Una pasión reventada

536775_214340872061463_335928238_nUn hombre descubre que su mujer está teniendo una aventura con el marido de su médica de cabecera. La propia médica se lo cuenta en un rutinario chequeo médico. Después del desconcierto, la incredulidad y la resignación, llega un segundo aviso: el aire que mueve un trágico accidente de tráfico le llega al hombre a la nuca. Las dudas, las preguntas y la falta de la confianza se ponen al mismo nivel de los cuerpos desnudos, la ropa interior y los labios llenos de carmín. A la vez, en donde están el paciente y su mujer, y en donde están la médica y su marido. Tras perseguir el encuentro, y encontrarlo, los papeles se cambian: se emborrona la imagen separada de los traidores y los traicionados, y, por consiguiente, la traición adquiere la dimensión de algo mucho mayor. Traición (o, en inglés, Betrayal), que así se llama la película que se adentra en todo esto, bucea en las emociones y los impulsos de la pasión y el crimen, ambos con sus pecados respectivos.

1239040_214340948728122_1954542446_nEl ruso Kirill Serebrennikov, que tiene en su haber solamente tres largometrajes, había logrado hacerse un hueco en el panorama festivalero europeo con su ópera prima Playing the Victim (2006), con la que se llevó el máximo galardón en la primera edición del Festival de Roma, y con su segundo título Yuri’s Day (2008). A la vez, el realizador originario de las proximidades del Mar Negro, es un reputado director de teatro. En Traición, que consiguió competir el año pasado por el León de Oro en la Mostra de Venecia, cuya reciente edición acaba de finalizar, demuestra su interés por afianzar una visión personal, turbia, estilizada y fría de la tensión y de todo lo que la rodea. Lo hace a través de una cuidada puesta en escena, firmada con la ayuda de su director de fotografía Oleg Lukichyov -cuyo trabajo remite al que Mikhail Krichman elaboró para los trabajos de su compatriota Andrei Zvyagintsev, como por ejemplo, la espléndida El regreso (2003)-, rica en colores fríos, atmósferas subyugantes -dibujadas siempre entre las líneas de los bosques y la arquitectura moderna- y retorcimientos de cámara. Y lo hace también con las ansias de volver todo gesto y toda palabra de sus protagonistas igual de frío, subyugante y retorcido.

El paciente (el macedonio Dejan Lilic) y su mujer (la rusa Albina Dzhanabaeva), la médica (la alemana Franziska Petri) y su marido (el ruso Andrei Shchetinin, el que fue el padre de Padre e hijo, Alexander Sokurov, 2003), y también la investigadora del crimen (la letona Guna Zarina) reciben todo el plúmbeo peso que adquieren los gestos y las palabras, y también, con ellos, los espectadores. La de Traición es una espiral emocional que comienza en un doble punto de partida, la que apuntamos al principio, la del impulso (la declaración) y la del destino (el accidente); y se mueve en esos dos caminos paralelos llegando a un desenlace igual de complejo. Hay obstáculos, sin embargo, en ellos: todo se retuerce tanto, todo se carga tanto, que la idea de Traición, la de inmiscuirse en una pasión reventada, acaba, si se quiere, reventando. Para bien y para mal. Como todo lo que se apasiona demasiado.

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