Cineuropa 2013 (IV): No hace falta mucho

Heli, Amat EscalanteLlega un punto, después de diez días de festival, en el que Cineuropa hace que pierdas la noción del tiempo. No sabes que día es, que película has visto el día anterior, cuál vas a ver al siguiente, si has puesto en tu plan aquella de la que hablan tan bien, o si estarás a tiempo de quitar aquella de la que hablan tan mal… Así que al final acabas dejándote llevar un poco y te descubres viendo películas de las que no sabes prácticamente nada, y escribiendo crónicas sobre películas que no tienen nada que ver entre sí. Y probablemente es mejor, porque en los corrillos escuchas opiniones contradictorias y se te quitan las ganas de pensar. Las películas están para verlas, y no hay nada mejor que ir sin ninguna expectativa.

No fue el caso de Heli, aunque toda la información que la precedía se centraba en lo que resumió de su fama José Luis Losa, director del festival: “la película de la picha hecha chistorra”. Tal vez no hace falta demasiado para provocar hoy en día, porque lo cierto es que la escena en la que se prende fuego a los genitales de uno de los personajes no es más que una anécdota. Amat Escalante, premiado por su dirección en Cannes, hace mucho con muy poco. Reduce en general todo a lo mínimo y con éxito para filmar a una familia mejicana que se ve envuelta en problemas con las mafias de la droga. Los personajes se definen perfectamente a través de un par de frases, y en medio del laconismo general cada gesto cobra una verdadera importancia. La cámara se mantiene, en general, estática, y los movimientos más ligeros se vuelven fascinantes. Se cede al espectador el placer de observar y sacar conclusiones. En la sala, gente llorando y gente riendo delante de las mismas escenas. Parece casi lógico: lo que Escalante retrata está lleno de dolor y él lo filma sin concesiones, pero en medio de todo ello hay una cierta distancia entre los personajes y lo que les sucede, como si no fuera del todo con ellos, sean cínicos o inocentes. Es absurdo, y lo absurdo es tan cruel como gracioso: durante el famoso momento, se incluye la perspectiva de unos chavales, que lo viven como un juego. A alguno le deja mal cuerpo, a otro le divierte, pero no está muy claro para cuál de los dos es una experiencia importante, y quizás ahí está la clave de lo que Heli consigue y que es tan complicado de entender.

mucho ruido y pocas nueces

Mucho ruido y pocas nueces es una adaptación de una comedia de Shakespeare hecha por Joss Whedon, creador de Buffy Cazavampiros y director de Los Vengadores (2012). Allá cada uno con lo que pueda esperar antes de verla, y más cuando se encuentre con que el cartel es un hombre en una piscina con gafas de buceador. Whedon utiliza el texto de manera más o menos fiel: los personajes siguen siendo nobles italianos que vuelven de la guerra y las frases no buscan en absoluto el realismo. Son brillantes e ingeniosas, como suele pasar con Shakespeare. Con respecto a la imagen, no queda mucho de teatral ni de la época del reino de Aragón. Los nobles son aquí una especie de ejecutivos trajeados que escuchan su música en iPods y comen cupcakes. Si este cambio en la ambientación tiene algún sentido, no está demasiado claro. El efecto tiene su gracia en algún momento porque funciona como sátira de las clases más opulentas, preocupadas con sus estupideces, pero no parece en absoluto imprescindible. Sin embargo, es lo de menos, porque la película funciona maravillosamente como comedia. El reparto hace unas interpretaciones muy buenas en un tono que sí es teatral, y entre ellos y una planificación ágil consiguen darle un tempo perfecto para el humor. Recuerda, por sus excesos verbales y la permanente guerra de sexos, a la screwball comedy estilo Katherine Hepburn, que habría estado bien en el papel de Beatriz, ese tipo de mujer inteligente y que no se calla nunca. Pero también consigue introducir notas de humor más físico, sobre todo con Benedict (Alexis Denisof). Lo que mejor funciona es lo más natural, lo menos ambicioso.

La JalousieLa película con la nota más baja en las valoraciones del público es, por ahora, La jalousie, la última obra de Philippe Garrel. Probablemente sea consecuencia de haber reducido todo también a la mínima expresión. Setenta y cinco minutos de escenas esquemáticas en blanco y negro, con conexiones poco claras, sin tener causas y efectos marcados. Interpretaciones poco recargadas para filmar centralmente la relación entre un actor (Louis Garrel) y su novia (Anna Mouglais), marcada por lo que dice el título de una manera ambigua. Los celos, pero también un malestar que vuelve siempre, no se sabe de dónde. Momentos felices y luego, las expectativas que no se cumplen (como con las películas). Ya no es exactamente sutileza, sino simplemente no excederse con ninguno de los recursos que hay a disposición para el director. Es sencillez, y como resultados aparecen cualidades buenas para cualquier película: honestidad, sabiduría. Garrel no hace alardes, se limita a ser sincero y así La jalousie es una película bella. No hace falta mucho, es más, hace falta muy poco.

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