Todo está podrido en América (y fuera de ella)

En un momento dado, Bernard Madoff dijo que “la naturaleza de cualquier ser humano, especialmente cualquiera que esté en Wall Street, es pensar que cuanto mejor sea el acuerdo para el cliente, peor es para él mismo”. La naturaleza de cualquier ser humano, la suya ¿y la nuestra?, la que lo llevó a entrar en la historia al ser el responsable del mayor fraude económico (llevado a cabo por una sola persona) de la historia, a fuerza de engañar a todos los seres humanos que tenía en frente para, claro, conseguir lo mejor para sí mismo. Nada únicamente limitado a Wall Street o al sueño americano, no: algo inherente a la naturaleza de cualquier ser humano. Llevamos ya un buen tiempo perdiendo la fe en la humanidad gracias a los banqueros, las hipotecas basura, las agencias de rating, la prima de riesgo y todo lo que suele aparecer en los titulares de los informativos. Una epidemia desde hace tiempo global, pero, sorpresa, muy americana en su origen. Como Abraham Lincoln, la Super Bowl y los perritos calientes.

Dos cineastas tan genuinamente americanos, casi como los perritos calientes, como Martin Scorsese y David O. Russell han decidido, voluntaria o involuntariamente, buscar lo que inspiró a Madoff y tantos otros, para engrandecer ese mito del sueño americano y llevarlo hasta los límites de la moral, de la ética y de la humanidad. De la nuestra. El lobo de Wall Street, del primero, no es la historia de Madoff, pero es la de Jordan Belfort, el exitoso broker que revolucionó la burbuja financiera neoyorquina hasta que le explotó en la cara. Pero hasta ese momento, la de Belfort (que en la película interpreta un magnífico Leonardo Dicaprio, lanzado a todos los límites posibles), una vida de excesos, avaricia, fanfarronería, despreocupación y extravagancias, se presenta como la feroz disección de la más profunda ansiedad del ser humano por alcanzar su punto máximo, la más grande posible versión de sí mismo. Desde, claro, el hedonismo descerebrado: desde que unos perdedores don nadies (Jonah Hill, su brazo derecho) consiguen llegar a la cima de todo a través del lanzamiento de enanos, los cortes de pelo por dinero y las drogas (siempre) imposibles. El maestro Scorsese, quizá por conocer lo que filma mejor que nadie, quién sabe, es capaz de conseguir probablemente su mejor obra de los últimos años (¿que tendrá este tema que también ha provocado que Woody Allen consiga lo mismo con la que bien podría ser la mujer de Madoff en Blue Jasmine?): desafiando los límites entre la comedia, el drama y todo lo demás, e incluso, aquí lo mejor, la película y el espectador. Scorsese inyecta de velocidad y jovialidad el desinhibido retrato de un sueño, casi de forma sarcásticamente documental, abierta y ambigua, abandonándose con él al exceso. Algo que por lo visto no pasa factura alguna: la condena de Belfort fue casi irrisoria, y se convirtió tras ella en la ¿estrella? que es ahora.

Algo de esa ausencia de castigo, de ese velado éxito, quiere formar parte indisoluble de la forma en que tanto Scorsese como O. Russell se acercan a los artífices de esa gran podedumbre americana (y no americana). En La gran estafa americana, el actual ojito derecho de Hollywood se detiene en el escándalo Abscam, que a finales de los 1970 puso en primera plana al FBI por intentar llevar a cabo una operación para desvelar una trama de corrupción política (¡los informativos de hoy!) mano a mano con estafadores ex convictos. Si esta vez todo comienza casi en forma de disparate, pronto viene todo a caer en el mismo lugar: en el que la ilegalidad y el engaño no es obstáculo alguno para nada. Y aquí, otra vez, esa sensación de no-comedia cómica, como si ambos directores (Woody Allen, también) quisiesen dejar claro que hay que reírse de lo que uno puede llegar a hacer, sobre todo pisando al prójimo. David O. Russell, que no se aleja de los convencionalismos que ya ha hecho suyos en películas como su anterior El lado bueno de las cosas (2012), tampoco difiere mucho de ser una pequeña versión de Scorsese, eso sí, mucho más descafeinada (o con menos cocaína), que apoya en su eficaz elenco (Christian Bale, Amy Adams, Jennifer Lawrence y Bradley Cooper, sobre todo) la necesidad del engaño, de la estafa, de la corrupción, y ya que estamos, la peluca.

american-hustleOtra vez
La importancia es la de ese retrato, voluntario o involuntario, de una podedumbre que se arraiga en los más altos niveles de la sociedad, que ya no son los que tienen en su haber docenas de títulos, sino los que poseen docenas de cuentas bancarias en las Islas Caimán. En plena estabilización del cine hollywoodiense, esa podredumbre, en forma de corrupción y crimen organizado, empezó a ser retratada con una clara vocación de denuncia: en películas como El enemigo público (William A. Wellman, 1931) o Hampa dorada (Mervin LeRoy, 1931) los créditos explicaban que, en tanto que el cine debe ser una muestra del buen código civil, estas acciones no deben quedar impunes. Ahora, tanto a través de Scorsese como de O. Russell, parece que nos lo tomamos más a la ligera, más como una forma de entretenimiento, de aceptar que esto forma parte de nosotros, y de saber que, ¡qué gracia!, quizá no podamos hacer mucho para cambiarlo. También, otro dato: el primer auge de este cine de la corrupción se generó poco después del gran crack del 1929. Y ahora, llega a nosotros tras lo que empezó en 2008 y se mantiene hasta nuestros días. La historia es sabia, y nosotros, como no lo somos, provocamos que se repita. No es entonces entretenimiento, sino reflejo, reflejo de que todo (¿a nivel económico y político? ¿o todo, todo?) está podrido. Y ya que tomárselo en serio, como se hizo en los 30, no ha valido de mucho, quizá una de las soluciones posibles sea reírse (sin reírse) de ello.

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