El santo muerto

20325-la-lapidation-de-saint-etienneLa historia de San Esteban (en francés, Saint Étienne) se remonta a principios del siglo I, cuando el cristianismo no era más que una pequeña secta en el judaísmo: el diácono fue lapidado a las afueras de Jerusalén tras ser considerado blasfemo por sus denuncias hacia la jerarquía judía. ¿Cómo se relaciona esto con la película de Pere Vilà i Barceló? Étienne (el veterano Lou Castel) es un anciano que se ha quedado viudo, ha perdido a su mujer tras una enfermedad, y se resiste a abandonar su piso, en un edificio de un barro parisino, en donde acumula todos los recuerdos de una vida pasada y que se prepara para abandonarlo. ¿La lapidación? La que ejecuta su hija Jeanne (Marie Payen), que está dispuesta a desalojarlo de la vivienda con todo acoso posible, y su hermano (Luis Rego), que se propone lo mismo de la manera contraria -pero ambas ayudas son igual de hirientes para alguien que no está dispuesto a aceptarlas-; y, sobre todo, sus propios recuerdos, cuyas pedradas no puede, ni parece querer, evitar.

El segundo largometraje de Pere Vilà i Barceló, presentado en competición en la edición del año pasado del festival de Karlovy Vary, nos introduce directamente en los días de Étienne, unos que parecen y huelen a últimos. El catalán evita la explicación y el masticado de todo lo que precedió al anciano en su vida: su existencia, sugerida, está próxima a su finalización, mostrada más que directamente. Por ejemplo, su hija se porta como un verdugo con él, pero desconocemos lapidation-Saint-Etienne_ESTVID20130621_0008_6si él ha hecho lo mismo durante sus anteriores días. En la ausencia de la mujer, la realidad de Étienne se desmorona minuto a minuto: entre sus tallas de imágenes religiosas, a las que se aferra olvidando casi todo lo demás, dándole la espalda a un mundo que parece habérsela dado a él antes, el anciano se mueve entre su intimidad, su irresponsabilidad y sus problemas de salud -representados en la pantalla de manera extremadamente frontal-. Lou Castel, habitual de grandes del cine como Philippe Garrel, Wim Wenders o Marco Bellocchio, se entrega al personaje de Étienne de forma desarmante, y también, a riesgo de repetirnos, extremadamente frontal.

Vilà i Barceló se acerca en La lapidation de Saint Étienne al lenguaje de la imagen, en la que se funde el discurso y el diálogo, casi teatral, de los protagonistas -la primera y desgarrada conversación entre Étienne y su hermano es casi lírica, los gritos de la hija explotan contra el estoico enigma de la personalidad del padre- con la sublimación visual del dolor del final -el dibujo en la pared del ritmo cardíaco de su hija fallecida, el gesto de la mano agarrándose durante el momento fatídico-. La historia del anciano -santo o diablo, probablemente los dos extremos se toquen continuamente- es la de la lucha contra el olvido, es cruda, directa y desagradable, pero también profunda, sugerente, y, finalmente, mística y elevada. La cinta demuestra que el cineasta catalán está dispuesto a viajar por el cine y sus centros para convertirse en uno de nuestros autores a seguir.

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