Las brechas

12-years-a-slave-1La humanidad está hecha de brechas. Huecos que dejan paso al vacío entre una cosa y otra, heridas que se abren en pleno cuerpo. El cuerpo del humano también está repleto de brechas. El británico Steve McQueen lleva cinco años hurgando en esas brechas, en las heridas de los cuerpos, de los humanos y de la humanidad. El británico, cuyo nombre empieza a valer por sí mismo y a despojarse de la incomodidad de ser exactamente igual al del ídolo del cine de acción de los 60, parece empeñarse en palpar los hematomas que adornan a toda persona. En contra de lo que podría parecer, 12 años de esclavitud viene a reforzar esto tras Hunger (2008) y Shame (2011): como dijimos al introducirnos en sus dos obras anteriores, McQueen juega a forzar los límites tanto de sus personajes como de las personas, de sus cuerpos, de sus oscuridades. E incluso, los de las heridas en donde acaban habitando; sean un conflicto político, un problema psicológico o uno de los más sangrantes crímenes continuados de la historia.

12 años de esclavitud es el retrato de un hombre en plena brecha, en una hecha por uno de los más sangrantes crímenes continuados de la historia. El cuerpo es el de Solomon Northup, un hombre negro nacido libre en el norte de los Estados Unidos a principios del siglo XIX, secuestrado y vendido como esclavo en el sur, en donde permanecerá nada menos que 12 años. La novela autobiográfica del señor Northup sirve a McQueen no tanto para erigir un monumento a los mártires de uno de los peores episodios de la historia de nuestra civilización sino para asistir a él, para tomar partido en algo que forma parte indisociable de la cultura estadounidense (y si se quiere, de la mundial). El cuerpo de Chiwetel Ejiofor (merece todos los premios) es el de ese episodio, desde que se despierta encadenado en la noche, previendo lo que está por ocurrir, hasta que, gracias a un atisbo de sensatez y justicia, puede terminarlo él mismo. En medio está todo lo demás: desde un único y desesperanzado intento de rebelión de la odisea hasta el sufrimiento más inenarrable. El Northup de Ejiofor se enfrenta a un gran reparto (los esclavos de Michael C. Williams, Adepero Oduye, Alfre Woodard; los esclavistas de Benedict Cumberbatch, Paul Dano, Paul Giamatti; el crucial carpintero de Brad Pitt), pero es en la conjunción con el dueño de una plantación de Michael Fassbender, su mujer Sarah Paulson y la esclava de Lupita Nyong’o en donde la cámara se detiene para retratar ojiplática la furia, el sentimiento, la sangre, el dolor y el miedo. Antes ya había sido capaz McQueen de acercarse a todo eso para contraponerlo a lo que lo rodea, a esa brecha en la que habita, y así nosotros asistir, estupefactos, al horror -en la escena en la que Northup es colgado de un árbol, dejado a su merced intentando tomar pie durante un largo rato en el que la vida de la plantación se va reanudando sin prestarle ayuda ninguna-, y es quien de llegar a un brutal clímax entre los cuatro papeles principales. Brutal, doloroso, inefable, y hecho desde una desarmante verdad.

148 años de silencio
Algo que viene a demostrar 12 años de esclavitud es que, cuando menos, el cine (más el americano, por cercanía) no ha podido o no ha querido embarrarse demasiado entrando en los pantanos de la esclavitud. Se puede leer en algún que otro sitio que la cinta de McQueen es la mejor película sobre esclavitud de la historia, y tampoco es muy descabellado hacer una afirmación así. Hasta la fecha, poco más que una lista de cintas que se cuentan con los dedos de la mano: desde Mandingo (Richard Fleischer, 1975) a Amistad (Steven Spielberg, 1997) hasta las más recientes y aún así más valiosas Manderlay (Lars von Trier, 2005) o incluso Django desencadenado (Quentin Tarantino, 2012). Es, claro, complicado, tratar tal aspecto desde un punto de vista lejano al tono melodramático, al borde del morbo o la manipulación. McQueen traslada su aséptica visión artística a un tema como este, consiguiendo lo que hacían sus cintas anteriores, esta vez, de forma más convencional, pero igual de meritoria: retratar la sima que rodea a sus personajes, sangrante, silenciosa, totalmente negra.

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