Historia de Europa, por Wes Anderson

140321thegrandbudapesthotel1Las películas de Wes Anderson son como un juego: llenas de color, ritmo y diversión. En un principio eran juegos sencillos, una especie de parchís en el que basta con tirar los dados y mover las fichas para pasar un rato entretenido sin más complicaciones. Últimamente parece que Anderson ha querido ponerse más sesudo y dotar a sus juegos de más complejidad, ahora sus espectadores tenemos que esforzarnos un poco más para meternos en la partida y esto no hace más que aumentar de forma exponencial la diversión. Y es que el parchís está muy bien, pero uno se implica más respondiendo las preguntas del Trivial, planeando las estrategias del Risk o desentrañando los misterios del Cluedo. En El gran hotel Budapest nuestra astucia se pone a prueba, en medio de intrigas familiares motivadas por el reparto de una herencia, los protagonistas dan vueltas por la Europa de los años 30 en busca de una pintura de valor incalculable que podría cambiar por completo sus vidas. Quien conozca a Wes Anderson sabe que esta premisa le sirve al cineasta para dar rienda suelta a su enorme y original talento visual, repleto de florituras y fascinantes juegos de cámara. Sin embargo, puede que quien no haya visto sus últimos trabajos se sorprenda con el perfecto funcionamiento de la narración, que discurre con la precisión de un reloj suizo sin perder en ningún momento el ritmo (algo que no se puede decir de los primeros trabajos de Anderson). Si a esto le sumamos un grupo de personajes deliciosos y una ironía y sensibilidad que, sin que apenas nos demos cuenta, consiguen emocionarnos profundamente, el resultado es una fantástica película, que demuestra que el responsable de Academia Rushmore (1998) o Life Aquatic (2004) ha alcanzado definitivamente la madurez artística.

Moonrise Kingdom (2012), su anterior trabajo, dejaba claro que la capacidad de Wes Anderson para retratar las emociones humanas iba mucho más allá de sus aparentemente simples y arquetípicos personajes. En esa cinta el cineasta se apoyaba en clichés y lugares comunes para hablar del amor adolescente, del paso de la infancia a la madurez y del choque entre el  mundo de los adultos (incapaces de ver más allá de sus narices) y el de los niños (dispuestos a luchar contra viento y marea por cumplir sus deseos). La película trataba temas complejos con una sencillez sorprendente, y ese era su mayor mérito. En El gran hotel Budapest vuelve a pasar lo mismo pero, en esta ocasión, entran en juego asuntos como la codicia, la lucha de clases, la inmigración o la mismísima guerra (la II Guerra Mundial nada menos). Con su inconfundible sello, Anderson se atreve a revisitar la historia reciente de Europa. El gran hotel Budapest es una fábula caricaturesca que a simple vista puede parecer un puro divertimento, pero que esconde detrás de sus fuegos de artificio mucha más verdad y profundidad que algunos trabajos supuestamente serios que solo funcionan como dramas lacrimógenos. El propio Wes Anderson apuntó en su paso por la Berinale que los trabajos de escritores como Stefan Zweig (Carta de una desconocida), Irène Némirovsky (Suite Francesa) o Hannah Arendt (La condición humana) le habían servido de inspiración. Puede sonar descabellado o incluso pretencioso, pero la humanidad que desprende cada fotograma de la película, la sabiduría en el tratamiento de los personajes y sus hazañas y la sutil evocación de uno de los episodios más oscuros de la historia europea reciente nos hace pensar que Anderson no se tiraba el rollo cuando citaba a sus referentes literarios.

140321the-grand-budapest-hotel-00Al final la sensación que permanece tras el visionado de El gran hotel Budapest es la de haber asistido a un juego con una doble dimensión. La primera es puro divertimento, gozoso y disfrutable, en buena parte gracias al trabajo de un magnífico reparto en el que se mezclan grandes nombres con amplias trayectorias (Ralph Fiennes, Tilda Swinton, Edward Norton, Bill Murray, Willem Dafoe, Adrien Brody o Mathieu Amalric) con jóvenes pero sólidos talentos (Tony Revolori, Saoirse Ronan o Léa Seydoux). La segunda va más allá y permite al espectador más inquieto disfrutar jugando a encontrar guiños y referencias, tanto narrativas como visuales, que dotan a la película de una complejidad y una profundidad emocional que pocos autores estadounidense parecen ser capaces de ofrecer. Aunque muchos sigan viendo en Wes Anderson a un cineasta superficial solamente interesado en contar historias resultonas apoyadas en una estilización formal milimetrada, nosotros creemos que el director texano tiene cada vez más claro lo que quiere decir y cómo quiere hacerlo. Cada vez más, sus películas exploran en las profundidades de los sentimientos humanos sin renunciar a un humor encantador que, en esta ocasión, ayuda a mirar de frente a un pasado terrible que conviene tener muy presente, ahora más que nunca.

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