Denis Villeneuve, en tierra de nadie

MCDPRIS EC041El cine de Denis Villeneuve habita en tierra de nadie. Entre el academicismo y la visión personal, entre lo convencional y lo rompedor, entre lo manso y lo feroz. El trabajo del quebequés ha conseguido colocarlo como un director a seguir: uno que puede llevar adelante desde el melodrama más carnal hasta el thriller hollywoodiense más sombrío (y satisfactorio) de los últimos años, sin obviar una de las experiencias fílmicas más perturbadoras de la temporada que nos ocupa. Desde Maelström -la película que lo impulsó, aunque su anterior Un 32 août sur terre (1998) ya lo había llevado al Un Certain Regard cannoise– hasta sus últimas Prisioneros y Enemy, su aventura post-nominación al Oscar que lo llevó a concentrar esfuerzos en dos proyectos a la vez, lejanos, pero que se llegan a encontrar en esa tierra de nadie en la que el quebequés parece buscar su hogar. En ese hogar, Villeneuve ya ha encontrado seguidores incondicionales, quizá por su capacidad de insuflar una energía irrefutable a películas que en manos de otros podrían haber caído en la mediocridad. Y aunque Villeneuve tampoco sea un autor con todas las letras, su mano se aprecia, y se agradece: ¿cómo habría sido Prisioneros en las de un director de fábrica de Hollywood? Seguramente ni tan sombría, ni tan carnal ni tan perturbadora. Sin embargo, aunque sea aquí, en el género, donde parece que Villeneuve encuentra sus inspiraciones (hasta ahora, el thriller, el melodrama o el fantástico; a partir de ahora, en la ciencia ficción y en el western de sus tentativos proyectos, The Story of Your Life y Sicario, respectivamente), sus aportaciones van más allá. Como decíamos, hasta la tierra de nadie.

Maelström (2000)

maelstromUna mujer (Marie-Josée Croze) en su treintena, atormentada por buena parte de las cosas que pueden atormentar a uno, sirve a Villeneuve para articular Maelström, una historia de redención, casi al uso, que en este caso acaba por acercarse, en su valentía y en su ansia por el salto sin red, a las profundidades de ese torbellino que es la vida diaria de cada uno. Ese torbellino (maelström es, originariamente, la palabra noruega que designa el remolino gigante que las corrientes de las islas Lofoten generan con regularidad) es el que lleva a la depresiva y alcohólica Bibiane a atropellar involuntariamente a un pescador, tras lo cual su culpabilidad solo puede empezar a sanarse, en silencio, viviendo un romance con el hijo de la víctima. Esa culpabilidad, ese tormento y esa redención se vuelven en manos de Villeneuve un carnal melodrama que, aparte de escurrir a una mujer y a todo lo que hay a su alrededor, tiene tiempo para, decimos, saltar sin red: la película está narrada por un pez cuya cabeza está a punto de ser cortada en la mesa de un pescador. Este diálogo entre el drama convencional y los destellos de genio incontenido impulsan esta corriente marina, con el que Villeneuve triunfó en los Premios Genie.

Polytechnique (2009)

polytechniqueUna de las heridas más dolorosas de la sociedad estadounidense (una que se autoinflige) es la que cada equis tiempo lleva a un adolescente atormentado (otra vez el tormento) a perpretrar una masacre en su instituto. La de Columbine, que ha servido de fuente creativa para el cine, desde ser el motor de la carrera de Michael Moore hasta reportarle la Palma de Oro a Gus Van Sant, es quizá la más mediática. Pero diez años antes, en el vecino del norte, algo similar había tenido lugar: con exactamente el mismo número de muertes (aunque esta vez solo mujeres), y similar repercusión (al menos a nivel local). La masacre de la Escuela Politécnica de Montréal es el centro (y prácticamente el todo) de Polytechnique. A diferencia de Van Sant, Villeneuve elige retratar la masacre de frente, sin atender a lo que la generó, pero sí dejando lugar a sus consecuencias. Con el pulso intacto, el quebequés sigue al asesino, a dos chicas que sobreviven haciéndose las muertas y a uno de los chicos que no pudo hacer nada por evitar la matanza, desde la calma antes de la fatídica tormenta hasta sus secuelas más aterradoras. La feroz mirada de Polytechnique, en solemne blanco y negro, al horror de la violencia, se antoja primero grave, muy grave, y finalmente, esencial.

