Mi barrio también quiere su cine

16-Cineciutat-Exterior-2Hace poco más de un mes el cine en España tuvo algo que celebrar. Del 21 al 23 de octubre las entradas se bajaron a un precio de 2,90€ en 323 cines de todo el país que participaban en la promoción, y las cifras hablaron por sí solas: 1,51 millones de espectadores durante los tres días, un aumento de la venta de entradas en un 98% con respecto a la edición anterior y, claro, en un 663%, con respecto a los mismos días de la semana anterior. Entonces, ¿es la mala situación de la exhibición del cine el resultado de la pérdida de interés por parte de los espectadores? Algunos nos lo quieren hacer creer, pero cosas como esta dejan claro que no. Esta es la cara del conflicto, pero la cruz pasa por el cierre continuado de salas dedicadas a un cine menos comercial -especialmente tras la hecatombe de los Cines Renoir- o incluso de aquellas que no están dentro de un centro comercial que pueda captar su público más fácilmente -en Santiago de Compostela, Avilés, etc.-. El público demuestra que quiere ir al cine, a la vez que cierran las salas a las que no va. ¿Tiene esto alguna solución lógica?

Lejos de ser capaces de encontrar la panacea de una solución total, hay algo que se mueve, algo que nace, “pequeños brotes verdes” que nacen en las ramas de tal contradicción: los cines autogestionados. En ciertos puntos de la geografía española han nacido iniciativas que demuestran que la voluntad de luchar contra lo que se está perdiendo está ahí. “Los cines ciudadanos son una posible respuesta a la crisis de las salas de exhibición, y pueden acabar siendo también una alternativa a la producción”, cuenta Pedro Barbadillo, presidente de la Asociación Xarxa Cinema, que ha puesto en marcha hace casi un año y medio los CineCiutat de Palma de Mallorca en el cadáver todavía caliente de los Renoir; “en estas salas se aglutina la gente que realmente quiere ver cine, sacrificar su tiempo y su energía por el cine. Son la parte más activa y entusiasta de la cinefilia, y creemos que habría que cuidarla especialmente”. Dirigido a ellos, y con el objetivo de financiar su idea, la plataforma ha lanzado la campaña #Yotengouncine, a través de la cual cualquiera puede hacerse socio, “apadrinar una butaca” o hacer una donación. Parte crucial de la iniciativa: la participación del público. “Ahora nos damos cuenta que tenemos que tomar las cosas importantes en nuestras manos, y hacerlas vivir con nuestro propio esfuerzo. Y esto vale, aparte de para el cine, para muchas otras actividades: la cultura en general, la educación, la salud… Se trata de recuperar el espíritu de ciudadanía que está en el origen de la democracia real“, continúa Barbadillo.

El CineCiutat palmesano se ha convertido en la punta de lanza de esta nueva idea de cine participativo: durante su primer año de vida han pasado por sus salas unos 50.000 espectadores, entre las proyecciones comerciales y los diferentes tipos de eventos que organizan. Porque hay más que enseñar una película. “Lo que tiene más éxito son los encuentros del público con directores, actores productores… Hay que añadir valor a la experiencia del espectador en la sala, ya no vale pasar la película y ya“, declara Barbadillo. El CineCiutat ha sido, afortunadamente, el modelo a seguir para otros proyectos como el de los Cines Zoco Majadahonda, construidos también sobre unos Renoir cerrados. “Disponemos de cuatro salas en los cines, así que por supuesto la idea es compaginar la exhibición más tradicional con nuevas propuestas, cineclub, cine infantil, e incluso microteatro, conciertos…“, expresa Sandra Ruesga, responsable de comunicación del proyecto; “la idea es crear un cine de todos y para todos”. Y sí, una de las razones de la creación de los cines como este, que espera poder echar a rodar en Navidades si se consiguen los 1500 socios necesarios, está en la concienciación del público: “los primeros en movilizarse fueron ciudadanos del pueblo que asistían asiduamente a los cines, en un primer momento gente mayor, con más recursos y menos conocimiento de Internet”, sigue Ruesga, “que demanda ahora mismo el poder regresar ver las películas en gran pantalla y en un acto lúdico y social”.

1380769_632792140104969_622536982_nPero para que el público se haya dado cuenta y haya querido empezar estas cosas, las cosas han tenido que llegar hasta donde estamos ahora. “La subida del IVA es como estar cayendo por un barranco y decidir apretar el acelerador”, dice Sergio Casado, que también trabaja para que la iniciativa zaragozana Un Nuevo Renoir se haga verdad; “hay un problema endémico con una ley franquista del doblaje y un problema educacional respecto al espectador actual y del futuro; y un mecanismo de competencia desleal entre los productos de Hollywood y el resto. No existe una regulación y hay una ley de la selva impuesta. Es el sálvese quien pueda, y habrá que buscar salidas imaginativas para poder ver ese cine de otros modos”. Lo que CineCiutat ha logrado proporciona esperanza a los proyectos que quieren conseguir lo mismo, pero es difícil hacerlo y hay que tenerlo en cuenta. “En Zaragoza ha habido gente que nos ha apoyado pero la respuesta no ha sido arrolladora. Si lo hubiese sido, el Renoir Audiorama podría haberse reabierto en cooperativa”, continúa Casado.

Estreno-de-Holy-motors¿Cómo luchar contra una situación que ha llevado a la industria a subir sus precios y a desentenderse de sus espectadores, todo esto desde lejos del ánimo de lucro? “Si los que gestionaban con ánimo de lucro acabaron teniendo que cerrar, la única solución que nos queda es prescindir del lucro, para obtener lo más importante, que es poder seguir viendo un tipo de cine, de una determinada manera”, expresa Barbadillo. Desde estas iniciativas, el papel de los socios, que las financian con sus aportaciones económicas, se conjuga con el de la directiva, que trabaja como voluntaria. El dinero, claro, es siempre el motivo por el que algo se mueve o se deja de mover, aunque desde los cines autogestionados intente ponerse por encima las ganas de olvidarse de eso.

Hay, así, más propuestas para que las condiciones económicas, sociales o culturales que nos han llevado a esta situación se revisen, aunque sean difíciles de hacer llegar a los de arriba. “Pensamos que el IVA debería ajustarse a las diferentes realidades”, afirma Pedro Barbadillo; “por ejemplo, que las salas que programan cine de autor tuvieran condiciones especiales de tributación, diferenciándose de las salas puramente comerciales”. Y la otra parte del pastel, prácticamente igual de importante para la industria, es la que apunta Sergio Casado, que cree que es posible recuperar la noción del cine como elemento sociocultural “desde las escuelas, enseñando lo que significa ver una película en su idioma original, lo que significan cineastas distintos, intentar formarse, entender que el cine puede ser muchas cosas“. Sean la solución a los problemas o no, al menos hay ideas sobre la mesa, algo que ya es síntoma de mucho.

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