La fiesta eterna

26537Una fiesta que empieza con la versión techno de A far l’amore comincia tu (o, para que nos entendamos, En el amor todo es empezar) de Raffaella Carrà, al lado mismo del Coliseo romano, no puede ser una mala fiesta. Que la fiesta sea una exaltación hedonista, desenfadada y hortera de la noche por parte de la élite burguesa de Roma, y que luego baile al ritmo del Mueve la colita y del We No Speak Americano, es otra cosa. Una escena envolvente, incitante y por encima de todo, redundante, que nos introduce en la vida, grande y bella o grande y fea, de un periodista y escritor de vuelta de bastante en este mundo elitista y burgués. Jep Gambardella busca la gran belleza y Paolo Sorrentino lo sigue. La gran belleza, el retrato de la noche -no solo la que viene acompañada de la luna, sino la que viene de la mano del fin de la vida, o, sin ambages, la muerte- de Roma y su clase alta. Una noche brillante y oscura, silenciosa y ruidosa, melancólica y superficial, por la que deambulan personajes que no saben habitar el día: pretenciosos escritores, strippers de 40 años, ricos sin trabajo alguno, viejas glorias de la televisión, hombres de negocio corruptos, dueños de clubes, cardenales poco religiosos, misioneras decrépitas, y más. Una belleza que, como la ciudad eterna, se protege en una burbuja para no caerse cae a cachos, algo que, sin ayudas públicas, parece más que seguro.

Desde el prólogo, en el que un turista japonés sufre el síndrome de Stendhal al contemplar la capital italiana, Sorrentino fascina, y es fascinado, con su acercamiento a las razones que podrían generar tal enfermedad psicosomática. El de La gran belleza es precisamente un proceso similar: lo que percibe a través de los sentidos -la vista, el oído, casi el gusto- produce una reacción que no es fácil de describir. En su viaje por esa noche, que a veces se ilumina por el día, Jep Gambardella (un justo Toni Servillo) hace un trenini junto a sus invitados bajo un sempiterno cartel de Martini, visita el club de striptease dirigido por su amigo, acude al funeral del hijo de una conocida, se encuentra un OVNI o una jirafa en las ruinas de Roma; quiere, como Flaubert, escribir sobre la nada, algo que conoce desde hace tiempo en un compartimento estanco de la sociedad que da vueltas sobre sí mismo. O, también, un compartimento estanco de la sociedad que se encuentra atrapado en una fiesta eterna, en algo bello porque, como Gambardella dice de los treninis de su fiesta, “no van a ninguna parte”.

Cerca de ninguna parte, o cerca de todas, se encuentra Sorrentino -a cuya obra nos acercamos hace ya tiempo– al transmitir la moribunda vitalidad de La gran belleza. Referida casi en toda la tinta que ha generado como un acercamiento actualizado a la inmortal La dolce vita (1960) de Federico Fellini, la cinta del italiano no es tanto un reflejo, ni un homenaje, de lo creado por el maestro de Rimini, sino una imposibilidad de hablar de la melancolía, del vacío de la vida más fulgurante, y, cómo no, de su ambiente, Roma, sin transitar por los mismos caminos. Hay conexiones voluntarias -la noche en el jardín del palacio, el “ver un monstruo marino”-, e incluso con otras de sus películas,  pero el viaje de Gambardella consigue brillar por sí solo. Sorrentino habla de la inmovilidad, de la incapacidad de avanzar, del encanto de lo inerte. De lo vivo y de lo muerto. La religión, y una proporción bastante menor la espiritualidad, es el polo contrario al del hedonismo: la misionera decrépita, horripilante, atrae la migración de los flamencos y la poca divinidad que queda cerca del Coliseo romano. Pero mientras, la misa es la que un cirujano oficia todos los días frente a sus feligreses en busca de bótox. Algo ridículo, como bastante de lo que pasa por la mirada de Gambardella, sublimado hasta lo significativo: como las performances de los artistas adultos o los artistas niños, un cardenal columpiándose en el campo romano, un lujoso transatlántico encallado en la costa -¡qué parecido con la realidad!-, dos nobles sin dinero que se hacen pasar por su familia rival para recordar tiempos mejores, una rica que se hace selfies para que sus amigos del Facebook le digan que es buena fotógrafa. Sorrentino se acerca a todo esto de forma casi grotesca, con arrebatos malickianos y dichos surrealismos fellinianos, o, a veces, incluso buñuelianos. Muchas cosas que, sin embargo, se quedan lejos de lo único que le importó a Jep: su juventud, su primer beso, su primer amor. Una belleza que se murió, y que, quizá, vuelva a vivir alguna vez.

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