Abdellatif Kechiche, la vida en las fronteras

131013Nunca había estado siquiera seleccionado en el festival de Cannes. Antes de este año, Abdellatif Kechiche “solo” había conseguido una ristra de reconocimientos en el de Venecia -León de Oro a la mejor ópera prima y Premio de la Juventud para La faute à Voltaire (2000), Premio del Jurado para Cuscús (2007)- o en los César -mejor guion, director y película para La escurridiza, o cómo esquivar el amor (2003) y exactamente los mismos premios para Cuscús-. Sus películas lo habían colocado poco a poco en un muy buen lugar dentro de la cinematografía francesa, pero quizá faltaba el premio que lo catapultaría definitivamente a lo más alto del cine mundial. La odisea amorosa y vital de La vie d’Adèle (o Blue is The Warmest Colour) acaba de ser un fenómeno en la Croisette, en donde no es tan habitual que una película despierte tanto entusiasmo y unanimidad. ¿Y cómo ha llegado a conseguir algo como esto? El director francotunecino, antes actor casi ocasional, se ha firmado desde su ópera prima un cine sin alardes ni ornamentos, humanista y sentido, en el que seguimos a personajes enmarcados fuera del centro social, casi a tiempo real, por sus devenires cotidianos y sus problemas emocionales, familiares o circunstanciales. Unas vidas cuyas fronteras, ya sean geográficas, sentimentales o cinematográficas, delimitan el corazón de ese cine. Las geográficas, porque sus personajes son habitualmente inmigrantes africanos en Francia -como él mismo-. Las sentimentales, porque hay un gran espacio para las familias, y, en especial, los adolescentes, esos pobres fronterizos entre la infancia y la madurez. Y las cinematográficas, porque consigue difuminar el punto de vista del espectador con el de los personajes. Su cine desnudo -y de larga duración, desde las dos horas de La escurridiza a las más de tres de La vie d’Adèle– sirve perfectamente para adherirnos a la piel de unos personajes que se mueven en esos lindes, y que finalmente se muestran, podemos decirlo sin miedo, como un reflejo de nosotros mismos. Ahora que su nombre ya está unido a la Palma de Oro más unánime de los últimos años, ¿qué es y cómo es lo que ha hecho antes?

La faute à Voltaire (2000)

faute-a-voltaire-2000-04-gEn el primer trabajo de Kechiche ya son evidentes las que acabarán por convertirse en señas de su filmografía. La película cuenta la historia de Jallel (Sami Bouajila), un inmigrante tunecino que llega a Francia buscando una vida mejor y nuevas oportunidades. Partiendo de este planteamiento podemos asumir que la cinta tiene mucho de autobiográfico y podríamos dar por descontado que su protagonista es un alter ego del propio director. Lo que la cinta narra es muy simple, nos habla de la forma en la que un hombre intenta abrirse paso en un mundo nuevo con la humilde aspiración de encontrar un poco de felicidad, pero claro, eso no resulta tan fácil. Probablemente en la sencillez estriba el mayor atractivo de la película, todo lo que aparece ante nuestros ojos parece un pedazo de realidad captado por una cámara al que se nos deja acceder sin ningún tipo de retoque ni adulteramiento. Como podremos comprobar en el resto de sus películas, los personajes de Kechiche se mueven por la película con una naturalidad pasmosa, los diálogos que los actores interpretan parecen naturales e incluso improvisados pero, al final, nos damos cuenta que todo lo que presenciamos responde a un plan preciso y milimetrado por el director para que todo encaje. Los temas de La faute à Voltaire son universales y aunque hayamos visto decenas de películas que hablan de lo mismo en ningún momento nos resulta repetitivo o aburrido, el amor, la amistad, los sueños de juventud y la familia son fuentes inagotables de buenas ideas que bien tratadas pueden dar resultados estupendos.

La escurridiza, o cómo esquivar el amor (2003)

