Después de mayo

Indignados-1¡Indignaos!, les dice Hessel a los jóvenes, porque de la indignación nace la voluntad de compromiso con la historia. De la indignación nació la Resistencia contra el nazismo y de la indignación tiene que salir hoy la resistencia contra la dictadura de los mercados.” José Luis Sampedro, el recientemente fallecido escritor, humanista y economista barcelonés, nos dio motivos para lanzarnos a las calles en su prólogo para ¡Indignaos!, el best-seller que firmó hace ya tres años el francés Stéphane Hessel, y que ha servido como texto fundacional del movimiento que surgió hace dos. El descontento de la sociedad española -y no solo española- ante una crisis de la que no se consideraba responsable explotó hace ya veinticuatro meses, creando un cráter en la madrileña Puerta del Sol que duraría días, hasta la intervención del instrumento policial, ordenado desde las cúpulas contra las que protestaron miles y miles de personas. Desde aquel 15 de mayo, todos hemos participado, de una manera u otra, en la rebelión social, que si bien no consiguió lo que se había propuesto en un principio, demostró que aún era posible la movilización social en las calles en una época en la que hacemos todo a través de una pantalla. Una pantalla que, para bien o para mal, nos la ha estado retratando: desde las coberturas exhaustivas o las voluntarias omisiones en la pequeña -elíjase la que más convenga-, hasta, ahora, los documentales -y en algún momento, esperamos, las ficciones– en la grande. En ella, por ejemplo, dentro de nuestras fronteras, Libre te quiero, de Basilio Martín Patino, y fuera de ellas, Indignados, del francés Tony Gatlif, que precisamente se estrena esta semana en nuestras salas.

Y es que, aunque no lo parezca, el corazón de lo indignado se relaciona, en su base, con el cine: Hessel era el hijo del matrimonio cuya relación amorosa junto a un tercer individuo dio lugar a una de las películas más inspiradas e inspiradoras de la nouvelle vague, Jules y Jim (François Truffaut, 1961). El país donde nació la corriente que cambió el cine a mediados de siglo, y en donde se nacionalizaría Hessel tras emigrar desde Berlín, ha sido también uno de los primeros en dar cuenta del mayo español: ¿hay conexiones entre este y el mayo francés? Indignados, el documental libremente inspirado en la obra de Hessel, viene firmado por, nada menos, un ganador del premio a mejor director en Cannes, el francoargelino Tony Gatlif. El responsable 15 BAFICI - Vers Madridde El extranjero loco (1998) o Exils (2004), la película que le valió el galardón, pone en escena la rebelión madrileña a través de la mirada de una inmigrante ilegal subsahariana, Betty, que se ve envuelta en los acontecimientos. Gatlif, algo así como el Kusturica galo, retrata en su filmografía la etnia gitana, la inmigración en Europa, y, habitualmente, todo su folclore: en Indignados transpone su visión encendida y musical al levantamiento social en contra del sistema político-económico. El mismo levantamiento que documenta el lionés Sylvain George, filósofo convertido en cineasta, en su Vers Madrid (The Burning Bright!), un esteticista acercamiento con alma y garra, en un blanco y negro que le confiere una sólida poesía visual, digna de ese mayo del 68, y cuya ausencia, hasta la fecha, acusa la mayoría de cintas que se han propuesto retratar esta no-revolución.

libretequieroDentro de nuestras fronteras, la cosa va pareja. El veterano cineasta Basilio Martín Patino, responsable de cintas como Nueve cartas a Berta (1966) o críticos documentales como Querídisimos verdugos (1977), y, sobre todo, artífice de las Conversaciones de Salamanca sobre el cine español del 1955, elige en Libre te quiero reflejar en las imágenes el sentimiento que inundó las calles de la capital durante la toma de las calles: la felicidad que, según su mirada, se encontraba en todas las esquinas de una ciudad repleta de vida y esperanza. Al son de Amancio Prada, el de Patino es un acercamiento plano, lúcido y casi naíf, sin entrevistas ni comentarios a cámara, con el que deja claro, como declaró a elDiario.es, que “filmar el 15-M significó fotografiar la alegría”. Aproximaciones similares son las que firmaron, por ejemplo, Carlos Serrano Azcona en su díptico Banderas falsas (2012) y Falsos horizontes (2013), en el que documenta, primero primando la imagen, y segundo, la palabra y la declaración a cámara, la no-revolución. Sin embargo, hay cineastas que empiezan a traspasar a la pantalla, ya sea en largo o corto formato, la indignación del 15-M, tanto en el fondo como en la forma: Ramiro Ledo -lo entrevistamos aquí– expone en su ensayística VidaExtra las primeras manifestaciones, asambleas y conversaciones, a través del choque entre la imagen y la palabra, el discurso y la reflexión, y la luz y su ausencia; Jorge Tur Moltó -en boca ahora de muchos por su Dime quién era Sanchicorrota (2013)- desenvuelve en Ja arriba el temps de remenar les cireres la desorientación entre el caos, permitiéndose brotes de humor comparando la fachada de la Bolsa manchada de pintura con un Pollock, o incluso Isaki Lacuesta, en su La matança del porc, se atreve a ficcionar una brecha como la que abrió el alzamiento, conectarlas con la historia y las cuestiones morales. Podría decirse que el 15-M se ha quedado un poco en agua de borrajas, pero lo que no se puede negar es que ha calado hondo en el espíritu de la sociedad; en la creación cultural las cosas van a su ritmo, pero parece que, poco a poco, también toma conciencia.

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