Incendies (2010)

incendiesEn su cuarto largometraje de ficción, Villeneuve se adueñó de la intensidad que caracterizaban sus dos anteriores largometrajes, para repensarla y rediseñarla en forma, esta vez, de adaptación teatral. La obra del libanés nacionalizado canadiense Wajdi Mouawad sobre las grietas y simas del pasado de una familia partida en el tiempo entre el país de Oriente Medio y el americano sirvió al cineasta para dar un golpe en la mesa. Una madre (Lubna Azabal) muere tras un infarto en una piscina comunitaria del tranquilo Québec, y sus dos hijos deben desplazarse al tumultuoso Líbano para descubrir sus difíciles orígenes. Entre un lugar y otro, las religiones, la guerra civil, el fuego, el desierto, la sangre, sus lazos, el odio, el dolor. Villeneuve convierte el melodrama (o si se quiere, el culebrón) en un sólido, fiero y sofocante trozo de historia, que coloca a la altura de los ojos abiertos de un personaje que vamos conociendo a través de miradas a un pasado que se presenta tan posible como aterrador. La intensidad emocional que provoca la intrincada y reveladora historia está trasladada a la cámara con la dosis justa de furia y profundidad, y es precisamente en su naturaleza de melodrama y en sus pasajes de retrato desinhibido de la guerra (la guerra es siempre sensacionalista) en donde nos la transmite a nosotros en forma de puñetazo en el estómago.

Prisioneros (2013)

prisonersPrisioneros, un thriller de manual escrito por el relativamente debutante Aaron Guzikowski, había estado rondando en la Black List (la lista anual de los guiones que se mueven por Hollywood pero que aún no se han hecho película), unido a nombres como los de Bryan Singer, Antoine Fuqua o Daniel Espinosa. Pero Villeneuve acabó haciéndose cargo de él, y al pensar sobre qué habría pasado con la película de no haber sido así nos damos cuenta de que habría sido un producto más. Con el quebequés al mando, y, sorprendentemente, ganando territorio en plena maquinaria hollywoodiense para aplicarle su personal visión al proyecto, Prisioneros se convirtió en lo que es. Un thriller de manual, sí, pero oscuro, intenso, singular (otra vez los mismos adjetivos, o parecidos) e incluso trascendente. El punto de partida es el de la desaparición de las hijas de dos familias bien avenidas de los suburbios (Hugh Jackman y Maria Bello de un lado, Viola Davis y Terence Howard de otro), para introducirse en los laberintos del misterio y la desesperación, encontrándose con un metódico detective (Jake Gyllenhaal) y una extraña familia (Melissa Leo y Paul Dano). Las estrellas dan brillo a este lúgubre ejercicio de género, cuya factura (en parte debida a la maestría del director de fotografía Roger Deakins) trasciende su esqueleto para conseguir algo mayor, más potente y, finalmente, más satisfactorio.

Enemy (2013)

EnemyParalelamente (o un poco antes, o un poco después) a su incursión en la industria de Hollywood, el cineasta se introdujo en Enemy, un proyecto nacido también desde el guion que el español Javier Gullón creó a partir de El hombre duplicado, del maestro José Saramago, y que el productor Miguel A. Faura acabó llevando hasta territorios canadienses. Si se quiere, se puede ver aquí un lazo entre las dos películas (además del evidente, el protagonismo de Gyllenhaal): los laberintos de Prisioneros se trasponen a niveles de la metafísica, del significado y del subconsciente en la perturbadora adaptación de la historia del hombre que encuentra a su doble. En una ciudad aséptica, casi inerte, un profesor de historia encuentra en una película a un hombre que se parece (mucho) a él. O si se quiere, un hombre se da de bruces con el momento de conocer a quien está al otro lado del espejo (y a quién está con él, con las caras de Sarah Gadon y Mélanie Laurent). Villeneuve construye ese espejo, dando forma y fondo a inquietantes imágenes (la extraterrestre fotografía de Nicolas Bolduc también ayuda), y construyendo dudas y preguntas que no tendrán, ni de lejos, una fácil respuesta. Casi un ejercicio de percepción, o quién sabe, un estudio filosófico, que se edifica con la atónita mirada de un hombre que se encuentra frente a sí mismo (¿o no?) y, sobre todo, con la de un espectador que debe preguntarse qué está viendo. Algo quizá, que no está ni a este ni al otro lado del espejo, sino en un territorio poco explorado al que es incluso difícil llegar.

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