L’Esquive (Adbel Kechiche)Si antes hablábamos de la sorprendente naturalidad con la que los personajes de Kechiche se desenvuelven, en el caso de La escurridiza, o cómo esquivar el amor esta naturalidad se transforma simplemente en verdad absoluta. Los chicos y chicas que conforman el grupo sobre el que gira la película podrían ser cualquiera de los que pasa su adolescencia en un barrio de la periferia parisina sin más pena que gloria. Chavales cuyas familias tienen diferentes orígenes y que, aunque franceses por propio derecho, todavía tienen que hacer frente a numerosos prejuicios y dificultades. La película se adentra en la vivencia de este grupo de adolescentes, que de un modo u otro, hace frente a una de las etapas más difíciles de la vida de la mejor forma que sabe. En mitad de todo esto un grupo de teatro en el que Lydia (Sara Forestier) y Krimo (Osman Elkharraz) parecen haber encontrado algo más que un simple pasatiempo. Otra vez los temas de Kechiche se ciñen a parámetros de lo más convencional, pero tratados a través de la mirada de unos jóvenes con los que conseguimos identificarnos, a los que entendemos y a los que incluso llegamos a querer una vez terminada la película. Aquí el amor se expresa en toda su magnitud, nadie ama más que un adolescente enamorado, o que una madre de familia que lucha por sacar a los suyos adelante en un barrio deprimido. Además la cinta consigue utilizar el teatro para reflexionar acerca del papel que el arte juega en la vida y como ayuda a que comprendamos nuestros propios sentimientos y los de los demás. Un retrato generacional centrado en un grupo de chicos y chicas llamado a convertirse en el futuro de Francia, un país que tendrá que cambiar mucho para no repetir errores del pasado.

Cuscús (2007)

Couscous_La_graine_et_le_mulet-666038924-largeSu película más aclamada hasta antes de esta edición de Cannes fue su magistral Cuscús (o en su título original, La graine et le mulet, El grano y el mújol), el mosaico de una familia de inmigrantes magrebíes que viven en el puerto de Sète. En ella, Kechiche se adentra en esa gran institución que es, cómo no, la familia, y junto a ella, en esa otra que es la comunidad, ensamblada por la razón que sea. En la familia de Slimane (Habib Boufares), un veterano divorciado, las preocupaciones son las de salir adelante, hacer frente a las adversidades, y mantenerse unidos. El intento del cabeza de familia por hacer de ellas virtud es revitalizar un viejo barco varado en el muelle, con la ayuda también de sus amigos del hostal en que vive (entre ellos descubre a Hafsia Herzi), convirtiéndolo en un restaurante en el que poder degustar el cuscús que cocina su ex-mujer y que los une todos los domingos. Los sentimientos y las relaciones soterrados en la familia, las dificultades para salir adelante, la burocracia, el imprescindible apoyo en lo que nos rodea, el azar y las casualidades, el indefectible destino que, en silencio, va moviendo todo a su antojo (y llega a su máximo esplendor en el deslumbrante clímax final): Cuscús bucea en todo lo que marca la vida de Slimane y su comunidad, haciendo que asistamos a todo, involucrándonos en ella como si fuésemos uno más, guardándonos un asiento en la mesa. Kechiche perfecciona un dispositivo con el que nos enseña con una mirada documental las tribulaciones de la aventura familiar, y en el que el tiempo real es el instrumento para indagar en ella, otorgándole al film algo que no muchos tienen: un alma, irrefutable y absorbente, que hace de Cuscús una experiencia única y, como tal, valiosísima.

Vénus noire (2010)

vénusnoireSaartjie Baartmann es el nombre de una de las humillaciones más sangrantes de la historia moderna: una sirviente de la etnia khoikhoi, llevada por sus dueños boer a la Europa del siglo XIX para ser exhibida como atracción de feria en las ciudades. Vénus noire, la penúltima película de Kechiche, llevó a sus máximas cotas su estilo documental, con el que nos hace partícipes, sin límites y de una manera casi imperceptible, de situaciones ajenas que se acaban volviendo propias. La historia de Baartmann es real, porque la mayoría de las veces eso, y aunque sea un cliché, supera la ficción: de la mano de su dueño o, según ellos, socio (Andre Jacobs), la mujer (Yahima Torres) trabaja en una feria londinense, en donde, tras ser llevados a juicio por su relación de esclavismo y vejación, conocen a dos feriantes (Olivier Gourmet y Elina Löwensohn) que los trasladan a Francia, en donde enseñan sus espectáculos por las más altas esferas burguesas y aristócratas, en fiestas libertinas de lujo, para, finalmente, ser entregada a los científicos en el Museo de Historia Natural, y más tarde, a una casa de tolerancia. Kechiche propone algo peliagudo: asistir a todas las deshonras que sufre Baartmann, sin discursos, sin licencias, sin alardes narrativos. Kechiche nos obliga a ser testigos de todo ello, como si fuésemos uno más del público de sus espectáculos. Algo así es tan valiente como difícil; Vénus noire es tal cual un ejercicio de voyeurismo, que al final, por extensión, puede volverse en contra de sí mismo. Sin embargo, el director convierte aquí su interés en las fronteras -la de la inmigración, la de la persona, la del espectador- en un acertado retrato del racismo europeo, que, ¡sorpresa!, aún en el 2013 estamos lejos de superar.

(Texto escrito por Cristóbal Soage y David González)

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