D’A 2013 (II): La juventud en cuidados intensivos

El texto que sigue habla de cine y de la vida. Y de niños, porque justo ellos son la máxima expresión de vitalidad y energía. En estas líneas hay niños de todas las edades. Niños pequeños y niños grandes, y algún que otro cuerpo de adulto que saca a relucir su niño interior (ese que todos tenemos dentro) cuando le toca sufrir o extraña. ¿Por qué hacemos esto? Pues porque hemos podido ver durante el Festival Internacional de Cinema de Autor de Barcelona una gran cantidad de películas sobre la infancia y la juventud. Todas ellas muy diferentes entre sí y con mensajes igual de variopintos. La más dura y al mismo tiempo la más dulce de todas es la que nos cuenta Boudewijn Koole en Kauwboy (2012). Jojo (Rick Lens) tiene diez años y vive con su padre en una casa solitaria en el campo, a judgar como se nos presenta la historia al principio, todo parece más o menos normal. Pero pronto nos damos cuenta de que hay algo raro en Jojo. No es un niño como todos los demás niños. Está lleno de responsabilidades que no le corresponden a su edad, su padre está casi siempre ausente y casi no hay comunicación entre ellos. Hay cosas que tiene muy interiorizadas como limpiar de arriba a abajo la cocina cuando su padre lo destroza todo. Y lo hace muy tranquilamente mientras escucha música o mientras habla por teléfono con su madre y le cuenta como le ha ido el día. Y después cuando ha terminado sale a jugar. Eso es lo normal para Jojo. Así es su familia, no guarda rencor hacia su padre y aunque su vida no es del todo fácil Jojo es un niño feliz. Es un valiente.

En una de sus excursiones Jojo encuentra a un grajo que está tirado en el suelo, es pequeño y aún no ha aprendido a volar. A pesar de que Jojo sabe que nos se lo puede quedar como mascota por lo que le tiene dicho su padre, se lo queda igual y le llama Jack. Cuida de él, lo protege y le dice (siempre com mucho cuidado) todo lo que al él le gustaría oír de boca de sus padres, un “no tengas miedo, no va a pasar nada” o un “hay que comer de todo”, duerme con Jack, escuchan música country y juntos corretean por los campos. Hace así de padre y de madre de su pajarito llenando un espacio vacío en su corazón. Entonces ¿si Jojo es feliz así? ¿por qué su padre le dice cuando descubre a Jack que lo tiene que soltar? ¿por qué los animales deben tener miedo a los humanos por su naturaleza? ¿por qué Jack no puede vivir debajo de su cama?. Kauwboy es una historia muy sencilla que sabe sacar una sonrisa y también (para qué engañarnos) lágrimas. Lo que nos ha parecido más especial es su mensaje. Nunca es tarde para aprender que hay hechos en la vida que aunque sean duros y tristes ayudan a curar heridas y a interiorizar cosas que no queremos creer. También que nunca es tarde para recuperar a tu familia. Puede parece una tontería pero no lo es.

Seguimos con una historia turbia protagonizada por un niño grande. No sabríamos como definirlo, lo que más se aproxima es lo que le oímos decir a alguien a la cola de los cines Aribau: “muestra la juventud en cuidados intensivos”. Suponemos que esto no iba solo por Simon Killer (Antonio Campos, 2012) sino porque, como decíamos, el D’A está plagado de historias que se centran en los más jóvenes, las que citamos aquí y otras como Sister (Ursula Meier, 2012) y The We and the I (Michel Gondry, 2012). Como íbamos diciendo Simon Killer guarda muchas cosas inquietantes. Quizás haya que pensar en quién está detrás de todo. Un director que junto a Sean Durkin y al productor Josh Mond nos marcaban con Martha Marcy May Marlene (2011), otro drama psicológico en la que una adolescente se veía atormentada por dolorosos recuerdos.

Con Simon Killer volvemos sobre las historias que últimamente se centran en temas como la perturbación y la incapacidad de los jóvenes por tomar el control de sus vidas. En este film es Simon (Brady Corbet, además co-guionista del film), un estudiante norteamericano recién licenciado en neurociencia que decide viajar a París para cambiar de aires durante un tiempo. La razón, poner tierra de por medio para lograr olvidar a su ex-novia y todo lo le recuerda a ella. Pero no resulta porque Simon sigue queriendo hablar con ella por e-mail, sigue mandándole mensajes, muchos. Intenta conocer gente pero nada surte efecto. La única escapatoria que ve serán las aventuras sexuales y la vida que comienza con una joven prostituta. A partir de ahí la vida de Simon irá dando tumbos entre errores, mentiras y actos que no hacen más que empeorar su situación. Simon se hunde y se hunde cada vez más sin ayuda de nadie. Lo hace él solito pero todo de una manera tan turbia que el espectador ya no sabe si lo que está pasando o lo que está diciendo es verdad o mentira porque se contradice. Y es cuando, en la soledad, vuelve ese ruido que está entre el lamento y el llanto y que Simon emite cuando ya no puede más. Cuando se da cuenta de lo que ha hecho y de lo fondo que ha tocado, el sollozo vuelve. Cuando termina la película o incluso días después recuerdas ese sonido cuando piensas en Simon Killer. Eso quiere decir que Campos lo ha hecho bien. Ha dejado rastro.

El último espacio se lo reservamos a Michael Winterbottom que vuelve a la carga con Everyday (2012), un drama carcelario pero que nos muestra la otra perspectiva, la de la familia compuesta por una madre (Shirley Henderson) y sus cuatro hijos que esperan a que el padre (John Simm) quede en libertad y regrese a casa. En la presentación del film, el crítico de cine Quim Casas, decía que en las películas de Winterbottom era muy difícil encontrar la huella de la autoría porque todas son muy diferentes entre sí en lo que se refiere a la temática y a los géneros. Si hubiera que nombrar una para establecer una referencia al estilo de Everyday sería Wonderland (1999), en la que el director profundizaba en la vida de tres hermanas que vivían en Londres y en la que contaba también con la guionista Laurence Coriat (que participa otra vez con el director aquí).

La hazaña del director en Everyday está en el proyecto de grabación que duró un período de cinco años reales. Asistimos así, a una película en la que vemos como la familia que vive en el Norfolk rural crece mientras espera. Los saltos marcados de tiempo pasan por las diferencias físicas y las actitudes de la madre y sus cuatro hijos. Aquí no hay intertítulos ni marcas pero los cambios se notan igualmente por como van creciendo los niños, como se van conformando sus personalidades.Y también a través de Shirley Henderson, que interpreta de forma maravillosa a una madre cansada de esperar y de luchar. Una madre pluriempleada que se deshace en esfuerzos para mantener en orden su hogar. El seguimiento tan cercano que se hace de la familia (que se mueve entre la película de ficción y el género documental) y la actuación sincera de los actores (sobre todo de los niños) hace que nos aproximemos más a la historia. Para conseguir esta sensación Winterbottom ultiliza de una forma bastante hábil las repeticiones que asume la vida cotidiana. Despertar, desayunar, ir a la escuela, a trabajar, volver a hacer el camino de vuelta a casa, cenar y a dormir. Día tras día, semana tras semana, año tras año. Así podemos sentir en nuestra propia piel todo lo que los personajes sienten, porque como espectadores ya estamos amoldados a su cotidianidad, la nuestra se nos ha olvidado por un momento.

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