¡Adiós, vacaciones!

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Antonin Peretjatko manda a ‘La chica del 14 de julio’ de vacaciones

Una de las grandes características de la corriente cinematográfica que reinventó el medio allá por los años 60 al otro lado de los Pirineos fue su vocación de desperezarlo, de hacerlo distendido, de liberarlo de sus ataduras… en definitiva, de mandarlo de vacaciones. La nouvelle vague, el punto de inflexión que abriría el camino de todo lo que estaría por llegar fue precisamente eso, una flexión, un intencionado abandono de la rigidez, que hasta la fecha caracterizaba tan felizmente al medio. Una rutina, vamos. El primer paseo en coche de Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en Al final de la escapada marcó la ruta rumbo a esos nuevos destinos de recreo y exploración… y de pasárselo bien.

Unos cincuenta años más tarde -que se dice pronto-, Antonin Peretjatko, un joven cineasta debutante, también del otro lado de los Pirineos, se monta en el mismo coche y hace una ruta parecida. Algo que puede verse, quizá, como una decisión anacrónica y un tanto caprichosa: ¿qué necesidad hay de volver a la misma carretera que los maestros de la nouvelle vague ya transitaron a tanta velocidad hace ya tantos años? Quizá una similar a la que nos acosa cada año, con junio ya bien entrado y las olas de calor sahariano en camino: de todo hay que tomarse vacaciones. La chica del 14 de julio es una película que lo hace de forma desinhibida, aunque mirándose en el reflejo de sus predecesoras en el tiempo: se lo pasa bien sabiendo que otras ya lo han hecho antes con buenos resultados, que se propone no tanto actualizar sino revivir.

En La chica del 14 de julio, una joven (Vimala Pons) vende guillotinas de juguete en plena celebración del Día de la Bastilla, incluso delante (o casi) de los muy democráticos (o casi) François Hollande o Nicolas Sarkozy. Lo que, sin ir más lejos, parece una desternillante y sorprendentemente ocurrente (por certera) metáfora de nuestro país vecino, no es más que un punto de partida para un viaje que se pierde entre la comedia más alocada, y a la vez inspirada, que en sus muchos desvíos no deja de hacer afortunados encuentros. La joven de las guillotinas tiene una amiga que trabaja (y vive) en un museo, en donde acaba de empezar como guarda de seguridad un joven, que tiene otro amigo (Vincent Macaigne) que es atrapado ejerciendo como médico sin licencia alguna. Los cuatro, y el hermano de la amiga de la primera, se conocen y deciden irse a la costa. Casi cada uno por su cuenta, en coches diferentes (conduciendo y bebiendo champán con la misma mano), entre ferias, hogueras a la luz de los faros y problemas en la carretera; entre cerraduras laberínticas, parejas chaladas con platos soperos agujereados y guías para ligar. Nada que no se pueda encontrar en una escapada estival a Magaluf… y antes de saber que ¡el país ha adelantado el final del verano! ¡Hay que volver antes de lo previsto al trabajo! ¡Hay que aprovechar!

la fille du 14 juillet

De ocurrente metáfora de nuestro país vecino, a algo perdido entre la comedia más alocada e inspirada

Peretjatko dibuja un veloz (literalmente, los fotogramas van a mayor velocidad de lo normal) itinerario, lleno de curvas, cuestas abajo y arriba, en el que con gran creatividad, busca divertirse y juguetear, poniendo sobre el mismo asfalto a un empollón perdedor, un gag de guillotinas que cortan dedos (o no) y ensoñaciones con Chéjov, por poner solo unos ejemplos. Además, a su manera, da cuenta también del momento de convulsión política que Francia (y Europa) está viviendo: la aparición de los políticos reales, con los que el pueblo apenas se identifica, es enfrentada al espectador, de forma casi cómica y anecdótica. Una corriente de nuevo cine francés lo viene haciendo recientemente: por ejemplo, la notable La batalla de Solferino, de Justine Triet, también puso a sus relaciones personales en medio de las demostraciones parisinas de apoyo a Hollande tras su victoria en las elecciones. En todo caso, saliendo desde París, La chica del 14 de julio se escapa a un estupendo destino, en donde bien podríamos quedarnos un poquito más, por lo de evitar los estragos posvacacionales…

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