¿Os habéis olvidado?: 4 películas del 2013 (que nosotros hemos elegido)

¿Qué pasa siempre al hacer listas? Que hay cosas que se quedan dentro y hay cosas que se quedan fuera. En la lista de las 10 mejores películas del 2013 (que vosotros habéis elegido) ha entrado buena parte de lo mejor del año, sí: de La vida de Adèle a The Master, de Antes del anochecer a Amor. Pero siempre se quedan espinitas clavadas. Cada uno de nosotros hemos seleccionado una película que nos parece fundamental para recordar el cine de este año, y que no ha aparecido entre las más votadas por vosotros.

Uno: 12 años de esclavitud, de Steve McQueen

12-years-a-slave-1– David González

La razón por la que a 12 años de esclavitud le cueste aparecer en las listas de final de año de los espectadores es sencilla: aún se acaba de estrenar. Única y claramente. La tercera película del británico Steve McQueen es una frontal, despiadada y dolorosa obra mayor que viene a confirmar el innegable talento del artista convertido en cineasta para retratar los abismos de la humanidad (Hunger y Shame son, aunque parezcan otra cosa, eso) a través del cuerpo de sus personajes. La historia real de Solomon Northup, un hombre negro nacido libre secuestrado y convertido en esclavo en el sur norteamericano durante doce años, se clava en nuestras espaldas como latigazos en carne viva: McQueen transmite, con la inestimable ayuda de Chiwetel Ejiofor, el dolor de la injusticia y la valentía de la atrocidad, desde los cimientos de un melodrama convencional, pero con un punto de vista distante, casi al nivel del de una instalación artística, por lo que precisamente acaba introduciéndose en todas las grietas del espectador con una realidad irrefutable. Descarnada, observadora y tremendamente valiosa, 12 años de esclavitud perdurará en muchas pieles mucho después de vivirla. Incluso en aquellas de los académicos y demás parafernalia americana, que, probablemente, deberán convertirla en la triunfadora de la temporada (se atreverán).

Dos: Camille Claudel 1915, de Bruno Dumont

camille-claudel-1915– Cristóbal Soage

Acercarse al cine de Bruno Dumont es siempre un ejercicio de alto riesgo, el cineasta francés es sin duda uno de los autores más complejos y singulares del panorama contemporáneo y sus trabajos exigen un esfuerzo por parte del espectador que no todos están dispuestos a asumir. En Camille Claudel 1915, la opacidad propia de Dumont transmuta en una desnudez casi absoluta. Sin apenas artificios el director construye una cinta de apariencia simple, forjada a base de silencios y en la que los ojos de Juliette Binoche bastan para que nos adentremos en un mundo misterioso y subyugante, que nos enfrenta al dolor más absoluto. Gracias a la honestidad de Dumont y a la inmensidad de Binoche (¿tocará techo alguna vez el talento de esta actriz?) nos olvidamos de que estamos viendo una película y acabamos sintiendo que la mujer que nos mira directamente a través de la pantalla es Camille Claudel. La artista se erige ante nosotros y nos lo transmite absolutamente todo, en su odisea silenciosa y en total soledad Claudel se enfrenta al infierno, a Dios, a la locura y a la más desgarradora de las verdades. ¿Suena grandilocuente? Puede, pero ver Camille Claudel 1915 no es ver una película, es ver a un fantasma apareciendo ante tus ojos.

Tres: Spring Breakers, de Harmony Korine

spring-breakers– Cibrán Tenreiro

Spring Breakers debería ser la película del año porque es una película única y porque es una película de esta época. Ninguna otra de las grandes cosas que se han estrenado este año ha llegado a su nivel de singularidad. Recordemos: una historia delirante sobre unas adolescentes que roban para pagarse sus vacaciones de Pascua y se ven envueltas en una trama de tráfico de armas, drogas, etc. Todo ello trasladado visualmente a imágenes llenas de colores, bikinis, bailes, drogas y una especie de decadencia juvenil que tampoco lo es tanto: Harmony Korine lo narra todo a través de una especie de loops obsesivos que lo transforman todo en una experiencia muy poco común en una sala de cine, como una rave audiovisual llena de estímulos físicos y sensoriales. ¿Desmerece eso el contenido? No. El contenido no se ve sometido a ningún juicio de valor, o por lo menos no demasiado. Ni ironía ni empatía, solo los ritmos de consumo de imágenes de la contemporaneidad utilizados para componer un lenguaje visual que nos retrata a sus símbolos. Una ficción que está creando discurso sobre sí misma y su universo. ¿MTV + Disney = esto? Quién lo hubiera dicho.

Cuatro: Stoker, de Park Chan-Wook

Stoker2– María Villamarín

Decir por qué Stoker tiene todas las papeletas para ser lo mejor del 2013 no es muy difícil. Estamos ante una película llena de detalles y de sentimientos tanto delicados como violentos. India Stoker (Mia Wasikowska) cumple 18 años el mismo día que muere su padre, y ve que su tío Charlie, que no sabía ni que existía, entra en su casa para adueñarse de ella. Al principio de la película ella aparece retratada entre espacios naturales y solitarios en los que Mia habita feliz y que de alguna manera enlazan con su espíritu infantil. Pero Mia crece y estos ambientes derivan a otros más oscuros. La evolución de India integra los conflictos del paso a la madurez de una forma tangencial, y donde apreciamos que su crecimiento mental aflora poco a poco con el despertar sexual. Esta pulsión erótica acarreará consigo todo lo malo. El sexo y la muerte caminarán de la mano en una derivación hacia lo más macabro. Por esto, Stoker, es un relato brillante debido a la audacia sobre la que está construido y su director, Park Chan- Wook, es el maestro idóneo para trasladarnos a esta atmósfera. Su estética no admite comparaciones, haciendo de cada secuencia y de una sencilla trama un gran ejercicio de estilo, pura filigrana técnica, que se percibe en cada encuadre, en la puesta en escena… Chan-Wook hasta es capaz de no estancarse en la reglas de un género concreto, repele las más evidentes, huye del canon en los momentos en los que es más cómodo dejarse llevar por él, se apoya en la confusión que pide el tema.

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