Ladrillo a ladrillo

la-nostra-vita-22-12-2010-23-04-2010-5-gCuando en el cine italiano se afianzaron aquellas películas que buscaban con urgencia retratar las devenires y las miserias del día a día de sus compatriotas, lo hicieron entre las obras de una nueva sociedad que se empezaba a construir. Aquel fenómeno, desde que acuñó el nombre de neorrealismo hasta que comenzó directamente el cine moderno en la década de los 60, tuvo lugar en la gran posguerra del viejo continente, y en pleno avance hacia el auge económico. Desde las ruinas en el corazón de las ciudades devastadas de la Alemania, año cero (1948) de Rossellini, hasta sus suburbios, en los que entre las extensiones baldías comenzó a erigirse la nueva sociedad en forma de grandes bloques de edificios, como las que rodearon al Accattone (1961) y a la Mamma Roma (1962) de Pasolini. En La nostra vita -salvando mucho las distancias, claro- el también italiano Daniele Luchetti se rodea también de inmuebles en construcción. Entre ellos, la familia del joven capataz, intenta colocar ladrillo a ladrillo los tabiques y los pisos de una vida devastada, cuyas vigas cedieron ante accidentes, infortunios y -aquí siempre hay que ser cuidadoso- cuestiones morales.

La vida de Claudio (Elio Germano) es la de un joven padre de familia, trabajador de la construcción en las afueras de Roma, con dos hijos y uno en camino, en el vientre de su jovial mujer Elena (Isabella Ragonese). Dos inesperados golpes del destino llevan al padre -los dos igual de fatídicos, aunque a muy diferentes distancias-, ya solo, a tomar las riendas de su día a día, junto a sus hijos y al apoyo de sus dos hermanos (Raoul Bova y Stefania Montorsi). Intentando superar el dolor que le generan los golpes, es capaz, sin embargo, de conseguir sacar algo bueno de ellos: se convierte en capataz de su obra, y, conoce a una mujer rumana (Alina Berzunteanu) y su hijo adolescente. No hay mal que por bien no venga, que dicen. El problema, no obstante, es que su vida no es tan fácil de arreglar; lo que está en construcción requiere trabajo, y mucha, mucha fuerza en sus cimientos.

la-nostra-vita_82711No sabemos bien si La nostra vita los tiene en los suyos, porque no llegamos a acercarnos a ellos como deberíamos. La película de Daniele Luchetti -que compitió por la Palma de Oro hace ya tres años, llevándose un merecido premio al mejor actor para su estupendo protagonista Germano, ex-aequo con Javier Bardem por Biutiful– se construye en el boom inmobiliario de una sociedad que, esta vez, no llegaría a ningún auge, sino todo lo contrario. El trabajo de Claudio tiene lugar en las bases de la crisis económica actual, en las que los constructores priorizan terminar la obra a tiempo a hacerla bien y encubren muertes para evitar que la policía les dé problemas con sus trabajadores ilegales. Y se mueve entre los problemas para llegar a fin de mes, e incluso la prostitución, el tráfico de drogas y los ajustes de cuentas.

Luchetti, sobre todo esto, edifica un satisfactorio retrato costumbrista y una fábula moral correcta y efectiva, pero finalmente falta de profundidad, y quizá demasiado bien intencionada, que acaba por minar una premisa que podría haber llegado a conseguir lo que hacía con pasmosa facilidad aquel neorrealismo italiano: sacudir con una fuerza hérculea todos los soportes de nuestro edificio emocional.

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