La musa en el reflejo

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En el prefacio de una de las obras literarias por excelencia sobre el reflejo, El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde escribió que “es al espectador, y no la vida, a quien refleja realmente el arte”, que “todo arte es, a la vez, superficie y símbolo” y también, que “todo arte es completamente inútil”. Lo primero, es algo que Roman Polanski desafía en La Venus de las pieles: ¿no es el arte el reflejo primero y único del artista? Lo segundo, es algo que el director franco-polaco-paneuropeo abraza con vehemencia: Vanda le pregunta a Thomas, cuando este le ofrece un café, “¿es un café simbólico?” Y lo tercero… lo tercero es ya otro cantar.

La Venus de las pieles es, de forma aparentemente incidental, un reflejo. El maestro Polanski convierte una pieza de teatro de Broadway, escrita por el dramaturgo estadounidense David Ives, en una reverberación de las obsesiones y los temas que transita toda su obra, de su experimentado y justo savoir-faire cinematográfico, y, en última instancia, de la misma creación artística, a través del reflejo del creador en ella misma. Los espejos son los que se colocan alrededor y entre Thomas (Mathieu Amalric), el adaptador teatral en plena búsqueda de una actriz para su protagonista, y Vanda (Emmanuelle Seigner), una enérgica y vulgar actriz que aparece por sorpresa en los cástings, después de que finalizasen, y a la vez que Thomas se convence de que no existe ninguna mujer que pueda convencerlo en el papel. Ah, y la obra de teatro que adaptan es La Venus de las pieles, la novela del 1870 del autor austriaco Leopold von Sacher-Masoch, el mismo que inspiró el término masoquismo. En papel, todo muy polanskiano: obsesión, claustrofobia, comicidad, elegancia y profundidad. Y en pantalla, todo lo es incluso más.

Al igual que en su anterior película, la estupenda Un Dios salvaje (2011) esa suerte de El ángel exterminador trasladado al Nueva York de las preocupaciones más nimias, Polanski vuelve a rodar una obra de cámara, esta vez con solo dos personajes. En ella, ambos son suficientes para desplegar un laberíntico juego de personalidades, identidades y máscaras, a veces sincero y directo, a veces pesado, a veces incluso burlesco. Llama la atención, también, que, para adentrarse en él y en todo lo que toca, mantenga la presencia de una deidad: si antes era Dios, ahora es la Venus. Pero, ¿qué es lo que hay esta vez bajo su Olimpo? Venus, diosa del amor, la carnalidad y, por tanto, la sexualidad, sirvió a Sacher-Masoch para reflejar en una mujer corriente (o no tanto) su ímpetu sensual, erótico, y, ya que estamos, masoquista. Casi dos siglos más tarde, la adaptación de Ives le sirve a Polanski para reflejar en la relación de esa mujer y el hombre que la rodea buena parte de los símbolos que lo definen. En la piel de su musa (y mujer desde hace 25 años), Polanski pinta cual Tiziano, o cual Velázquez, los matices oscuros de la sexualidad: la dominación, el sometimiento, la humillación, la crueldad y la fascinación. Y a la vez, es capaz de hacer un compendio de su obra: de la perversa persuasión de Lunas de hiel (1992), a la alucinación travestida de El quimérico inquilino (1976), pasando por, claro, la teatralidad de Un Dios salvaje, e incluso el surrealismo de Repulsión (1965). En manos del maestro polaco, La Venus de las pieles, acaba siendo un reflejo, no diremos del espectador (que puede que también), pero sí de un gran número de cosas que no parecían estar sobre el papel.

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