Lejos de la superficie

the_Grandmaster_3La gran película épica de Wong Kar Wai, The Grandmaster, podría definirse de muchas maneras. Una historia de artes marciales, de peleas y de ambiciones de dos maestros y sus respectivos séquitos o familias por el poder. También, un retrato de la historia de China, de cómo el pueblo chino siguió luchando en un baile forzado con el ejército japonés tras su invasión de 1938. Y, por último, el melodrama de un (casi) amor entre un hombre y una mujer, sean ellos quienes sean, embriagado en un potente perfume romántico y melancólico. The Grandmaster es todo eso, lo que sorprende, porque había sido únicamente descrita como el biopic de Ip Man, el hombre que entrenó al mítico Bruce Lee.

Desde el principio, sin embargo, había que desconfiar: Wong Kar Wai no podía ofertar un wuxia (una película de artes marciales) al uso. Sobre todo, sabiendo que había empezado a producirlo en 2008 y solo lo terminó para estrenarlo en China a principios del año pasado. El gran maestro que paró los corazones de buena parte del mundo con Deseando amar (2000) acabó firmando una película profunda, extensiva, totalmente inasible, que golpea y acaricia al mismo tiempo, entre la lucha, la historia y el amor. Esa película no debería entonces pasar desapercibida, porque es, más que nada, la muestra de que a Wong le es imposible quedarse en la superficie de las cosas.

Desde que conocemos a Ip Man (Tony Leung) danzando entre los puñetazos de un puñado de rivales en plena lluvia torrencial -nunca las gotas de agua tuvieron tanto significado- o vemos por primera vez a Gong Er (Zhang Ziyi) llegar para convertirse en el reflejo femeninio y norteño del maestro, la historia de rivalidad entre dos clanes deja de ser eso para, por momentos, alcanzar la trascendencia de todo lo que puede trascender. La virtud del hongkonés es que es capaz de conseguirlo a través de la imagen en movimiento. Tanto a través de la danza de los cuerpos -desde el encendido de un cigarro más bello que el espectador se puede imaginar hasta el casi-beso entre Ip Man y Gong Er en plena lucha- como a través de la composición de imágenes -Gong Er ensangrentada y cubierta de visón, el bambú que se parte a la mitad en la nieve, los taciturnos callejones hongkoneses- orquestada con ayuda del director de fotografía Philippe Le Sourd. En el sonido de los golpes de The Grandmaster hay incluso ecos filosóficos que alejan a la película de su superficie, y que se convierten, finalmente, en su barroquismo quizá algo desmedido, en una preciosa melancolía, nostálgica, romántica, opiácea, wongkarwaiana.

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