El baile que huele a vida y sabe a muerte

tango-libre_photo0-e1367364098866Una coreografía surrealista. Así podríamos definir la última película del director belga Frédéric Fonteyne, Tango libre, presentada en la primera jornada del Festival Cinema D’Autor de Barcelona. Decimos surrealista por lo que implica imaginarse a un grupo de presos tomando clases de baile dentro del perímetro de la cárcel. Una revolución rítmica en la que la posible violencia se canaliza con el movimiento de brazos y piernas mientras los funcionarios de prisiones observan los pasos con la boca abierta, sin poder a penas creérselo.

tango-libre-sergi-lopezFernand (Sergi López) interpreta a un presidiario que comparte celda con su amigo Dominic (Jan Hammenecker). Ambos conforman dos de los vértices de un triángulo amoroso que completa Alice (Anne Paulicevich, además co-guionista de la película). Por decirlo de alguna manera no es que Fernand y Dominic compartan mujer sino que juntos forman un núcleo familiar bastante diferente a lo común. Y también está Antonio (Zacharie Chasseriaud), el hijo de los tres. Falta hora cerrar el círculo, el desencadenante de todo lo que va a suceder es JC (François Damiens), un aburrido guarda que trabaja justo en la prisión donde Dominic y Fernand cumplen condena. JC pasa el tiempo libre en su solitaria e impoluta casa y tiene de mascota a un pez. Él intenta romper su vida monótona asistiendo a clases de baile de salón donde un día conoce a Alice. Todo va bien hasta que JC ata cabos y descubre quién es en realidad ‘su pareja de baile’. Pero ya es demasiando tarde para olvidar.

No penséis que estamos ante una película que retrata el amor libre ni sobre los diferentes tipos de relaciones entre seres humanos, ni sobre el destino ni nada de eso. Tango libre habla metafóricamente de libertad y amor. Todos los personajes de la película van cometiendo errores por amor. Algunas veces aciertan aunque para eso tengan que soportar burlas y algún que otro golpe como le pasa a Fernand cuando confiesa que quiere aprender a bailar. Fonteyne lo resumía a la perfección en la rueda de prensa del Instituto Francés de la ciudad condal, diciendo “hay gente que está suficientemente loca para ser fiel a lo que aman”.

Pues así es Fernand. Un loco (y celoso) que ama a su esposa y que está dispuesto a hacer lo que haga falta con tal de no perderla, no quiere ver a Alice arrimada al cuerpo de otro hombre. Lo que pasa a partir de ahí está entre la aventura y el acontecimiento. Si era difícil imaginarse la cárcel como un espacio donde concebir la danza, aquí se rompe por completo. ¿Cómo lo consigue entonces? Con el tango, el baile que huele a vida y sabe a muerte, una danza violenta de por sí. También con el propio cuerpo que sirve de vehículo de expresión para dar salida a un montón de sentimientos, una forma de establecer una coreografía mental, de crear los pasos que les lleven (al fin) hacia la libertad.

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