L'EXERCICE DE L'ETAT" UN FILM DE PIERRE SCHOELLEREntre tales aspectos, otra vez, el asco. Se diferencia entre el político de casta y el que consigue serlo desde el pueblo llano; se contrata a un puñado de parados para hacer que la foto se vea bien en la prensa; se expone al político contra el pueblo. Ejemplificamos: en el encarnizado debate con la mujer de su chófer, se alude a que esta ha dejado de votar para, acto seguido, ayudarles a construir su casa en plena borrachera. El descalabro de Saint-Jean es narrado por Schöller con gran histrionismo, con un ritmo hiper-acelerado, con elementos inesperados -los mensajes del móvil sobre la imagen de la pantalla- y con una música estridente, desde chirriantes piezas de cuerda hasta techno, pasando por Pete Yorn y Scarlett Johansson. Su manierismo, digamos, aséptico, se ve a veces abocada a extremos -los insertos surrealistas establecen relaciones con la pasoliniana degeneración absoluta del poder en Saló, o los 120 días de Sodoma (1976) o la kubrickiana logia elitista de Eyes Wide Shut (1999)-.

El ejercicio del poder es inspirada, irregular, valiente, chirriante, chocante, pesada. Pero, ¿es este su objetivo? La situación que atravesamos es de todo menos agradable, y el sistema político tiene, en buena medida, la culpa de que se haya generado algo así. La película es del 2011, pero su estreno dos años después no está en absoluto fuera de lugar, puesto que seguimos derrumbándonos debido a lo que denuncia, sin denunciar, y permitiendo al interlocutor pensar por sí mismo. Vamos, todo aquello que los políticos han dejado de hacer hace mucho, mucho tiempo.

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